Las purgas en el Ejercito Rojo habian sido de tal envergadura, que sus mejores generales murieron fusilados. El ataque aleman fue brutal: 153 divisiones, 600.000 vehiculos, 3.580 tanques, 2.740 aviones, divididos en tres grupos participaron en la invasion.

El jefe del Estado Mayor sovietico, el mariscal Georgui Zhukov, telefoneo a Stalin, que se encontraba en su dacha de Kuntsevo, situada a 20 kilometros de Moscu, para informarle de que las tropas alemanas habian traspasado la «raya» de la Polonia sovietica. Stalin se quedo mudo, no podia creer lo que le decia Zhukov. Habia confiado en Hitler hasta el extremo de haber descuidado la frontera polaca.

Amelia convirtio en costumbre visitar a Grazyna. No tenia nada mejor que hacer puesto que Max avanzaba con las tropas alemanas y ya no estaba en Varsovia. Poco a poco consiguio rebajar la antipatia que Grazyna parecia sentir por ella.

Una tarde acudio a buscarla al hospital donde conocio a la hermana Maria, que se encontraba en la enfermeria con la mirada fija en unos papeles.

– Asi que es usted la espanola… Grazyna me ha hablado de usted. Venga, la acompanare a donde esta, aunque no creo que tarde porque a las cinco termina su turno.

Grazyna se encontraba en una sala llena de mujeres; le estaba tomando la temperatura a una anciana que parecia estar al borde de la muerte. A Amelia le sorprendio la dulzura con la que trataba a la anciana. Cuando vio a Amelia y a la hermana Maria, se dirigio hacia ellas.

– Amelia, ?que haces aqui? ?Que ha sucedido? -pregunto Grazyna.

– Nada, perdona si te he asustado, es que pasaba cerca y he entrado a verte…

– ?Que susto me has dado! Veo que ya conoces a mi angel protector -dijo sonriendo a la hermana Maria.

– No seas zalamera, que ya sabes que los elogios a mi no me hacen mella.

– Es mi amiga -dijo Grazyna, levantando la voz y tranquilizando a las mujeres, asustadas al oir que la recien llegada hablaba en aleman.

Mientras Grazyna se cambiaba de ropa, la hermana Maria invito a Amelia a tomar el te en la enfermeria. Las dos mujeres congeniaron de inmediato. La monja supo ver el tormento que reflejaban los ojos de Amelia.

– Hermana, necesitamos medicinas -le susurro al oido Grazyna.

– No puedo darte mas, nos descubriran -respondio la monja.

– Hay ninos en un estado muy precario… es dificil contener la fiebre tifoidea en el gueto -respondio Grazyna.

– Si nos descubren sera peor, porque ya no podras llevarles nada mas -replico la hermana Maria.

– Lo se, pero necesito esas medicinas…

– Voy a salir de la enfermeria con Amelia para ensenarle el pabellon de los ninos, tardaremos diez minutos.

– Gracias -murmuro Grazyna, agradecida.

En cuanto Amelia y la hermana Maria salieron de la enfermeria, Grazyna abrio el cajon donde la monja guardaba las llaves y busco la de la farmacia. Al regresar, la hermana Maria miro con preocupacion la abultada bolsa que Grazyna llevaba en la mano.

– ?Pero que te llevas! Manana tenemos inspeccion y ya sabes como se las gastan aqui, tienen inventariado hasta el ultimo esparadrapo, ?que voy a decir?

– Diga que estaba mal el inventario.

– Eso ya lo dije la ultima vez… terminaran trasladandome a otro lugar por no ser diligente y permitir que desaparezcan medicinas de la farmacia.

– Pero la madre superiora nunca se lo ha reprochado…

– Si, pero no quiere saber nada de lo que hago, dice que cuanto menos sepa, mejor. Ademas, la pobre no sabe mentir.

– ?Venga un dia al gueto y vera como necesitan lo que les llevamos! Alli hay medicos, pero no tienen con que curar y lloran de impotencia al ver como se les muere la gente.

– Iros, iros, antes de que me arrepienta. Ahora tendre que pensar en una mentira para justificar la desaparicion de todo lo que te has llevado.

Salieron a la calle donde olia a verano y el sol lucia sobre un cielo azul.

– Vamos a mi casa, Piotr vendra a buscarme en cuanto anochezca. Si Dios nos ayuda, esta noche pasaremos al gueto a llevar esto -dijo Grazyna senalando el bolso.

– Dejame que os acompane -pidio Amelia.

– ?Estas loca! No puede ser. ?Cuantas veces te lo tengo que decir?

– Puede ser util que envie a Londres un informe sobre el gueto, creo que no acaban de comprender hasta donde llevan los nazis su odio hacia los judios.

Grazyna se quedo en silencio meditando las palabras de Amelia. Dudo un momento antes de responder.

– Te llevare solo si los demas estan de acuerdo.

Piotr se mostro reticente lo mismo que Tomasz, pero entre Ewa y Grazyna vencieron sus resistencias.

– Los britanicos no saben con exactitud lo que es el gueto, obtendremos alguna ventaja si Amelia se lo cuenta -argumento Grazyna.

– Por lo menos tendran informacion de primera mano -anadio Ewa.

Cuando empezaba a caer la noche Piotr ya habia cedido y antes de que comenzara la hora del toque de queda se dirigieron por separado y con paso decidido hacia la casa de la condesa Lublin. Grazyna llevaba la bolsa con las medicinas y Tomasz y Ewa tambien cargaban con otras bolsas que parecian pesar mas que la de Grazyna.

Piotr les hizo entrar por la puerta de servicio que daba a un vestibulo donde una puerta batiente se abria a la cocina. Al otro lado habia tres habitaciones para el servicio. Piotr tenia la suerte de contar con un dormitorio para el solo puesto que era el unico varon de la casa; las otras dos habitaciones las ocupaban la cocinera y la doncella de la condesa.

– No hace falta que os recuerde que no debeis hacer ningun ruido y mucho menos salir de mi habitacion. Las criadas dicen que odian a los nazis, pero prefiero no correr riesgos -les advirtio.

Grazyna, Tomasz y Ewa se dirigieron a la habitacion de Piotr seguidos por Amelia. El cuarto era pequeno, apenas cabia la cama, una mesilla y un armario. Se sentaron en la cama a la espera del regreso de Piotr.

Amelia iba a preguntar algo, pero Tomasz le hizo un gesto para que guardara silencio.

Tras un buen rato esperando en la habitacion, Piotr regreso. Traia cara de cansado.

– La condesa tenia invitados y no me ha quedado mas remedio que esperar a que todos se marcharan. Ahora aguardaremos un rato mas y luego saldremos en silencio. Ya sabeis lo que hay que hacer -dijo dirigiendose a sus amigos-, y usted, Amelia, haga lo que nosotros; pero por lo que mas quiera, no se le ocurra tropezar o decir una sola palabra.

La noche estaba cuajada de estrellas. Restos de luz parecian estar retenidos en el cielo de Varsovia, lo que no favorecia que se pudieran mover con tranquilidad, pero lo hicieron con presteza. Piotr levanto la tapa de la alcantarilla invitando con la mano a sus amigos a que se sumergieran en el subsuelo de la ciudad. Tomasz fue el primero en bajar por las estrechas escaleras de hierro que conducian a las cloacas. Le siguio Ewa, Grazyna y, por ultimo, Amelia.

Piotr coloco la tapa encima de la alcantarilla y regreso a su habitacion. Aquella noche no podia acompanarles. La condesa era imprevisible y podia llamarle en cualquier momento. Desde que habia enviudado le habia elegido para hacer menos largas sus noches, y el habia aceptado sabiendo que eso le colocaba en una situacion de ventaja respecto de los otros sirvientes. Nunca le avisaba con tiempo, pero el sabia leer en su mirada cuando se iba a producir la llamada.

Sin embargo, aquella noche, pasara lo que pasase, debia arreglarselas para destapar la alcantarilla cuatro horas mas tarde, justo el tiempo que sus amigos permanecerian en el gueto.

Amelia tuvo que contener el vomito que le subia por la garganta. El olor le resultaba insoportable. Caminaba sobre la podredumbre de Varsovia, esquivando ratas, hundiendo los pies en el agua sucia que banaba la acequia subterranea que cruzaba la ciudad de un lado a otro.

Tomasz encabezaba la marcha seguido por Grazyna y Ewa, Amelia iba en ultimo lugar. Una rata se cruzo entre sus piernas y grito, asustada. Ewa se volvio hacia ella, vio al roedor correr y cogio a Amelia de la mano.

– No las mires -le recomendo.

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