– De los que procuro mantenerme alejada. Prefiero ser prudente, mi situacion en Varsovia no es facil. Soy la amante de un oficial medico, es mejor no llamar la atencion.

– Quiza deberias arriesgarte un poco mas. Los oficiales se sienten muy solos lejos de casa, seguro que alguno de ellos se rendiria ante una mujer como tu. Eres guapa y educada, y ademas espanola, una aliada. De ti no desconfiaran.

– Creo que tienes una opinion equivocada sobre mi. Ser la amante de Max es algo mas que un trabajo, ya te dije que nos conocimos hace tiempo y le tengo en gran estima. No soy una prostituta.

– No he dicho que lo seas, solo que saques partido a tu situacion actual. Algunos hombres solo hablan en la cama.

Amelia se sentia incomprendida por Grazyna. Admiraba a la ?oven polaca, pero esta seguia tratandola con desden; aun asi, se veia obligada a confiar en ella.

Se separaron en la puerta del hospital y Amelia acelero el paso en direccion al hotel. Sentia la necesidad de darse un bano; cada poro de su piel olia a cloaca.

Estaba en recepcion recogiendo la llave de su habitacion cuando sintio el aliento de un hombre en su espalda. Se dio la vuelta y se encontro al comandante de las SS Ulrich Jurgens.

– ?Vaya! ?La distinguida senorita amiga del comandante Von Schumann! Tiene usted muy mala cara, ?acaso ha dormido mal? Por el aspecto de su ropa parece que ni siquiera ha dormido. Veo que no ha tardado mucho en olvidar a Von Schumann.

– ?Como se atreve! -Amelia tenia ganas de abofetear a aquel hombre que la miraba de arriba abajo de manera impertinente y la trataba como a una cualquiera.

– ?Como me atrevo? No se a que se refiere, ?acaso he dicho algo inconveniente? Quiza no he sido muy caballeroso al no disimular mi asombro por su aspecto. ?Como habria actuado su baron en una situacion asi? ?Cree que Von Schumann se habria hecho el distraido? No soy un aristocrata, digamelo usted: ?que habria dicho el en mi lugar? -El tono burlon de Jurgens continuaba siendo grosero.

– Es evidente que usted no es un aristocrata, ni siquiera un caballero -dijo Amelia dandole la espalda para dirigirse al ascensor.

Ulrich Jurgens la siguio con animo de seguir ofendiendola.

– Ya que no guarda las ausencias, no tendra inconveniente en cenar conmigo esta noche. ?A las siete le parece bien?

Amelia entro en el ascensor sin responder. Cuando las puertas se cerraron suspiro aliviada.

Despues de un largo bano se metio en la cama. Se quedo dormida pensando en como esquivar al comandante Jurgens.

Cuando se desperto comenzaba a anochecer. Se habia comprometido con Grazyna en llevarle un mensaje para Londres, pero decidio que seria mas prudente permanecer en la habitacion habida cuenta de que con toda probabilidad el comandante Jurgens rondaria por el vestibulo esperandola. No queria darle la oportunidad de montar una escena en publico y mucho menos llevando en el bolsillo un mensaje cifrado.

Busco un libro e intento distraerse leyendo hasta que unos golpes secos en la puerta la sobresaltaron.

– ?Quien es? -pregunto a traves de la puerta.

– ?Acaso ha olvidado que la estoy esperando? -Era el comandante Jurgens.

– Haga el favor de no molestarme -respondio intentando que no le temblara la voz.

– No se haga la inocente conmigo, conozco a las mujeres como usted. Sus ademanes de gran senora no me enganan. No es mas que una prostituta cara.

Amelia contuvo el deseo de abrir la puerta y abofetearle, pero no lo hizo. Temia a aquel hombre.

– ?Marchese o presentare una queja a sus jefes!

Le escucho reir mientras volvia a aporrear la puerta. Amelia permanecio en silencio, sin responder a la ristra de insultos de Jurgens, quien al cabo de un rato, cansado de la escena, decidio retirarse.

Amelia aun permanecio un buen rato tras la puerta, sin atreverse a mover un musculo, temiendo que aquel energumeno regresara. Luego coloco una butaca delante de la puerta y se sento. No hubiese podido descansar en la cama sabiendo que podia volver. Pero Jurgens no regreso.

Al dia siguiente Amelia se dirigio a casa de Grazyna. Lo hizo dando varias vueltas por la ciudad, temiendo que el comandante Jurgens la pudiera seguir a pesar de que no le habia visto en el vestibulo del hotel.

Grazyna parecia cansada, tenia ojeras y estaba de pesimo humor.

– ?Por que no viniste ayer? -le reprocho nada mas verla.

– Por culpa de un comandante de las SS al que no le caigo demasiado bien.

– ?Vaya, ahora resulta que tambien tienes amigos en las SS!

– No, no es un amigo, es un cerdo. Cada vez que me ve me ofende, aunque supongo que a quien realmente odia es a Max. Cuando regrese al hotel me lo encontre en el vestibulo y empezo a mofarse de mi aspecto, como si me hubiera pillado regresando de una juerga. Se me insinuo y me invito a cenar. Estuvo llamando a mi puerta durante un buen rato. Apenas he dormido esta noche temiendo que intentara entrar por la fuerza. Me parecio mas prudente no salir de la habitacion.

Grazyna asintio, luego cogio el papel que Amelia sacaba del bolso.

– ?Es lo que tengo que mandar a Londres?

– Si.

– Procurare que les llegue esta misma noche.

– Quiero volver al gueto -le pidio Amelia.

– ?Por que?

– A lo mejor puedo seros util, no se, quiza a Sarah se le ocurra algo.

– No debemos correr peligros innecesarios.

– Lo se, Grazyna, lo se, pero puedo ayudar, aunque sea a cargar un saco de arroz.

4

Durante los dos meses siguientes, Amelia volvio al gueto en varias ocasiones ayudando a transportar la magra ayuda conseguida por aquel grupo de resistencia liderado por Grazyna.

La joven polaca continuaba robando medicinas del hospital gracias a la benevolencia de la hermana Maria. La monja protestaba, pero la dejaba hacer.

Ewa le susurro en una ocasion que habia varios estudiantes en el grupo y un par de abogados jovenes, asi como maestros, pero Amelia nunca los llego a conocer. Grazyna se mostraba muy celosa de la seguridad de su grupo, pese a saber que Amelia trabajaba para los britanicos.

En aquellas incursiones al gueto, Amelia se convirtio en testigo de las agrias discusiones entre Szymon y su hermano Barak, por mas que la madre de ambos se esforzaba por instaurar la paz entre sus dos hijos.

– ?Como podeis estar tan ciegos! ?Los del Judenrat os conformais con lo que esta pasando! -le grito Szymon a su hermano.

– ?Como te atreves a decir eso! -Barak parecia a punto de darle un punetazo a Szymon.

– ?Porque es la verdad! ?Creeis que os permitiran administrar las migajas que nos dan! Y yo digo que tenemos que luchar, que lo que necesitamos son armas.

– ?No lo sabes todo, Szymon! ?Claro que necesitamos armas! Pero mientras no estemos preparados, ?con que quieres que nos enfrentemos al Ejercito aleman? -replico Barak conteniendo a duras penas la ira que le provocaban los reproches de su hermano.

Era Sarah quien les obligaba a callar recordandoles que debian estar unidos para hacer frente a la adversidad.

– ?Es que me repugna ver a los Judenrat tratando con los nazis para conseguir que nos den unas migajas de pan! -protestaba Szymon.

– ?Sin duda tu lo podrias hacer mejor! -respondio ironico Barak.

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