De nuevo, unos golpes secos en la puerta les volvio a poner en alerta. Sarah se levanto con paso decidido y fue a abrir. Escucharon la voz de una mujer que entre sollozos preguntaba por Szymon.

– ?Que sucede? -pregunto Szymon a la mujer.

– Tienes que venir, mi marido se muere, tienes que darle algo, los panos con agua fria no le bajan la fiebre - suplico la mujer.

– Te acompano, vere lo que puedo hacer.

– Tened cuidado, hace rato que estamos bajo el toque de queda y los soldados disparan sin preguntar -les recomendo Sarah.

Szymon y Grazyna se fundieron de nuevo en un breve abrazo. Luego Szymon salio siguiendo a la mujer, que insistia en que se diese prisa.

– Las quejas no sirven de nada. ?Podreis seguir trayendonos algo de lo que necesitamos? -pregunto Barak a Tomasz.

– Sabes que nuestra organizacion hace lo que puede, dentro de dos dias intentaremos regresar con unos sacos de harina y.algo de arroz.

– Dentro de dos dias… ?Que remedio! Tendremos que esperar. Ya no nos queda nada de lo que trajisteis la ultima vez -contesto Rafal.

– No es facil pasearse con sacos de harina por Varsovia -le interrumpio Ewa.

– Lo sabemos y os agradecemos cuanto haceis. Nos resulta un incompresible lo que sucede… nos tienen aqui confinados, como si fueramos animales apestosos, y como esto continue asi mucho tiempo, terminaremos siendolo -respondio Rafal con un deje de amargura.

– ?Que cosas dices, Rafal! -le reprendio Sarah-. No quiero oirte hablar asi. Saldremos de aqui, los nazis no pueden confinarnos para siempre; mientras tanto, debemos organizamos lo mejor que podamos.

– Madre, tu naciste en Palestina y viviste alli antes de conocer a mi padre. Si uno de nosotros se escapara y lograra llegar alli, ?a quien deberia acudir? -pregunto Barak.

– Escapar… ?Ojala pudieramos escapar y llegar a Palestina! Pero creo que lo mejor seria intentar hacer llegar noticias de nuestra situacion a la oficina de la comunidad judia en Ginebra… es lo que deberiamos hacer.

– Quiza yo podria salir del gueto por las cloacas… -sugirio Barak.

– ?Te cogerian! -exclamo Grazyna-. No, no creo que sea buena idea. A lo mejor podria ir yo a Ginebra, o Ewa…

– ?Que estan diciendo? -pregunto Amelia.

Grazyna la puso al tanto de la desesperacion de sus amigos y de aquella descabellada idea de ir a Ginebra para contar lo que estaba pasando en el gueto de Varsovia.

– Yo podria ir -dijo Amelia con apenas un hilo de voz.

– ?Tu? Si… quiza tu puedas llegar a Ginebra con mas facilidad que nosotros -respondio Grazyna.

Hablaron de ello durante un buen rato. Cuando apenas faltaba una hora para salir del gueto, regreso Szymon. Se le notaba agotado, con un rictus de dolor dibujado en los labios.

– No he podido hacer nada, el pobre hombre ha muerto -dijo. Luego cogio la mano a Grazyna y la miro con ternura. La amaba y admiraba su valentia. Era una mujer a la que no le importaba arriesgar su vida para ayudarle, y no solo a el, tambien los suyos, a todos los judios del gueto.

Grazyna era el alma de aquel pequeno grupo de resistencia contra los nazis en el que participaban otros jovenes como ellos. Ella restaba importancia a lo que hacia, pero la realidad era que se jugaba la vida, sobre todo porque, como bien sabia Szymon, el grupo de Grazyna estaba pasando informacion a los britanicos.

– Es la hora -les recordo Ewa, que miraba con impaciencia el reloj.

Se pusieron en pie con lentitud. A ninguno les gustaban las despedidas.

– Os esperamos dentro de un par de dias -les recordo Sarah.

– Lo intentaremos -respondio Tomasz.

Barak fue el encargado de acompanarles entre las sombras de la noche hasta la alcantarilla. Tuvieron que esperar a que pasara una patrulla, luego levantaron la tapa y con rapidez se perdieron en las profundidades del subsuelo, rezando para que al otro lado les aguardara Piotr.

Amelia caminaba compungida, esta vez sin prestar atencion a las ratas que corrian al escuchar sus pasos de intrusos en el reino de las cloacas. No es que no sintiera miedo, solo que estaba demasiado conmocionada para prestar atencion a sus propios temores.

El camino se les hizo mas corto, aunque hubo un momento en que en mitad de aquella oscuridad Tomasz parecio dudar sobre la ruta a seguir; finalmente llegaron a la hora prevista a la entrada de la alcantarilla donde esperaban que estuviera Piotr.

Tomasz dio dos golpes secos en la tapa de la alcantarilla y unas manos la levantaron. Alli estaba Piotr, impaciente.

– Os habeis retrasado diez minutos -les reprocho.

– Lo siento -se excuso Tomasz.

– Tengo que volver con la condesa. Le dije que iba al bano y no va a creerse que he estado alli todo este tiempo -dijo nervioso-. Ademas, no se por que, pero esta noche parece haber mas patrullas que nunca.

Los condujo en silencio hasta la casa y les indico con un gesto que no salieran de su habitacion ni hicieran ningun ruido. Piotr regreso al lecho de la condesa, donde estuvo un rato mas, justo hasta la hora de amanecer en que ella le despedia instandole a que regresara a su cuarto. Hasta ese momento, Tomasz, Grazyne, Ewa y Amelia estuvieron sentados en la cama, apretados entre si, sin moverse, intentando mantenerse despiertos, aunque de vez en cuando no pudieron evitar dar una cabezada.

Estaba amaneciendo cuando Piotr entro en el cuarto.

– Debeis esperar un rato mas antes de salir. Es mejor que se haga de dia, asi las patrullas no sospecharan cuando os vean.

– Yo debo irme cuanto antes, a las ocho tengo que estar en el hospital -dijo Grazyna.

– De acuerdo, te iras la primera; que Amelia vaya contigo: si la paran, no sabra explicar por que esta tan temprano en la calle -respondio Piotr.

Como si todos repitieran un ritual al que estaban acostumbrados, Tomasz se sento en el suelo, lo mismo que Ewa y Grazyna; Amelia los imito, y Piotr se tumbo sobre la estrecha cama quedandose dormido de inmediato. Permanecieron en silencio perdidos en sus propios pensamientos. Un rato despues empezaron a escuchar los primeros ruidos del dia y Piotr se desperto sobresaltado. Pero pronto recupero la tranquilidad cuando vio a sus amigos sentados en el suelo casi en la misma postura en que estaban cuando habia cerrado los ojos. Se levanto y salio al pasillo sin decir palabra. No vio a nadie, de manera que entro de nuevo en el cuarto e hizo una sena a Grazyna, que salio rapidamente seguida de Amelia. Unos minutos mas tarde lo hicieron Tomasz y Ewa.

Aunque estaba muy cansada, Amelia disfrutaba del aire limpio de la manana. El sol parecia querer filtrarse entre unas nubes altas que corrian a traves del cielo de Varsovia. Grazyna parecia preocupada.

– Voy a llegar tarde -le dijo-. La hermana Maria se enfadara.

– Aun falta media hora para las ocho -respondio Amelia, intentando calmarla.

– Pero desde aqui al hospital hay una buena caminata. Deberias irte al hotel, ?sabras llegar?

– Prefiero acompanarte al hospital, desde alli me oriento mejor.

– ?Les contaras a tus jefes de Londres lo que has visto? -quiso saber Grazyna.

– Prepare un mensaje y te lo llevare mas tarde -se comprometio Amelia.

– No es que no sepan lo que pasa en el gueto, pero creo que la politica britanica pasa por ganar la guerra, creen que ganandola se resolvera el problema judio.

– ?Y no es una posicion logica?

– No, no lo es, la situacion de los judios es aun peor que la guerra misma. Eso es lo que quiero que les digas.

– Lo hare. ?Crees que puedo hacer algo mas?

– Con eso sera suficiente. Bueno, me imagino que continuaras espiando a tu nazi.

– Ya te he dicho que le han trasladado al frente. No se cuando regresara, de manera que no tengo a quien espiar.

– Pero en el hotel se alojan otros oficiales.

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