– Son unidades especiales, «Grupos de Accion», las SS son su corazon y su cabeza. ?Sabes cual ha sido su cometido? Limpiar Polonia de elementos antialemanes. ?Imaginas como lo han hecho? Yo no lo supe al principio, pero los Einsatzgruppen llegaron a Polonia con una lista de treinta mil personas consideradas peligrosas para el III Reich, personas que han sido detenidas y ejecutadas. Abogados, medicos, miembros de la aristocracia, incluso sacerdotes…

– ?Y tu… tu… participas de todo eso? -pregunto Amelia.

– Son ellos quienes hacen ese trabajo. Llegan a los pueblos, agrupan a la gente, les hacen cavar una fosa y luego los fusilan. Algunos tienen mejor suerte y solo se les confiscan las tierras y los desplazan hacia otros lugares. Apenas les dan unos minutos para coger lo imprescindible y abandonar sus hogares. La peor parte se la llevan los judios, ya sabes el odio que les tiene Hitler. Se de matanzas en Poznan, en Blonie…

– ?El Ejercito mata campesinos?

– No, aun no hemos llegado a eso. Ya te he dicho que de ello se encargan las SS y sus Grupos de Accion. Algunos oficiales de la Wehrmacht aun intentamos conservar nuestro honor.

– Pero ?por que asesinan a tantos inocentes, a sacerdotes, a abogados, medicos…?

– Piensan que si acaban con la «inteligencia» del pais, con quienes tienen capacidad de oponerseles, los demas no se atreveran a protestar, y tienen razon. Han convertido Varsovia en un cementerio viviente.

– ?Y tu que haces en Polonia, Max?

– Cuido de la salud de nuestros soldados, organizo hospitales de campana, procuro que no falten medicamentos ni enfermeros… Visito a las tropas donde quiera que esten desplegadas. Hay que procurar que los hombres no contraigan enfermedades venereas… Si lo que me preguntas es si me he manchado las manos de sangre, la respuesta es no, pero eso no me hace sentir mejor.

– ?Volveras a Varsovia?

– Si, pero no por mucho tiempo. El Cuartel General quiere que me traslade para visitar nuestras unidades desplegadas por Holanda, Belgica y Francia. Despues me enviaran a Grecia. Hace unos dias nuestros soldados desfilaron junto a los soldados italianos por Atenas.

– He roto con Albert -exclamo de pronto Amelia.

Max se quedo en silencio, mirandola con dolor.

– Lo siento… pensaba que erais felices.

Amelia se encogio de hombros y, para ocultar su nerviosismo, bebio un sorbo de te y se encendio un cigarrillo.

– Es un hombre bueno y leal, le quiero mucho pero no estoy enamorada de el. Siempre seremos amigos, pase lo que pase, se que podre contar con el, pero no estoy enamorada.

– ?Que piensas hacer?

– Vine a Berlin para verte, para estar contigo -respondio fijando su mirada en la de el.

Max no supo que responder. Se sentia atraido por ella desde que se conocieron en Buenos Aires, y de no haber estado comprometido con Ludovica, habria iniciado una relacion con la joven espanola. Pero ahora no solo estaba casado, sino que ademas su esposa le habia rogado que dieran una nueva oportunidad a su matrimonio y el se habia comprometido a ello. No queria traicionar a Ludovica por mucho que deseara pedirle a Amelia que lo acompanara a Varsovia o adonde quiera que lo destinaran.

– Me voy dentro de unos dias.

– Ya… lo entiendo, en ese caso…

Max se puso en pie y Amelia lo acompano a la puerta, pero no llego a abrirla. Max la estaba abrazando con fuerza y ella se abandono. Aquella manana, en la soledad de la casa de los Keller, se convirtio en su amante.

El padre Muller no lograba borrar las pesadillas que le acompanaban desde que habia regresado del manicomio de Hadamar. Se habia vuelto hurano y el viejo sacerdote al que ayudaba no sabia que hacer para sacarle de aquel infierno.

Tampoco su madre ni su hermana lograban devolverle el buen animo del que siempre habia hecho gala. Por eso aquel domingo recibieron con alegria la visita de Amelia, pensando que la joven espanola quiza lograria ayudarlo a distraerse. Al dia siguiente, lunes, el padre Muller tenia previsto partir hacia Roma. El obispo habia organizado el viaje temiendo que en cualquier momento la Gestapo diera con el joven sacerdote.

Irene insistio a su hijo para que fuera a pasear con Amelia.

– Te vendra bien que te de el aire, hoy hace un dia precioso, y seguro que Amelia prefiere pasear, ?verdad, hija?

– Claro que si, nos vendra bien a los dos.

Caminaron hasta el zoologico sin apenas hablar. Una vez que llegaron, se sentaron en un banco desde el que veian una jaula llena de monos.

– Tenia ganas de hablar contigo antes de que te fueras -dijo Amelia.

– Me temo que ahora no soy una buena compania para nadie -respondio el padre Mullen.

– Somos amigos, de manera que quiero compartir contigo tu angustia.

– Nadie puede hacerse una idea del horror de lo que he vivido -respondio el con desesperacion.

– Rudolf, ?por que no permites a tus amigos que te ayudemos?

El padre Muller dio un respingo al escuchar su nombre. Nadie le llamaba asi excepto su madre y su hermana, y de repente la joven espanola obviaba su condicion de sacerdote tratandole por su nombre de pila.

– Comprendo lo que has debido de sufrir al sentirte impotente por no poder ayudar a esos pobres desgraciados, pero no es bueno que sigas recreandote en el dolor, lo importante es que pienses que podemos hacer para acabar con esos asesinatos. Y tu ya has hecho algo, el obispo ha protestado ante las autoridades. No tendran mas remedio que parar esos asesinatos. Ahora lo que debemos hacer es seguir luchando, sabiendo a que clase de gente nos enfrentamos. He pensado en ponerme en contacto con Albert; el es periodista, le puede interesar contar lo que pasa en Hadamar, y ni siquiera Hitler podra seguir haciendo lo que hace si la prensa norteamericana y la britanica denuncian que en Alemania se asesina a los dementes.

El sacerdote la observo convencido. Ella mostraba una gran firmeza en sus planteamientos.

– Lo que no puedes hacer es rendirte. Ya has visto con tus propios ojos el mal, bueno pues tu deber como sacerdote y como ser humano es hacer frente a estos criminales.

– ?Crees que puedes hacer llegar a tu amigo Albert James la informacion sobre lo que pasa en Hadamar?

– Por lo menos voy a intentarlo. Tengo que encontrar el medio porque no puedo escribir una carta que caeria en manos de la Gestapo. En realidad tu podrias llevar la carta a Roma.

– ?A Roma?

– A Carla Alessandrini. Ella nos ayudara, sabra como hacer llegar mi carta a Albert.

– ?Tienes soluciones para todo!

– No creas, se me ha ocurrido mientras hablabamos. Y ahora tengo una cosa que contarte.

Le confeso que su relacion con Albert James habia terminado.

– Lo siento… y a la vez me alegro -dijo el sacerdote.

– ?Te alegras!

– Si, porque… bueno… tu estas casada y… en fin… no estaba bien que vivierais juntos.

– ?Crees que eso tiene importancia?

– ?Claro que si! Nunca podras casarte con el, y si tuvierais hijos, imagina cual seria su situacion… Aunque te duela, es lo mejor. Y no creas que no siento simpatia por Albert, me parece un hombre sensato y valiente que se merece encontrar una buena mujer con la que compartir su vida.

Lo que Amelia no conto al padre Muller es que se habia convertido en la amante en Max von Schumann y que, aprovechando la ausencia de los Keller, se veian todos los dias. En ese momento, mientras ellos estaban en el zoologico, Max estaria comunicandole a Ludovica que no podia dar una oportunidad a su matrimonio. Lo habia intentado sinceramente, pero eso habia sido antes de convertir a Amelia en su amante. En ese instante solo ansiaba estar con la joven espanola y no estaba dispuesto a que nadie lo separara de ella, ni siquiera Ludovica.

Al caer la tarde, el padre Muller y Amelia se dirigieron a casa del profesor Schatzhauser. El sacerdote queria despedirse de sus amigos antes de partir Roma.

Cuando llegaron, Manfred Kasten estaba contando a los alli reunidos que algo gordo se estaba preparando. Dijo que habia mucho movimiento en el Cuartel General del Ejercito, y que en los ultimos dias Hitler parecia euforico.

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