Dorothy miro a Jan como pidiendole que no fuera tan duro con Amelia. Luego salio de la sala para preparar cafe.
A Amelia le costo recobrar la tranquilidad. Jan la intimidaba, se sentia como una colegiala ante su presencia. El agente le volvio a recordar las medidas de seguridad acordadas.
– Bien, ahora debe quedarse aqui un buen rato. Puede que alguien mas que la portera la haya visto entrar. Lo mejor es que salga a una hora razonable.
– ?Cuando enviara este informe a Londres?
– En cuanto pueda.
– Pero ?cuando sera? -insistio Amelia.
– Usted hace su trabajo y yo el mio, cada uno sabe como hacerlo. No me presione, soy yo quien decido el momento.
– Vamos, Jan, Amelia esta conmocionada, y no es para menos -intervino Dorothy.
– ?Y crees que yo no? ?Que clase de persona seria si no sintiera espanto al oir lo que ese sacerdote ha contado sobre el manicomio de Hadamar? Pero hemos de actuar con cabeza, sin dar pasos en falso. Naturalmente que transmitire cuanto antes esa informacion, pero ya sabes que debemos tomar todo tipo de precauciones para establecer contacto con Londres. Y no lo hare antes de ver a otra persona que tambien nos tiene que suministrar informacion. Una vez que le haya visto, enviare lo que me diga junto al informe de Amelia, pero no debo arriesgarme a ponerme en comunicacion con Londres dos veces el mismo dia salvo en caso de emergencia.
– Tienes razon -concedio Dorothy.
– Claro que la tengo. Perder los nervios no nos llevaria a ninguna parte.
Aquel mismo dia, Manfred Kasten y su esposa reunieron a un grupo de personas. El profesor Karl Schatzhauser les habia pedido que convocaran esa reunion para aclarar algo sobre Amelia. No sabia por que, pero no terminaba de creerla. Para el no tenia sentido que Amelia hubiera aparecido de repente ofreciendose a ayudarles en lo que fuera.
– Puede que hayamos sido un tanto imprudentes aceptandola entre nosotros, en realidad no sabemos nada de ella -explico el profesor.
– ?Cree que puede ser una espia de Franco y que la informacion que obtenga de nosotros terminara sobre la mesa del mismo Hitler? -pregunto un hombre con el cabello cano y el aspecto de alguien acostumbrado a mandar.
– No lo se, general… no lo se… Max von Schumann parece confiar en ella, y presto una gran ayuda al padre Muller sacando a una joven judia del pais. Pero ?por que ha vuelto? No me creo su explicacion de que esta intentando recuperar el negocio paterno, o porque ha terminado su relacion sentimental con ese periodista norteamericano y no tenia otro lugar mejor al que ir -respondio el profesor.
– A no ser que tenga un motivo personal para estar aqui -le interrumpio Helga Kasten.
– ?Que es lo que se te esta pasando por la cabeza? -dijo su marido, mirandola con suspicacia.
– La hemos conocido a traves de Max, y por lo que sabemos, ambos se conocieron hace anos en Buenos Aires. No hace falta ser muy perspicaz para ver que Amelia es una persona especial para Max y que el tambien lo es para ella. Si Amelia ha roto su relacion con Albert James, no es extrano que haya venido a Alemania en busca de Max.
– ?Que cosas se te ocurren! -le reprocho su marido.
– Puede que Helga tenga razon -intervino el hombre al que llamaban «general»-. Aun asi no podemos confiar del todo en ella.
– No es conveniente que sepa cuantos jefes del Ejercito estamos contra el Fuhrer -repuso un coronel.
– En efecto, seria una temeridad -asintio el general.
– Si, pero quiza ya sabe mas de lo que nos conviene -respondio el profesor Schatzhauser-, por eso le he pedido a Manfred que convocara esta reunion.
– Bien, creo que la decision que debemos adoptar es la de mantener una cierta distancia con la senorita Garayoa, pero sin dejar de verla; puede que nos convenga utilizarla dada su relacion con los britanicos -opino Manfred.
– No creo que los britanicos la escuchen ahora que ha roto con Albert James, al fin y al cabo su conexion con el Almirantazgo era de tipo personal -afirmo el profesor.
La preocupacion del profesor y de sus amigos estaba justificada. Corrian un gran riesgo confiando en aquella espanola de la que tan poco sabian. Aunque el Ejercito habia jurado lealtad a Hitler, algunos jefes militares conspiraban contra el Fuhrer y era logico que desconfiaran.
La baronesa Ludovica estaba decidida a recuperar a su marido. No estaba dispuesta a seguir aceptando la indiferencia de Max porque a el sus diferencias politicas le resultaran irreconciliables. Ella era nazi, si, y se sentia orgullosa de serlo. ?Acaso el Fuhrer no estaba devolviendo la grandeza perdida a Alemania? Le irritaba que Max estuviera ciego ante la evidencia de que Hitler era el hombre del destino. A ella le conmovia escucharle hablar, aquellos discursos del lider despertaban su orgullo de alemana. Pero Max era un romantico empedernido que despreciaba a Hitler y decia que era una verguenza que el Ejercito aleman estuviera bajo las ordenes de aquel cabo austriaco, asi era como se referia al Fuhrer. Ella le haria ver que debian ser practicos; por lo pronto, las industrias de su propia familia en el Ruhr se habian visto favorecidas por el despegue economico de Alemania.
Pero Max anteponia su sentido del honor a cualquier consideracion, de manera que nunca aceptaria la prosperidad familiar como motivo suficiente para aceptar el III Reich. Asi pues, Ludovica solo encontro una manera de que Max no terminara abandonandola, y esta era quedandose embarazada. No resultaria facil, puesto que hacia tiempo que solo compartian casa, pero ella estaba dispuesta a cualquier cosa por tener un hijo, un hijo que haria que Max estuviera a su lado para siempre. Era el unico varon de la familia; sus dos hermanas tenian hijos, pero solo a traves de el podia perpetuarse el apellido Von Schumann.
De manera que Ludovica se prometio a si misma evitar cualquier discusion politica con su marido, incluso aceptaria mansamente todos los comentarios que el hiciera contra el Fuhrer, tambien simularia simpatizar con aquellos amigos de Max que tanto la irritaban.
Pensando en su regreso, Ludovica habia mandado preparar una cena con los platos preferidos de su marido.
Max llego a media tarde del 15 de mayo desde Varsovia, y en su rostro se reflejaba el cansancio y algo mas que Ludovica no alcanzaba a comprender.
Apenas la beso en la mejilla y no parecia darse cuenta ni de su cambio de peinado ni de su vestido nuevo, tampoco parecio apreciar la copa de champan con la que su esposa le dio la bienvenida. Ludovica disimulo la irritacion que le habia provocado la frialdad de su marido, pero no pensaba rendirse ante la primera dificultad.
– Me alegro de tenerte aqui. Descansa un poco, luego cenaremos, quiero que me cuentes todo lo sucedido en estos meses en Polonia. Aqui todo continua igual, bueno, salvo que la RAF nos visita de vez en cuando. Afortunadamente nosotros no hemos sufrido ningun contratiempo. Por cierto, tus hermanas y tus sobrinos estan bien, deseando verte. Les dije que les avisaria en cuanto llegaras a Berlin.
– ?Estan en la ciudad? -se intereso Max.
– Si, aunque tu hermana mayor me dijo que en cuanto mejore el tiempo se iran a Mecklenburg.
Max asintio mientras evocaba la vieja mansion familiar situada en la region de los lagos, no lejos de Berlin. Alli habia pasado los veranos mas felices de su infancia montando en bicicleta y pescando.
Apenas se bano y se afeito, Max se reunio con Ludovica. Los meses pasados en Varsovia le habian hecho reflexionar sobre la anomala situacion de su matrimonio y habia decidido poner punto final a lo que solo era una union de conveniencia.
– ?Como te las has arreglado en estos meses? -le pregunto por cortesia mientras cenaban.
– Mal, muy mal -respondio ella bajando la mirada.
– ?Por que? ?Que ha sucedido?
– He pensado mucho en nosotros, Max…
– Yo tambien, Ludovica.
– Entonces comprenderas que lo haya pasado mal. Te quiero, Max, te he echado de menos, me he dado cuenta de que no sabria vivir sin ti. No digas nada, escuchame… Se que en ocasiones te he irritado con mis comentarios sobre politica, y te aseguro que estoy convencida de que nada ni nadie merece lo suficiente la pena como para
