– No es ninguna molestia, ademas, tener visita siempre es una buena excusa para tomar una taza de te. Y ahora establezcamos ciertas normas de seguridad pensando en futuros encuentros. No es conveniente que nos visite con demasiada frecuencia, salvo que tenga informacion que no pueda esperar. La Gestapo tiene ojos y oidos en todas partes, y cada vez que transmitimos corremos un claro peligro.
– Lo se, lo se, el comandante Murray me dio instrucciones de como debiamos trabajar.
– Es mejor que nos visite a horas normales, nadie sospechara si viene usted a la hora del te, pero si despertaria sospechas que se presentara por la noche o muy de manana.
– El comandante Murray creia que tambien podia encontrarme con ustedes en otros lugares.
– Aun asi deberemos tener mucha precaucion y elegir cuidadosamente el lugar de encuentro. Propongo el Prater, alli pasaremos inadvertidos.
– ?El Prater? No se donde esta -respondio Amelia.
– En la Kastanienallee-Mite, es una cerveceria muy popular; en verano esta a rebosar de clientes, los bocadillos de carne son excelentes y tiene tambien un teatro.
– Pero ?no llamaremos la atencion?
– Hay tanta gente, que no se fijaran en nosotros. Naturalmente sera preciso pasar lo mas desapercibidos posible, y vestir sin ostentacion.
– Nunca he vestido con ostentacion -respondio Amelia, molesta por la advertencia.
– Mejor asi.
Jan explico como preparar los encuentros y lo que debian hacer para indicar si sospechaban que estaban siendo seguidos.
– Si llevamos un periodico en la mano es que nadie nos sigue y se puede producir el contacto; si no estamos seguros, entonces sacaremos un panuelo blanco del bolso y nos sonaremos la nariz. Esa sera la senal de que no debemos establecer contacto y que, en cuanto sea posible, hay que abandonar el lugar intentando no llamar la atencion.
Amelia sentia una intima satisfaccion por haber vuelto a ver a Dorothy, pero sobre todo por haber reanudado el contacto con el grupo de oposicion liderado por el profesor Schatzhauser. Se decia a si misma que hasta el momento habia tenido suerte en su trabajo como agente. En Londres habian valorado positivamente el informe sobre la «Operacion Madagascar», y mucho mas su trabajo en Italia al haber podido aporta informacion sobre la invasion de Grecia por parte de Mussolini. Confiaba en que la suerte continuara de su parte, aunque era consciente de que segun avanzaba la guerra su situacion era cada vez mas peligrosa.
Dos dias despues Amelia volvio a presentarse en casa del profesor Karl Schatzhauser. Lo encontro nervioso, temia que la Gestapo estuviera vigilando. Sabia que amigos suyos habian desaparecido sin dejar ningun rastro despues de que la Gestapo se presentara en sus casas. Amigos que no eran judios o militantes de izquierdas, sino gente como el, profesores, abogados, comerciantes, a los que les repugnaba ver a Alemania bajo el dominio de Hitler.
Helga y Manfred Kasten abrazaron con afecto a Amelia, lo mismo que el pastor Ludwig Schmidt. Amelia se preocupo al no ver al padre Muller.
– No tema, vendra -aseguro el pastor Schmidt-. Esta reunion se ha convocado precisamente para que el nos cuente lo que sucede en Hadamar.
– ?Hadamar? ?Que es Hadamar? -pregunto Amelia.
– Es un manicomio que esta en el noroeste de Frankfurt. Un amigo nos aviso de que alli estan ocurriendo cosas horribles. El padre Muller se ofrecio a ir para intentar averiguar si lo que nos contaban es cierto -le explico el pastor Schmidt.
– Pero ?que es eso tan horrible que les han contado? -pregunto Amelia con curiosidad.
– Es tal barbaridad que no puede ser verdad, ni siquiera Hitler puede atreverse a tanto. Pero el padre Muller es un joven muy apasionado y su intencion es, si se confirma lo que nos han dicho, informar de inmediato al Vaticano.
Amelia insistio al pastor para que le dijera a que barbaridad se referia.
– Nos han contado que matan a los enfermos mentales, que les quitan la vida para que no supongan una carga para el Estado.
– ?Dios mio, que horror!
– Si, hija, si, eso seria aplicar la eutanasia a unos pobres infelices que no se pueden defender. La persona que nos lo conto ha trabajado alli; dice que enfermo porque no soportaba que se les diera ese final a los disminuidos psiquicos y a los locos. Yo aun me resisto a creerlo, quien nos lo ha dicho simpatiza con los socialistas, y puede que este exagerando -concluyo el pastor Ludwig Schmidt.
Mientras esperaban al padre Muller, Manfred Kasten informo que Max von Schumann estaria en Berlin a mas tardar en una semana. Asi se lo habia asegurado la baronesa Ludovica, a la que se habian encontrado en el teatro. La baronesa parecia anorar a su marido y les habia anunciado que en cuanto Max estuviera en casa pensaba organizar una cena de celebracion. Ludovica se lamentaba de que a su marido le hubieran destinado a Polonia.
Por fin llego el padre Muller; lo acompanaba una mujer, era su hermana Hanna.
Amelia lo encontro cambiado, mas delgado y con un rictus de amargura en la comisura de los labios. Apenas le presto atencion, tal era su necesidad de explicar a sus amigos lo que habia visto en Hadamar, donde habia pasado las dos ultimas semanas.
– Todo el pueblo sabe lo que sucede en el manicomio, hasta los ninos. He sido testigo de como en plena calle un chiquillo que se peleaba con su hermano le decia: «Voy a contar a todo el mundo que estas loco y te enviaran a cocerte a Hadamar».
– Vamos, hijo, cuentenoslo paso a paso -le pidio el pastor Schmidt intentando que el padre Muller recuperara la calma que parecia haber perdido en su viaje a Frankfurt.
– El hombre que nos dio la informacion nos dijo la verdad. Fui a la direccion que me habia dado, la de la casa de su hermano, un caballero de nombre Heinrich, que vive con su esposa y dos hijos. Heinrich tambien trabaja en Hadamar, es enfermero. El corroboro punto por punto cuanto nos habia contado su hermano. Me dijo que, si pudiera, el tambien se marcharia, pero que tenia una familia a la que mantener, de manera que por mas que le costaba vencer sus escrupulos continuaba trabajando en Hadamar. No resulto facil, pero gracias a el pude entrar en el manicomio. Me presento como a un amigo que necesitaba trabajo. El director del manicomio parecia desconfiar, pero Heinrich le explico que nuestras familias eran viejas conocidas y que el me habia hablado de su trabajo en el manicomio. Tuve que interpretar el papel mas odioso que os podais imaginar: el de un hombre del partido convencido de la superioridad de la raza aria y de la necesidad de deshacernos de todos aquellos que mancharan nuestra raza. Seguramente la mia fue una gran actuacion porque el director de Hadamar fue cogiendo confianza y me aseguro que lo que hacian alli era por el bien de Alemania. Supongo que tambien le parecio buena idea contar con un par de manos mas para hacerse cargo de los locos. La gente del pueblo evita el manicomio, tampoco les gusta tratar a los que trabajan alli. Al terminar la jornada, Heinrich solia acudir a un bar para tomar unos tragos antes de regresar a casa, decia que de lo contrario no podia dormir. Necesitaba perder la conciencia para poder mirar a sus hijos a la cara. En el bar, la gente nos evitaba como si tuvieramos La peste. Mientras tanto, Heinrich no paraba de beber. Lo que vi en Hadamar… ?es horrible! -El padre Muller se quedo en silencio.
– Vamos, hijo, haga un esfuerzo, es importante que nos diga lo que ha visto alli -insistio el pastor Schmidt.
– ?Quieren saber cuantos locos han pasado por Hadamar? Heinrich calcula que unos siete u ocho mil. No, alli no hay espacio para tantos, los llevan desde otros hospitales psiquiatricos de Alemania. Llegan en vagones de ganado, como si fueran animales. Los pobres inocentes no saben cual va a ser su destino. Cuando llegan los conducen dentro del manicomio sin siquiera darles agua ni comida. Si los vieran… exhaustos, nerviosos, desorientados. Los conducen a los sotanos del manicomio. Alli han habilitado unas habitaciones con las paredes desnudas, no hay bancos donde sentarse. A traves del techo han metido unos tubos. Los enfermeros los obligan a desnudarse y luego los encierran. Sus gritos son aterradores…
El padre Muller interrumpio su relato. Se tapo la cara con las manos como si quisiera evitar una vision horrible que llevara prendida en los ojos. Ninguna de las personas que alli estaban se atrevio a preguntar, ni siquiera el pastor Schmidt le volvio a instar para que hablara. Fue Hanna, la hermana del sacerdote, quien le puso la mano sobre el hombro y luego le acaricio el cabello haciendole volver a la realidad. El padre Muller tenia los ojos
