– ?A quien mas vamos a invadir ahora? -pregunto el pastor Schmidt.
– No creo que vayan a llevar a cabo un asalto contra Inglaterra… la RAF esta frenando a la Luftwaffe -comento el profesor Schatzhauser.
– Pero ustedes no imaginan como esta Londres -se lamento Amelia.
– Supongo que lo mismo que Berlin, hija, lo mismo que Berlin… asi es la guerra -respondio Helga Kasten.
No era la primera vez que Manfred Kasten insistia en que Hitler estaba preparando una gran sorpresa; pero cuando Amelia pedia a Jan y a Dorothy que transmitieran esos rumores imprecisos, Jan protestaba:
– ?No puedes conseguir algo mas de informacion? Mandar un mensaje diciendo que hay movimiento en el Cuartel General del Ejercito aleman en plena guerra es una obviedad; que los generales andan muy ocupados, es lo logico, en cuanto a que Hitler esta contento, no me parece relevante.
– Ya, pero mis fuentes creen que va a pasar algo importante, y aunque no sepamos que, es mejor que en Londres esten informados.
A Amelia no le resulto facil confesar a Dorothy y a Jan que se habia convertido en la amante de Max y que lo acompanaria a Polonia, y que por tanto necesitaba nuevas ordenes del comandante Murray.
Ninguno de los dos parecio sorprenderse y Jan se limito a decirle que regresara en un par de dias, para entonces el ya se habria puesto en contacto con Londres.
Las ordenes de Murray fueron precisas: Amelia debia acompanar al baron Von Schumann y obtener a traves de el toda la informacion que pudiera, referida al despliegue de las tropas en el Este. Tambien le daba un nombre, «Grazyna», una direccion en Varsovia a la que debia acudir para transmitir la informacion que fuera recabando, y una contrasena para ser bien recibida en aquella direccion: «El mar esta en calma despues de la tormenta».
Jan entrego a Amelia una pequena camara.
– La puedes necesitar.
– No me sera facil ocultarla. -Tendras que hacerlo.
El 2 de junio Max y Amelia se fueron a Varsovia. Para entonces, a los ojos de todos sus amigos, Amelia se habia convertido en la amante de Max. Ella misma se lo comunico al profesor Schatzhauser diciendole que no tenia sentido ocultar por mas tiempo lo que habia entre ella y Max. El profesor a duras penas pudo ocultarle su disgusto. No simpatizaba con la baronesa Ludovica, y compadecia en silencio a Max por estar casado con una nazi, pero eso no le justificaba para convertir en su amante a aquella extrana joven espanola.
La noticia dio lugar a todo tipo de comentarios entre los amigos de Max, pero en general a ninguno les satisfizo. No fueron los unicos: para los Keller fue una sorpresa inesperada. Amelia les conto que se marchaba con el baron a Varsovia. No hacia falta explicar mas. Herr Helmut le dijo que podria contar con ellos y que las puertas de su casa siempre estarian abiertas para ella. Sin embargo, Greta miro a su esposo con gesto adusto: no podia aprobar que Amelia le robara el marido a otra y que se fuera con el. No, eso no estaba bien.
3
Max y Amelia fueron en tren hasta Varsovia donde les esperaba el capitan Hans Henke, ayudante de Max. Desde alli se trasladaron al sur, a Cracovia, donde habia establecido su residencia Hans Frank, un bavaro al que Hitler habia convertido en el gobernador general de Polonia.
– Es una de las ciudades mas bellas del mundo -le dijo Max refiriendose a Cracovia.
Ella le dio la razon en cuanto llegaron a la ciudad, pero le impresiono la tristeza que imperaba en el rostro de los polacos.
No estarian muchos dias en Cracovia, Max tenia que despachar con Hans Frank y sus jefes militares algunos asuntos relativos a la intendencia medica, despues regresarian a Varsovia.
Amelia sintio una antipatia profunda cuando conocio a Hans Frank, quien se habia instalado en el castillo de Wawel y se comportaba como un reyezuelo.
Le gustaba organizar cenas que presidia como si de un monarca se tratara, luciendo las vajillas de porcelana y cristalerias de Bohemia.
Fue en uno de esos eventos cuando a Amelia, flanqueada por Max y el capitan Hans Henke, le presentaron a Hans Frank y a su esposa, que en ese momento se dirigian a la mesa para la cena mientras departian con otros invitados.
La mesa estaba excesivamente decorada para el gusto de Amelia; Max se encontraba frente a ella y a su lado tenia a un oficial de las SS. Los ojos azules de aquel hombre eran frios como el hielo. Era rubio, alto y atletico, pero a pesar de su apostura, Amelia lo encontro repulsivo.
– Soy el comandante Jurgens -le dijo, tendiendole la mano.
– Amelia Garayoa -respondio ella.
Jurgens esbozo una mueca mientras asentia. Naturalmente no se le habia pasado por alto la llegada a Cracovia del comandante Von Schumann, aquel engreido aristocrata, acompanado de una joven espanola que a todas luces era su amante. Pensaba investigar quien era la joven, a la que no podia dejar de admirar por su belleza. No parecia espanola, tan rubia y tan fragil y tan delgada, convencido como estaba que todas las espanolas eran morenas de carnes rotundas.
– Comandante Schumann, ?ha disfrutado de su estancia en Berlin? -pregunto dirigiendose a Max.
– Desde luego que si -respondio el baron con desgana.
– Ha regresado usted muy bien acompanado por esta bella senorita… -dijo el comandante mirando a Amelia.
– Amelia, te presento al comandante Ulrich Jurgens, cuidate de el.
La advertencia de Von Schumann provoco una risotada de Jurgens.
– ?Vamos, comandante, no asuste a la senorita! Los aristocratas de la Wehrmacht siempre se muestran displicentes con quienes no hemos nacido en un castillo como ellos. Por cierto, ?como se encuentra su encantadora esposa, la baronesa Ludovica?
Max se puso tenso y Amelia palidecio. Las palabras del comandante Ulrich Jurgens sonaban como una ofensa.
Una mujer entrada en anos que estaba sentada al lado de Max intervino en la conversacion.
– ?Los jovenes siempre tan impulsivos e indiscretos! Digame, comandante Jurgens, ?esta usted casado?
– No, condesa, no lo estoy.
– ?Ah! Entonces no disfruta usted de las ventajas del matrimonio. Deberia casarse, ya tiene usted edad para ello, ?no cree? Eso le restaria interes por los matrimonios de los demas. Y usted, querida, ?de donde es? Tiene un acento que no se distinguir…
– Espanola, soy espanola -respondio Amelia, agradecida por la irrupcion de la dama.
– Soy la condesa Lublin.
– ?Es usted polaca? -pregunto Amelia con curiosidad.
– Si, soy polaca, aunque he vivido la mayor parte de mi vida en Paris. Mi esposo era frances, pero enviude y decidi regresar a mi pais. Ya ve que no acerte al elegir el momento. -Las palabras de la condesa dejaron traslucir una fina ironia.
La condesa consiguio que la conversacion transcurriera por derroteros mundanos. Les hablo de Paris, de un reciente viaje a Estados Unidos donde residia su hijo mayor, y del tiempo, de la primavera en Cracovia.
El comandante Jurgens parecio concentrarse en la cena haciendo ver que no les prestaba atencion, pero Amelia podia sentir como la escudrinaba con la mirada y el destello de ira de sus ojos cuando miraba a Max.
Dos dias despues volvieron a Varsovia y se instalaron en el hotel Europejski, donde el eficiente ayudante de Max, el capitan Hans Henke, habia logrado reservar para Amelia una habitacion contigua a la de Max.
– Me alegra tanto tenerte aqui… pero temo que te aburras y prefieras regresar a Berlin -le dijo Max.
– Solo quiero estar contigo; ademas, conocer una ciudad siempre es una aventura. Pronto conocere gente, no te preocupes por mi.
– Pero debes ser prudente, esta ciudad no es segura, la Gestapo y las SS estan por todas partes.
– No puede ser peor que en Berlin.
