– ?Que les dira de mi?
– Nada que no deban saber, aunque naturalmente intentaran conocer por sus propios medios, que son muchos, todo sobre usted.
– ?Eso supone un peligro?
– Espero que no, confiamos en que no, incluso en alguna ocasion nos han ayudado. En cualquier caso, querida, no hay nada mejor que decir la verdad, y puesto que usted esta en Berlin con una mision muy loable, que es intentar recuperar el negocio familiar, no deberiamos preocuparnos, ?no cree?
La casa de Manfred Kasten estaba cerca de Charlottenburg. Era una mansion de dos plantas de estilo neoclasico rodeada de un jardin donde reinaban varios sauces y algunos abetos.
Les recibio la esposa del anfitrion, la senora Kasten, una mujer que pasaba de los sesenta anos, tenia el cabello blanco y era alta y delgada.
– ?Profesor Schatzhauser, que alegria volver a verle! Viene usted acompanado por una joven muy bella… pasen, pasen. Encontrara a Manfred en la biblioteca conversando con un amigo suyo, el baron Von Schumann. Espero que esta noche disfruten de la velada y no se enzarcen ustedes en discusiones politicas, ?me lo promete?
Helga Kasten sonrio confiada mientras les ofrecia una copa de champan. Inmediatamente les dejo para atender a otros invitados.
El profesor tomo del brazo a Amelia y se dirigio con ella hacia la biblioteca, pero Ludovica von Waldheim les salio al paso.
– ?Vaya, si es el querido profesor Schatzhauser y la senorita Garayoa! No sabia que estaba usted en Berlin…
– Acabo de llegar.
– ?Ha abandonado al apuesto senor James? Yo de usted no lo haria, no abundan los hombres como el.
– Albert tiene compromisos profesionales, pero en cuanto pueda se reunira conmigo.
– ?Y como es que le ha permitido venir sola?
– Estoy invitada por viejos amigos de mis padres. Mi padre importaba maquinas alemanas y voy a tratar de recuperar el negocio familiar -explico Amelia incomoda por el interrogatorio al que le estaba sometiendo Ludovica-. ?Como esta el baron, su esposo? -pregunto a su vez.
– Mi esposo esta bien, gracias. Ahora se encuentra en la biblioteca charlando de politica con sus amigos. ?A usted le interesa la politica?
– Lo imprescindible, baronesa.
– ?Asi me gusta! Los hombres lo enredan todo, son incapaces de disfrutar de la vida. Tiene que venir a nuestra casa, hablaremos de nuestras cosas, ?le parece bien?
– Desde luego, estare encantada.
– Se aloja en el Adlon, ?verdad?
– No, ya le he dicho que estoy invitada por unos amigos de mis padres, y soy su huesped.
– Tanto da, mandeme recado cuando le venga bien -dijo Ludovica mientras se alejaba de ellos.
– Tenga cuidado con la baronesa -advirtio el profesor Schatzhauser-, es evidente que no se fia de usted.
– Yo tampoco me fio de ella.
– Hace bien, si la baronesa supiese de nuestras actividades puede que nos denunciara.
– No podria hacerlo, tendria que denunciar a su marido.
– Llegado el caso puede que lo hiciera. Es una nazi convencida. Ha sido una temeridad por parte de Max traerla a esta cena, aunque supongo que no ha tenido otra opcion, al fin y al cabo es su esposa.
El almirante Wilhelm Canaris resulto ser un hombre encantador, que parecia estar leyendo dentro de Amelia mientras la escudrinaba con la mirada. Demostro conocer bien la situacion espanola y la sometio a un interrogatorio sutil intentando averiguar de que lado estaba.
Tambien el coronel Hans Oster parecio interesarse por Amelia, cuya presencia llamaba la atencion en aquella velada.
Ambos hombres parecian estar muy compenetrados e intercambiaban fugaces miradas a traves de las cuales se hablaban. Si Amelia esperaba escucharles alguna critica al nazismo se equivoco, pues ninguno de los dos hombres dijo nada que permitiese sospechar que no estaban de acuerdo con el Fuhrer.
Amelia se alegro de volver a encontrarse con el padre Muller, el sacerdote que les habia confiado la vida de Rajel, e hicieron un discreto aparte para hablar sin ser escuchados por el resto de los invitados.
– Nunca les podre agradecer lo que hicieron. Es un alivio saber que Rajel esta sana y salva.
– Digame, padre. ?Cree que hay suficientes alemanes en contra de Hitler?
– ?Que pregunta! ?Ojala pudiera responderle que somos miles los que vemos el peligro que Hitler representa, pero me temo que no es asi. Alemania solo aspira a volver a ser grande, a ocupar el lugar que cree que le arrebataron tras la guerra.
– ?Y ustedes que pueden hacer?
– No lo se, Amelia. En mi caso, colaborar en cuanto me pidan, pero soy un sacerdote, un jesuita que solo se representa a si mismo. Creo que lo unico que podemos hacer es convencer a quienes estan a nuestro alrededor de la maldad intrinseca del nazismo.
– Padre, y en su opinion, ?hasta donde quiere llegar Hitler?
– Hasta convertirse en el amo de Europa, no parara hasta conseguirlo.
Max se acerco a ellos con paso distraido, apenas habia saludado a Amelia, sabiendo que Ludovica no le perdia de vista. Aunque su esposa nada le habia dicho sobre la espanola, sabia que sentia celos de ella.
– ?Cuanto tiempo te quedaras en Berlin?
– Aun no lo se, depende de lo que pueda hacer aqui.
– El profesor Schatzhauser me ha contado que te envian los britanicos… -dijo, bajando la voz.
– No, no es asi, estoy en Berlin por otros motivos, pero me pidieron que hiciera de correo con vuestro grupo. Quieren saber que pensais hacer ahora que la guerra parece haber prendido en toda Europa.
– No es mucho lo que podemos hacer. ?Que quieren los britanicos?
– Quieren saber hasta donde esta dispuesto a llegar Hitler.
Si tiene intencion de invadir Gran Bretana -pregunto Amelia directamente.
Max carraspeo. Parecio sentirse incomodo por la pregunta y miro a su alrededor antes de responder.
– Podria atreverse, aunque, por lo que se, preferiria entenderse con los britanicos, eso es al menos lo que acaba de contarme nuestro anfitrion. Manfred Kasten es un diplomatico retirado, pero conserva exquisitas relaciones en el Ministerio de Exteriores y suele tener excelente informacion sobre los pasos que da el ministro Ribbentrop.
– ?Cuando podre verte?
– Quiza dentro de un par o tres de dias. Manana tengo que recibir ordenes sobre mi destino inmediato. Puede que me envien a Polonia o a cualquier otro lugar, no lo se, aunque preferiria quedarme en Berlin, al menos por ahora. Pero eso no depende de mi. Te avisare a traves del doctor Schatzhauser, podemos vernos en su casa. Por cierto, ?donde te alojas?
– En casa de herr Helmut Keller.
Amelia le dio un telefono y una direccion que Max memorizo. Sabia que Ludovica solia curiosear en los bolsillos de sus chaquetas y pantalones.
El 22 de junio Francia firmo un armisticio con Alemania y dos dias mas tarde con Italia. Hitler visito Paris el 23 de junio y quedo prendado del edificio de la Opera y del Panteon de los Invalidos, donde reposan los restos de Napoleon.
Amelia convirtio en rutina sus visitas en casa del profesor Schatzhauser, quien organizaba habitualmente reuniones a las que asistian distintos miembros del pequeno grupo opositor, a los que escuchaba atentamente. Muchos de ellos eran personas de cierta relevancia social, bien situados en lugares estrategicos de la Administracion, de manera que tenian acceso a informaciones que, aunque no eran relevantes, a Amelia le servian para explicar a Londres los preparativos para la nueva fase de la guerra. Fue en una de esas reuniones donde Amelia volvio a encontrarse con Manfred Kasten, el viejo diplomatico que aborrecia con todas sus fuerzas a Hitler.
En aquella ocasion no eran muchos los que participaban en la reunion. Ademas del profesor Schatzhauser,
