carecian el resto de los ciudadanos. Garin era especialmente habil a la hora de hacerse con algunos de estos productos que repartia generosamente entre sus amigos.

Segun me iba haciendo mayor, mas admiraba lo solicita que Amelia era con mi padre. Le cuidaba como si se tratara de su bien mas preciado. Pensaba que debia de quererle mucho para compartir la vida con el cuando ella podria haber tenido una existencia mejor.

Amelia pasaba de los cuarenta anos, pero conservaba un aspecto tan fragil que parecia mas joven. Aun no tenia canas y estaba muy delgada. Cuando paseabamos, yo observaba como la miraban, era muy atractiva y creo que Garin estaba secretamente enamorado de ella. Incluso Konrad, que estaba casado y tenia dos hijos, la miraba de reojo cuando ella no se daba cuenta.

En realidad Amelia parecia ignorar el efecto que causaba en los demas, y esa lejania creo que aumentaba su atractivo. Yo me sentia orgulloso de que una mujer asi quisiera a mi padre.

Recuerdo que en 1960 celebraron con nosotros mi entrada en la Universidad Humboldt de Berlin Este. Konrad intentaba convencerme de que debia ser fisico porque asi tendria un gran futuro, pero yo estaba decidido a ser medico, como lo habia sido mi padre.

– Cuidare de el aunque no sea alumno mio -se comprometio Konrad con mi padre.

– Procura que no se meta en lios como tu -le rogo Amelia.

Para los jovenes estudiantes de la universidad, cada dia era mas patente la diferencia entre Berlin Oriental y Berlin Occidental. Todos los dias miles de berlineses iban a trabajar a Berlin Occidental, que los aliados estaban convirtiendo en un escaparate de propaganda del capitalismo. Imaginese la frustracion, o mejor dicho, la esquizofrenia de vivir entre dos mundos con dos monedas diferentes.

Para la Republica Democratica, Berlin Occidental era mas que un escaparate, era una gran base militar con mas de doce mil soldados entre norteamericanos, britanicos y franceses. Y no les gustaba tener aquella fuerza militar en la puerta de su casa.

La politica oficial de Ulbricht venia siendo la de proponer la unificacion de Alemania; en realidad proponia la formacion de una confederacion donde no hubiera tropas extranjeras. De esa manera aparecia ante los militantes izquierdistas del resto del mundo como un hombre de paz que hacia propuestas de paz que no se llevaban a cabo por la codicia de los imperialistas de Occidente. Pura propaganda, claro. Su idea de la reunificacion alemana pasaba por sumir a la Alemania Federal en el mismo sistema colectivista en que vivia la Republica Democratica.

Pero de lo que si era consciente era de la sangria que suponia que continuaran emigrando muchos alemanes de la Republica Democratica.

Nunca olvidare la noche del 13 de agosto de 1961. Yo estaba en mi cuarto estudiando cuando un ruido me hizo levantar la vista y vi ante mis ojos a un grupo de soldados y militantes del Partido Comunista extendiendo una alambrada de espinos. Nuestra casa, ya se lo dije, era «frontera» con Berlin Occidental.

– ?Papa! ?Amelia! ?Mirad por la ventana!

Los tres nos apretujamos mirando por la ventana de la sala como los soldados seguian extendiendo el alambre de espinos.

– La frontera -musito Amelia.

– ?Que frontera? -pregunte yo, que no concebia que Berlin no fuera toda ella una unica ciudad.

– Churchill hablaba de un Telon de Acero… bueno, pues bien, ese telon lo estan extendiendo tambien en Berlin -respondio ella.

– Pero es ridiculo. ?Que pretenden con ese alambre de espinos? Lo unico que van a conseguir es dificultar el paso al otro lado, y son miles los berlineses de este lado que todos los dias van a trabajar al otro sector -conclui yo.

Amelia me acaricio el rostro con mimo, como si aun fuera un nino pequeno que no entendiera lo que estaba pasando.

Mi padre permanecia en silencio, con la mirada perdida en el ojo con el que aun veia, y un rictus de crispacion en todo el rostro.

– Deberiamos irnos, tal vez aun podamos -dijo Amelia.

– No, no me ire, pero no te impedire que lo hagas -contesto mi padre, visiblemente alterado.

Ella no respondio. ?Que podia decirle? El sabia que jamas nos abandonaria, pasara lo que pasase. Pero Amelia tenia razon, debimos irnos. ?Que sentido tenia alli nuestra vida? En realidad nunca entendi el empecinamiento de mi padre por que permanecieramos en Berlin Este. A veces pensaba que necesitaba castigarse por haber pertenecido a la Wehrmacht y jurado lealtad a Hitler.

Al dia siguiente, Garin le explico a Amelia que se habia enterado de que el alambre de espino era solo el primer paso.

– Quieren construir un muro de mas de tres metros de altura.

– Pero ?que van a conseguir con eso? La gente tendra que continuar yendo a trabajar al otro lado.

– La separacion definitiva de Alemania. Creo que van a preparar un documento diciendo que solo hay una Alemania legitima, la nuestra. Y puede que se restrinja el paso a Berlin Oeste. Ya veremos.

Garin tuvo razon. Pasar al Oeste se convirtio en una pesadilla. Se necesitaba un permiso y sobre todo acreditar el porque. Era mas facil entrar en nuestro Berlin, ya que los visitantes no tenian la menor intencion de quedarse para siempre.

Vimos desde nuestra ventana como al alambre de espinos le siguio la construccion de un muro de cemento que alcanzo los tres metros de alto y un perimetro de cincuenta y cinco kilometros. Ahora el unico paisaje que teniamos ante los ojos era aquel bloque de hormigon ante el cual patrullaban dia y noche los soldados. Habia apenas un metro nada mas salir del pequeno jardin que delimitaba el edificio donde viviamos; a continuacion estaba el alambre de espinos, y tras el, el Muro. Yo tenia la sensacion de vivir en una carcel, me ahogaba, lo mismo que Amelia, pero mi padre lo acepto sin quejas.

– No pueden soportar que la gente continue marchandose, eso esta poniendo en jaque la economia -les justificaba.

Fue aquel otono de 1961 cuando Amelia se encontro con Ivan Vasiliev. Como todas las mananas, saliamos juntos y caminabamos un trecho hasta separarnos, ella para ir al ministerio y yo a la universidad. Ibamos hablando en arabe. Nos gustaba hacerlo cuando estabamos a solas. Amelia decia que solo hablandolo no lo olvidariamos. Quiza fuera su instinto, quiza la mirada insistente del hombre, pero de repente Amelia aflojo el paso.

– Amelia, Amelia Garayoa -escuchamos decir a alguien a nuestra espalda.

Un hombre que debia rondar los sesenta anos era quien habia pronunciado el nombre de Amelia. Ella se le quedo mirando fijamente, intentando buscar en sus recuerdos a quien se correspondia aquel rostro.

– Ivan Vasiliev -dijo el hombre hablando en ruso mientras le tendia la mano-. ?Recuerda Moscu? Yo trabajaba con Pierre Comte.

– ?Dios mio! -exclamo ella.

– Si, es toda una sorpresa que nos hayamos vuelto a encontrar.

– ?Que hace aqui?

– Bueno, eso estaba pensando yo cuando la he visto, ?que hace usted en Berlin?

– Vivo aqui, con mi familia.

– ?Su familia? Bueno, es natural que haya rehecho su vida despues de la muerte de Pierre.

– Asi es. ?Sigue usted…? Bueno… ?Sigue trabajando en el mismo lugar…?

– ?Quiere saber si formo parte de la KGB? Esa es una pregunta que usted no me debe hacer, ni yo debo contestar. ?Quien es este joven?

– Mi hijo. Friedrich, te presento a Ivan Vasiliev…

El hombre me miro de arriba abajo, lo cual hizo que me sintiera incomodo. Era mas alto que yo, mas fuerte, y aunque vestia un traje, me parecio que tenia aspecto militar.

– Si tienen tiempo, les invito a un cafe -propuso Ivan Vasiliev.

– Lo siento, Friedrich tiene que llegar a tiempo a clase y dentro de quince minutos yo he de estar trabajando.

– ?Donde trabaja usted?

– En un departamento del Ministerio de Cultura.

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