A finales de los ochenta, los alemanes del Este sentiamos que algo iba a cambiar, la Perestroika rusa estaba trastocando lo que parecia un orden inalterable.
En octubre de 1989, cuando nos disponiamos a celebrar el cuadragesimo aniversario de la Republica Democratica de Alemania, las manifestaciones y protestas se sucedian por las calles. Por si fuera poco, Gorbachov llego a decir que solo continuaria apoyando a la Alemania de la Republica Democratica si iniciaba una via de reformas. Aquel dia entendimos que estabamos ante el fin de una epoca.
Los dirigentes del partido comenzaron a preocuparse; tanto, que incluso hicieron publico un documento anunciando ciertas reformas. De esa manera trataban de acotar el deseo de cambio de los alemanes. Pero Erich Honecker no estaba de acuerdo y se empenaba en mantener una linea dura, utilizando la policia para reprimir el descontento que se evidenciaba en las calles.
Un grupo de dirigentes del partido decidio que habia que jubilar a Honecker y hacerse con el control del pais. El 17 de octubre de 1989 se celebro una reunion del Politburo en el que se fijaron las bases para destituir a Honecker. Al final tuvo que ceder y presentar su dimision bajo el eufemismo de «motivos de salud». El Comite Central designo a Egon Krenz como secretario general del partido, presidente del Consejo de Estado y del Comite de Defensa Nacional.
Sin embargo, la eleccion de Krenz no fue recibida como una senal de apertura, y aunque propuso iniciar una nueva etapa no logro que la gente confiara en el.
Todos nosotros seguiamos los acontecimientos con el anhelo del cambio, y empezabamos a atrevernos a hablar con menos cuidado.
A mi padre todos estos acontecimientos parecian dejarle indiferente. Algunos dias, tras desayunar, permanecia absorto escuchando las emisoras extranjeras a traves de una radio de onda corta que Amelia guardaba como un tesoro. Pero ni los comentarios de ella ni los nuestros parecian interesarle.
El 1 de noviembre recayo y le llevamos al hospital, pero mis colegas dijeron que no habia nada que se pudiera hacer y que era mejor dejarle morir tranquilo en casa, de manera que le volvimos a trasladar.
Amelia no se separaba de el ni un minuto. Creo que aquellos dias envejecio rapidamente. Hasta entonces, a pesar de que ya tenia setenta y dos anos, parecia mas joven. Siempre iba correctamente vestida y con el cabello blanco recogido en un mono.
La tarde del 9 de noviembre Amelia me telefoneo para pedirme que fuera de inmediato a casa. Mi padre estaba comenzando a agonizar.
La agonia duro unas horas, con periodos de lucidez en los que pude despedirme de el y decirle cuanto le queria y lo feliz que habia sido a su lado.
– No habria querido otra vida que la que he vivido contigo -le dije a mi padre.
Habia anochecido y en la calle cientos de personas iban de un lado a otro. Las autoridades habian anunciado que a partir de medianoche se permitiria traspasar la frontera sin permisos especiales.
Mire el muro que se alzaba frente a nuestra casa, ya me habia acostumbrado a el y pense en lo extrano del destino. Mi padre se moria y en la calle miles de personas parecian celebrar algo.
Era cerca de la medianoche cuando Amelia me hizo un gesto para que me acercara a la cama de mi padre. Habia abierto los ojos y cogido la mano de Amelia, vi amor en su mirada, luego mi padre me cogio tambien a mi la mano, y uniendo las de los tres sobre su pecho, expiro.
Amelia y yo permanecimos sin movernos, con nuestras manos sobre su pecho, el pecho de mi padre. Su corazon habia dejado de latir y los nuestros latian acelerados por la emocion del momento. Los gritos de la calle nos sacaron de nuestro ensimismamiento. Amelia suavemente le beso en los labios.
Volvimos a escuchar mas alboroto y nos acercamos a la ventana. No podiamos creer lo que estabamos viendo. Eran miles de personas acercandose al Muro, muchos llevaban en las manos picos, martillos y cinceles, y comenzaban a golpearlo con fuerza ante la mirada de los soldados. Permanecimos en silencio viendo aquel espectaculo, hasta que Amelia me miro a los ojos.
– Te vas -dije sabiendo que eso es lo que iba a hacer.
– Si. Ya no tengo nada que hacer aqui.
– Lo entiendo.
Cogio una bolsa y metio algunas prendas de vestir. Luego abrio un cajon de la comoda y busco una caja que me entrego.
– Aqui esta todo el dinero que gane cuando trabajaba para los norteamericanos. Son dolares, te vendran bien. Tambien estan los documentos que acreditan las posesiones que tuvo tu familia. Quien sabe…
Se acerco a la cama y se puso de rodillas junto al cuerpo de Max. Le acaricio el rostro y coloco su cabeza sobre su pecho. Cerro los ojos durante unos segundos, luego se levanto. Nos abrazamos y senti que mis lagrimas mojaban sus mejillas y que las suyas empapaban las mias.
Se marcho sin que nos dijeramos adios, aunque ambos sabiamos que se iba para siempre.
La vi salir del portal y acercarse al Muro. Se unio a los miles de berlineses que estaban derribandolo y con sus propias manos comenzo a arrancar pedazos de hormigon y de ladrillo. Al fin los manifestantes habian hecho un gran agujero, y buena parte del Muro estaba derruido. Observe como saltaba entre los cascotes y caminaba erguida hacia el otro lado de Berlin donde otros berlineses gritaban y cantaban de alegria. No se volvio, aunque estoy convencido de que sabia que yo estaria mirando. No me movi de alli hasta que la vi perderse entre la gente.»Friedrich se quedo en silencio. Estaba emocionado y habia logrado que yo tambien lo estuviera. Me di cuenta de que Ilse nos observaba desde la puerta, no se cuanto tiempo llevaba alli.
– Y nunca mas volvio -concluyo Use.
– No, nunca mas.
– Pero ?no le dijo adonde iba, o que pensaba hacer?
– No, no dijo nada, simplemente se marcho.
– Alguna vez le ha escrito, le ha telefoneado…
– No, nunca. Tampoco lo esperaba. Aquella noche ella tambien recupero la libertad.
Cene con Friedrich von Schumann y su esposa Ilse y especulamos sobre donde podia haber ido Amelia, pero como decia Friedrich, mi bisabuela era imprevisible.
– No tengo ni idea de donde murio ni donde esta enterrada. Si lo supiera, iria a poner flores sobre su tumba y a rezar -me aseguro Friedrich.
Les di las gracias a los dos por su generosidad al recibirme, y sobre todo por lo que me habian contado. Les prometi que si averiguaba el lugar donde estaba la tumba de Amelia, se lo comunicaria.
No podia hacer mucho mas en Berlin. Nadie podia darme razon de donde se habia ido mi bisabuela, de manera que regrese a Londres convencido de que si le insistia al mayor Hurley y a lady Victoria, terminarian contandome que habia sido de Amelia. Estaba seguro de que ellos lo sabian.
El mayor Hurley parecio sorprendido cuando le telefonee.
– Ya le dije que no podia contarle nada mas. No puedo desvelar secretos oficiales.
– No le pido que me desvele ningun secreto de Estado, solo que me oriente sobre adonde se fue mi bisabuela. Como comprendera, a estas alturas a nadie le importa lo que pudiera hacer en 1989 una senora de setenta y dos anos que ya estara muerta.
– No insista, Guillermo. No tengo mas que decirle.
Lady Victoria se mostro mas amable pero igualmente contundente en su negativa.
– Le aseguro que no se que fue de Amelia Garayoa, me gustaria ayudarle, pero no puedo.
– Quiza usted pueda convencer al mayor Hurley…
– ?Oh, imposible! El mayor cumple con su deber.
– Pero se trata de saber donde esta enterrada mi bisabuela, no creo que eso sea un secreto de Estado.
– Si el mayor Hurley no le quiere decir mas, sus motivos tendra.
No consegui una nueva cita ni con el mayor Hurley ni con lady Victoria. El mayor me anuncio que se iba unos dias a cazar el zorro y lady Victoria pensaba marcharse a California a un torneo de golf.
