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Durante los dias siguientes, ya de vuelta a mi ciudad, telefonee a todas las personas que me habian ayudado a averiguar las peripecias de Amelia, pero nadie parecia saber nada de lo que habia sido de ella, parecia que se la habia tragado la tierra.
Opte por contactar con Washington para conseguir un permiso y buscar alguna pista en los archivos del Congreso.
Recorde que Avi Meir me habia hablado de un amigo suyo que era sacerdote y habia estado en Berlin en el 46, que ahora vivia en Nueva York y, segun me habia dicho, era toda una autoridad en lo que se referia a la Segunda Guerra Mundial.
Avi parecio alegrarse de mi llamada y me dio la direccion y el telefono de su amigo.
Robert Stuart resulto ser un anciano tan encantador como Avi Meir, y sobre todo una enciclopedia andante.
Realizo todo tipo de gestiones, incluso consiguio que me recibiera un tipo de la CIA ya retirado, al que habia conocido en Alemania en el 46. Pero todo resulto inutil. Si los britanicos eran extremadamente cuidadosos con sus secretos, los norteamericanos aun lo eran mas. Aunque habian desclasificado algunos de los papeles con nombres de personas que habian trabajado para la OSS, otros nombres todavia permanecian en secreto. Lo mas que consegui fue que un amigo de aquel ex agente que ya estaba retirado confirmara que durante la Guerra Fria habia una espanola que colaboro con ellos desde Berlin Este.
Desesperado, decidi probar suerte con el profesor Soler. Sin avisarle de mi llegada, me presente en su casa en Barcelona.
– Profesor, he llegado a un punto ciego, no puedo seguir salvo que usted me ayude.
– ?Que sucede? -me pregunto, interesado.
– Amelia desaparecio de Berlin Este el 9 de noviembre de 1989. ?Le dice algo la fecha?
– Si, claro, la caida del Muro…
– Pues parece que se la trago la noche, a partir de ese momento es imposible encontrar rastro de ella. Me temo que he fracasado.
– No sea pesimista, Guillermo. Lo que debe hacer es hablar don dona Laura.
– Pensara que soy un desastre.
– Puede ser, pero tendra que decirle que no puede continuar con la investigacion.
– Le aseguro que lo estoy intentando todo. Ni en internet hay rastro suyo -dije.
– Pues lo que no esta en internet es que no existe -respondio el con ironia.
– ?Y ahora que hago?
– Ya se lo he dicho, llame a dona Laura y expliquele que ha llegado a un punto en el que no puede avanzar mas.
– Despues de tanto tiempo y todo el dinero que me he gastado… me da verguenza.
– Pero es mejor que le diga la verdad cuanto antes, a no ser que crea que puede encontrar alguna pista.
– Si usted no me ayuda…
– Es que no se como hacerlo, ya le he puesto en contacto con todas las personas que podian ayudarle.
Me tuve que tomar dos copas antes de llamar a dona Laura. Ella me escucho en silencio mientras le daba cuenta de mis pesquisas y de como habia perdido la pista de Amelia el 9 de noviembre de 1989.
– Lo siento, me hubiera gustado poder decirle donde esta enterrada -me disculpe.
– Pongase a escribir todo lo que ha averiguado, y en cuanto termine, llameme.
– ?A escribir? Pero la historia esta inacabada…
– No pretendo imposibles. Si ha llegado hasta 1989, bien esta. Pongase a escribir y procure hacerlo con un poco de celeridad. A nuestra edad no podemos seguir esperando mucho mas.
Llevaba tiempo sin ver a Ruth; entre mis viajes y los suyos, no habia manera de coincidir. Y a mi madre fui a verla nada mas llegar a Madrid, pero estaba tan enfadada que ni siquiera me invito a cenar. Le anuncie que habia terminado mi investigacion, pero no logre conmoverla.
– Llevas mucho tiempo haciendo el idiota, de manera que tanto me da que lo hagas un poco mas. Menos mal que mi hermana se ha olvidado de la idea de regalarnos por Navidad esta absurda historia.
La verdad es que durante aquellos meses no solo habia ido investigando, sino que habia ido escribiendo todos los episodios que me habian ido contando sobre la vida de Amelia Garayoa, de manera que la historia la tenia ya casi toda negro sobre blanco.
Tarde tres semanas en ponerla en orden, corregirla e imprimirla. Luego la lleve a una imprenta para que le pusieran unas tapas de piel. Queria que el trabajo estuviera presentable y no decepcionar demasiado a las dos ancianas Garayoa que habian sido tan generosas conmigo.
Dona Laura se sorprendio cuando la telefonee para decirle que ya tenia toda la historia escrita.
– ?Que rapidez!
– Bueno, es que he ido escribiendo mientras investigaba.
– Venga usted manana a las cuatro.
Me sentia satisfecho a la vez que un poco melancolico. Mi trabajo habia terminado y una vez que hubiera entregado el libreto, tendria que reencontrar mi propia vida y olvidarme de Amelia Garayoa.
Epilogo
Cepille mi unico traje. Queria estar presentable para ver a las dos ancianas. Incluso por la manana me acerque al peluquero.
El ama de llaves que me abrio la puerta me acompano al salon y me indico que esperara.
– La senora le recibira enseguida.
No me sente. Estaba impaciente por entregar a las dos ancianas aquel trabajo que tanto me habia costado.
Dona Laura entro apoyandose en un baston. Habia envejecido mas, si es que eso puede decirse de una mujer que hacia tiempo que habia traspasado ya los noventa anos.
– Venga, Amelia esta en la biblioteca.
La segui acompasando mis pasos a los suyos, dispuesto a ver a su hermana Melita.
– Amelia, ha venido Guillermo.
– ?Guillermo? ?Quien es Guillermo?
Su mirada parecia perdida. Su delgadez era tal que parecia a punto de romperse.
– El chico al que le encargamos la investigacion… ha terminado y ha escrito la historia que deseabas.
– Guillermo… si, si, Guillermo…
Parecio que sus ojos volvian al presente y me miro fijamente.
– ?Lo has escrito todo?
– Si, creo que si…
– Acercate, Guillermo, y dime quien soy.
Me quede mudo sin saber que responder. Los ojos de la anciana eran una suplica.
– Guillermo, dime quien soy, lo he olvidado, ya no lo se.
Busque a dona Laura, que permanecia de pie apoyada en el baston y observandonos a los dos.
– Yo… no entiendo -alcance a decir.
– Dime quien soy, dime quien soy -insistio la anciana con desesperacion.
Le tendi el libro encuadernado y ella lo cogio en sus manos y lo abrazo.
– Ahora podre saberlo. Recuerdo muchas cosas, pero otras se han nublado en mi memoria. Hay dias que no se
