Albert James consiguio un permiso para viajar a Espana. Era peligroso porque aunque la guerra habia terminado los franquistas estaban pasando factura a los que habian luchado en el bando republicano. James temia por Amelia, pero ella no dio su brazo a torcer. Le dijo a Danielle que si volvia acompanada de un periodista norteamericano los franquistas no le harian nada, pero lo cierto es que ni el propio Albert James las tenia todas consigo.
Amelia, Albert James y yo viajamos en coche hasta la frontera. Albert conducia un buen coche para la epoca, pero el viaje desde Paris se nos hizo eterno.
A las ocho de la manana del 10 de mayo llegamos a Irun. Habia soldados y guardias por todas partes. Dos guardias civiles del puesto fronterizo nos ordenaron que bajaramos del coche. Albert James chapurreaba poco el espanol, de manera que Amelia se hizo cargo de la situacion.
– ?Adonde van ustedes? -pregunto el guardia.
– A Madrid.
– ?Y que van a hacer alli? -pregunto el guardia mientras su companero examinaba nuestros pasaportes.
– El senor James es periodista norteamericano y quiere escribir un reportaje sobre Espana ahora que ha terminado la guerra.
– Ya, eso el, pero ?y usted quien es?
– Soy la ayudante del senor James, su interprete. Ya le he dicho que es norteamericano, lo puede ver en su pasaporte.
– ?Y el chaval este? ?Por que va con ustedes?
– Vera, soy amiga de sus padres, y como yo vivia en Paris le enviaron conmigo para que no sufriera los estragos de la guerra; ahora le traigo con los suyos, que espero esten vivos.
– ?Los padres son de nuestro bando? -quiso saber el guardia.
– Son excelentes personas, honrados y trabajadores, y han luchado por Espana como el que mas.
– ?Y donde tiene usted un papel que acredite que esta a cargo del nino? -inquirio el guardia.
– Oiga, ?usted cree que durante la guerra alguien pensaba en papeles? Bastante hicieron enviandole a Paris para que no pasara penalidades.
Los guardias hablaron entre si un buen rato y al final debieron de pensar que un periodista norteamericano, una mujer joven y un nino no debian de ser peligrosos, asi que nos dejaron pasar. Amelia, que habia empezado a fumar hacia poco encendio un cigarrillo apenas nos subimos al coche.
– Eres muy habil esquivando preguntas -le dijo Albert James.
– ?Como lo sabes, si tu no entiendes espanol?
– ?Oh! Entender lo entiendo bastante bien aunque me cueste mas hablarlo. ?Menudo aplomo tienes! Claro que ya me habia dado cuenta en Moscu.
Tardamos casi doce horas en llegar a Madrid, no solo por el estado de las carreteras, sino porque habia tropas por todas partes yendo de un lado para otro.
Cuando llegamos a Madrid Albert James nos llevo a un hotel junto a la Gran Via, el Florida, que le habia recomendado un colega. El Florida habia sido lugar de encuentro de los periodistas extranjeros que informaban desde el bando de la Republica. El hotel habia sufrido los estragos de la guerra y no estaba en muy buenas condiciones, de manera que Albert James recordo otra direccion, la de una pension no lejos de alli, donde habia pasado buena parte de la contienda un fotografo norteamericano amigo suyo.
La patrona era una mujer bajita y tan delgada que parecia desnutrida. Recuerdo que nos recibio con cara de gratitud.
– No tengo ni un solo huesped, de manera que pueden elegir habitacion. No les garantizo que pueda darles de comer porque no hay nada en la plaza, salvo que busque algo en el mercado negro. ?Ah! Mi nombre es Rosario.
Las habitaciones estaban limpias y los balcones daban a la mismisima Gran Via.
Una vez que Albert James le explico a la patrona que habiamos llegado hasta ella recomendados por otro periodista estadounidense, dona Rosario parecio mirarnos con mas simpatia.
– Es que hay que tener cuidado con quien mete una en casa, y sobre todo con lo que dice, porque ahora puedes terminar en la carcel por el menor comentario.
Dona Rosario nos conto que su marido habia sido funcionario en el Ministerio de Hacienda, y que hasta que estallo la guerra nada les habia faltado.
– Viviamos bien, ya ven ustedes lo comodo que es este piso, pero mi marido se incorporo a filas y al pobrecillo lo mataron en el frente, ahi mismo, en la sierra de Guadarrama. Y ya ven ustedes, durante la guerra de algo habia que vivir, de manera que empece a coger huespedes. Una prima me lo aconsejo, ella tenia alquiladas dos habitaciones a periodistas extranjeros y me mando a algunos amigos de sus huespedes, y ya ven, gracias a eso he sobrevivido.
– ?Usted estaba con la Republica? -le pregunto Amelia.
– ?Ay, hija, ya da lo mismo! Ahora tenemos que vivir con lo que tenemos y mas vale no decir nada. Ya sabes que antes de terminar la guerra Franco aprobo la Ley de Responsabilidades Politicas, y estan metiendo a mucha gente en la carcel; vamos, que meten a todos los que sospechan que han estado con el otro bando. No perdonan ni una.
Eran alrededor de las diez cuando Amelia nos dijo que iba a acercarse a casa de sus padres.
– No puedo esperar a manana, seria incapaz de dormir.
– Pero no deberias salir sola a esta hora -le aconsejo Albert-. Aun no sabemos como estan las cosas, podrian detenerte. Es mejor que esperes.
Le costo convencerla, pero lo logro. Aquella noche Amelia no pego ojo y al amanecer nos desperto.
Albert James dijo que lo primero que tenia que hacer era acreditarse como periodista ante las autoridades franquistas. James queria saber que terreno pisaba, aunque no tenia la mas minima intencion de dejarse someter por la censura franquista. Su objetivo era ver y oir para despues escribir reportajes sobre la Espana de la posguerra.
Propuso a Amelia que le acompanara puesto que no hablaba bien espanol, y que despues la llevaria a casa de sus padres y mas tarde a buscar a Lola, pero ella se resistio, estaba nerviosa y queria presentarse en su casa, saber de los suyos. Al final el cedio y acordaron que yo la acompanaria a casa de sus padres mientras el se organizaba para empezar a trabajar en sus reportajes.
Aun recuerdo la impresion que me produjo el Madrid de entonces. Se palpaba la miseria y la desesperanza, pero tambien se apreciaba la euforia de los vencedores.
Fuimos andando Gran Via abajo hasta Cibeles y de alli enfilamos hacia el barrio de Salamanca, donde vivian los padres de Amelia y tambien sus tios.
La recuerdo temblando mientras apretaba el timbre de la casa de sus padres. Nadie contesto a sus timbrazos impacientes.
Bajamos las escaleras en busca del portero, al que no habiamos visto al entrar, pero alli estaba en el chiscon.
– ?Senorita Amelia! ?Dios mio, que sorpresa! -El hombre se quedo boquiabierto al verla.
– Hola, Antonio, ?como esta? ?Y su mujer y sus hijos?
– Bien, bien, todos bien. Hemos sobrevivido y con eso nos damos por satisfechos.
– ?No hay nadie en mi casa?
El portero, nervioso, apreto las manos antes de responder.
– ?No lo sabe usted?
– ?Saber? ?Que he de saber?
– Bueno, en su familia han pasado algunas cosas -respondio incomodo el portero.
Amelia enrojecio, humillada por tener que recabar noticias de su propia familia.
– Expliquese, Antonio.
– Mire, es mejor que vaya a casa de su tio, de don Armando, y que alli le den razon.
– ?Donde estan mis padres? -insistio Amelia.
– No estan, senorita Amelia, no estan. Su padre… bueno, no lo se a ciencia cierta, y su madre… Lo siento, pero dona Teresa murio. La enterraron hace unos meses.
