Amelia dio un respingo y se puso tensa. Su tia Montse era la unica hermana de su madre y tanto Antonietta como ella la querian mucho. Se habia quedado soltera y solia pasar temporadas en Madrid con ellas. A Antonietta y a Amelia les gustaban las visitas de su tia porque las mimaba y las consentia mas que sus padres.

– La buena de Montse se fue a Palamos, a refugiarse en la masia de unos primos. La pobre mujer pensaba que al menos en el campo no pasaria hambre. Porque tu no lo sabes, Amelia, pero liemos pasado mucha hambre, mucha necesidad. La desgracia de tu familia catalana es que no eran comunistas, ni socialistas, ni anarquistas, ni de Companys… ?Pobres de ellos por ser de derechas! Si, de derechas, pero buena gente, trabajadores y honrados. Pero eso no les importo a los que los fusilaron. Ya sabes, milicianos, que se presentaron en el pueblo y preguntaron a los de su cuerda si habia nacionales por alli. Alguien senalo la masia de esos primos de tu madre y de Montse. Los mataron a todos alli mismo, al matrimonio de ancianos, a sus tres hijos y a tu tia Montse, a ella que habia ido a refugiarse alli. Dime, Amelia ?crees que eso fue un asesinato?

– ?Madre, no hables asi! -protesto Laura por la dureza en el tono de dona Elena.

– Solo quiero que sepa que aqui se ha matado mucho, que los nacionales han asesinado a los rojos y los rojos a los nacionales, mas alla del campo de batalla, de la propia guerra. ?A quien debo odiar yo Amelia? Dimelo. A mi marido lo tienen preso los nacionales, a mi hermano lo mataron los rojos, ?a quien debo odiar mas? ?Sabes una cosa? Los odio a todos -sentencio dona Elena.

– ?Donde esta el tio Armando? -pregunto Amelia, que estaba impresionada por cuanto habia escuchado.

– En la carcel de Ocana. Le han condenado a muerte lo mismo que a tu padre y hemos pedido un indulto, hemos elevado todo tipo de suplicas a Franco. Si es necesario, no me importa arrojarme a sus pies y suplicarle por mi marido; si eso es lo que quieren, lo hare.

– ?Madre, calmate! -le pidio Jesus cogiendole la mano.

– Lo siento, lo siento… yo…

– Tu te marchaste y no tienes ni idea de lo que ha pasado aqui. No se si has sido feliz o desgraciada, pero te aseguro que nada de lo que hayas pasado es peor de lo que hemos vivido nosotros.

Amelia bajo la cabeza, avergonzada ante el reproche de su tia. No era dificil adivinar que se sentia culpable por haber vivido en la seguridad de un Buenos Aires hasta el que solo llegaban los ecos de la guerra.

– ?Y mi hijo? ?Sabeis algo de Javier…? -pregunto mirando a Laura, porque no soportaba la mirada inquisitiva de su tia.

– Javier esta bien. Agueda le cuida y le quiere mucho. Ahora esta en casa de sus abuelos con don Manuel y dona Blanca. Ellos… bueno, ya sabes que eran mas bien de derechas y ahora no corren ningun peligro, pero Santiago…

Laura parecia no atreverse a continuar. Sabia que su prima estaba al limite de sus fuerzas, que no soportaria continuar recibiendo malas noticias, y decirle que Santiago estaba en la carcel, iba a suponer otro golpe para ella.

– Santiago tambien esta preso -dijo al fin Laura.

– Ya ves, este pais se ha vuelto loco. Las ideas politicas de Santiago, tu marido, eran como las de tu padre y las de mi Armando, nunca fue radical, ni comunista, pero eso no ha impedido que le metan en la carcel -anadio la tia Elena.

– ?Tambien esta en Ocana? -quiso saber Amelia, que aun habia palidecido mas.

– Si, alli esta -respondio Laura.

– ?Y sus padres no pueden hacer nada? Ellos tienen amistades… -pregunto Amelia.

– ?Crees que no estan moviendo Roma con Santiago? Puedes suponer que si. A don Manuel lo llevaron preso a una checa y salio vivo de milagro. Parece ser que le torturaron. Su esposa, dona Blanca, logro enviar un mensaje a Santiago dandole cuenta de la detencion de su padre. Santiago estaba en el frente con el grado de comandante, y al parecer era un oficial muy apreciado por sus superiores, que se movilizaron para conseguir la liberacion de don Manuel. Pero no creas que fue facil. Ya ves como han sido las cosas: el hijo en el frente luchando por la Republica y el padre encarcelado por quienes decian defenderla. Nosotros no sabemos nada directamente, pero Agueda nos ha ido contando lo que sucedia -explico la tia Elena.

– Tu hijo esta precioso y es muy simpatico. Convencimos a Agueda para que nos dejara verle cuando salia con el a la calle, y ella accedio; solia traerlo cerca de la casa de tus padres, para que ellos se hicieran los encontradizos y pudieran ver a Javier. Pero ahora que el nino ha crecido y habla hasta por los codos solo le vemos de lejos. Agueda tiene miedo de que Javier diga a sus abuelos que ve a otras personas. Y nosotros no queremos comprometer a la buena mujer. Javier esta muy apegado a ella -explico Laura.

– Quiero verlo, ?podeis ayudarme? -suplico Amelia.

– Enviare a Edurne a que espere en los alrededores de la casa de tus suegros, y cuando vea a Agueda salir que le pregunte cuando puedes ir a ver a tu hijo -propuso Laura.

Era la hora de la comida cuando dona Elena dio por terminada la conversacion. Hasta ese momento yo habia permanecido muy quieto junto a Edurne, sin atreverme a decir palabra. A pesar de que era solo un adolescente era capaz de ver el enorme sufrimiento de Amelia.

Comimos patatas con un trozo de tocino. Amelia no probo bocado y tia Elena tuvo que obligar a comer a Antonietta. -Nina, tienes que comer, de lo contrario no te curaras.

Amelia explico que trabajaba con un periodista norteamericano y que gracias a el habiamos cruzado sin mayor problema la frontera. Tambien les informo de que tenia que buscar a Lola para dejarme con ella.

– Esa mujer ha sido la fuente de todas tus desdichas -afirmo la tia Elena-. Si no la hubieras conocido y no te hubiera metido sus ideas revolucionarias en la cabeza nunca te habrias ido.

– No, tia, no, la culpa no es de Lola; yo soy la unica responsable de mis actos. Se que obre mal, fui egoista, me puse el mundo por montera sin pensar en los mios ni en las consecuencias. Lola no me obligo a hacer lo que hice, fui yo.

– Esa mujer te metio los demonios en el cuerpo, es una resentida, una envidiosa, que siempre te odio, ?o crees que sentia simpatia por ti, que representabas todo lo que ella combatia? -insistio dona Elena.

– No la culpo por ello -respondio Amelia.

Laura me miro y pidio a su madre que cambiara de conversacion. Dona Elena acepto a reganadientes.

– No he preguntado por la prima Melita, ?donde esta?

– Tu prima mayor se ha casado. No estabas aqui y por tanto no lo sabias.

– ?Con quien?

– Con Rodrigo, ?te acuerdas? Es un buen chico, la guerra le pillo en el bando nacional.

– Pero ?cuando se casaron?

– Al poco de comenzar la guerra. Se fueron a vivir a Burgos, de donde es el. Tiene tierras y una farmacia. Les ira bien.

– ?Y como dices que se llama el marido de mi prima?

– Rodrigo Losada.

– ?Tienen hijos?

– Si, una nina.

– No le habran puesto Amelia, ya seriamos demasiadas…

– La han llamado Isabel, como la madre de su marido. Aun no la conocemos, tiene un ano -explico Laura.

– Bien, y ahora, ?que piensas hacer tu? -quiso saber dona Elena.

– No lo se, todo lo que ha pasado es tan horrible… No podia imaginar que mis padres habian muerto, ni nada de lo que me habeis contado.

– Hemos vivido una guerra -contesto dona Elena, malhumorada.

– Lo se, tia, y entiendo tu estado de animo. No creas que no me siento culpable por no haber estado aqui y haber compartido con vosotros todas las desgracias. Nunca me perdonare que mi madre haya muerto y no haber hecho nada por evitar que fusilaran a mi padre. Me hare cargo de Antonietta; iremos a vivir a casa, supongo que seguira siendo nuestra, ?no?

– ?Crees que puedes hacerte responsable de tu hermana? Pues yo creo que no. Antonietta necesita cuidados, una atencion permanente que no creo que tu puedas darle. -Dona Elena se mostraba dura como el acero.

– Trabajare para sacar adelante a mi hermana, es lo que mis padres hubiesen querido.

– No, Amelia, no, tu madre me hizo jurar que cuidaria de Antonietta y que viviria aqui con nosotros. Se lo jure

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