– ?Y cuando me toca enterarme?
– ?Y a mi que me cuentas?
– Se supone que se trata de alguna figura siniestra, todo el mundo anda en busca de relaciones que vinculen lo que sea con los terroristas, hay una secretaria que va por ahi segun le viene en gana, que resulta que ha conocido al tipo, que al parecer tiene todavia trato con el, que tiene una fotografia en la cocina de su casa. Podria ser importante, Frank.
– No, para mi no podria serlo.
– Ni siquiera sabes a que se dedica ese… amigo tuyo.
– No lo se, en efecto.
– Y no lo quieres saber.
– Cuanta razon tienes, Lyle.
– Pero haga lo que haga, lo hace en Langley, Virginia.
– Joder, que zopenco eres.
– Dilo, Frank.
– Mira, o lo sabes, o no lo sabes. Si no lo sabes, a ver si lo adivinas.
– Quiero oirtelo decir.
– Prueba a adivinarlo.
– Venga, dilo de una vez.
– Te voy a colgar -dijo McKechnie.
– Dimelo en voz baja, al oido.
– Voy a colgar el telefono, pedazo de alcornoque.
10
La carne de Rosemary, sus amplisimos muslos, el tacto helador de su cuerpo, eran las preocupaciones de su desapego de todo vinculo comun. Una vez se quedaba desnuda, raramente decia ni palabra. La agarraba, la mordia, le dejaba rastros de saliva por todas partes. La respiracion de ella era lechosa. Lo unico que le interesaba era el sexo mas vulgar y corriente. Adecuado, penso el. Perfectamente aceptable. ?Por que no? Ella lo agarraba por el cuello. Sus carnes lo obsesionaban, igual que su color, su tacto, los sutiles olores que despedia. Casi podria haber sido una nina drogada. Quiso aranarle la piel, dejarle las marcas de los dientes, moratones, cardenales, azotandola y aranandola sucesivamente. No era la actitud habitual en las tardes derrochadas. Queria meter la boca dentro de la de ella, rugir.
– Es que paso ya de todo eso. Ni se me ocurre. Lo unico que me apetece es dejarlo que caiga por su propio peso. ?No te parece que todo ei mundo, o casi todo el mundo, tiene ese mismo sentimiento sobre su trabajo, sobre el trabajo al que han dedicado todos esos anos?
Ademas, es demencial. Todo es demencial. En el fondo, ?hay algo que no lo sea?
Ella nunca le dejaba que fuese el quien la desnudase. Se metia en el cuarto de bano y salia a los diez minutos, aun a disgusto, aunque no con su desnudez, le parecia a el, sino con la manera en que caminaba descalza, como si de algun modo caminara cuesta abajo, con pesadez y cautela. Apenas daba muestra del grado de deseo que su propio cuerpo debiera, o no, haber suscitado en ella.
– Quizas haya algunas personas a las que te pueda presentar.
– Claro, lo se.
– Me estaba preguntando… -dijo ella-. ?El coche?
– Claro, lo recuerdo perfectamente.
– El que algunas veces me recoge al terminar el trabajo.
– Por supuestisimo, ?quienes, sino ellos?
– Siempre y cuando a ti te apetezca.
– Pues claro, como no, ?para que he venido?
Sus muslos distorsionaban el perfil de su cuerpo. No eran muslos de alguien que pusiera ningun empeno, por mas que le extranase. Dificiles de ver en alguien que llevaba un vestido, aunque reconfortantes por el hecho de haber confundido todas sus expectativas. El se apretaba contra ella de continuo, con todo el cuerpo, con una voraz hambre de su carne, las manos masajeandola con fuerza en un amasijo de tenue descoloracion. Ella jamas se acercaba ni de lejos al orgasmo. El lo aceptaba no como una deficiencia que debiera remediar (como suele interpretarse a menudo la cuestion) empleando su paciencia y su destreza, la experiencia del mecanico de la cama, ni tampoco como un agotamiento mas profundo, un defecto del espiritu. Era lisa y llanamente parte de la dinamica conjunta de los dos, la condicion de su estar juntos, y el no tenia la menor intencion de alterar los elementos del embrujo. Ni siquiera deseaba que fuesen de otra forma. Lo de menos era que clase de sexo fuera el sexo. Lo consabido que impregnaba sus encuentros suplia con creces lo que el deseaba del erotismo y hacia del «uno» o del «otro» una cuestion de semantica recondita. El la agarraba con fiereza. Nunca hubo ningun momento en el que el se condujera hasta mas alla de una determinada etapa, en que preparase los prolegomenos de la culminacion. Era todo demasiado desordenado, los momentos de intensidad vagamente previstos. El se corria de un modo inesperado, sin cobrar conciencia apenas, sintiendose a la vez delincuente e ingenuo.
Se va ahora al cuarto de bano, penso. Se sostiene los pechos con ambas manos y se admira en el espejo de cuerpo entero. Esta sonrosada, realizada, plena. Entran dos doncellas para prepararle un bano perfumado. En la cama, de nogal labrado, penso, su amante se reclina sobre una montana de sedosos almohadones, rememorando como gemia ella de placer.
DOS
1
Ella introdujo el coche en un callejon sin salida. Era domingo, todo estaba en calma a media tarde. Lyle miro por la ventanilla con aire sonador, el brazo colgando por fuera, un surfista que regresa tras pasar el dia entero en la playa. La mujer aparco el coche, apago la llave de contacto, siguio sentada. Lyle aguardo. Solo estaba pavimentada una de las dos aceras. La casa era de madera gris, de dos plantas, con matorrales a la entrada, un unico arbol. Ella emitio un ruidito de irritacion rutinaria al encorvarse para salir del coche. Miro a Lyle, que no habia hecho ademan de localizar la manilla de la puerta.
– Se me han olvidado los Cheerios -dijo ella-. Eso precipitara una pequena crisis por la manana. ?Esta bien dicho, «precipitara»?
– Eso creo -dijo el-. Puede que no del todo.
Ella alcanzo las bolsas de comestibles.
– ?Entro ahora? -dijo el-.
– No, mejor que vengas dentro. Si, ahora mismo. Creo que de eso se trata.
Oyeron musica de piano procedente de la parte posterior de la casa, un tocadiscos al parecer, desde la ultima planta. La mujer, al reaccionar al sonido, encendio la radio. Hizo a Lyle un gesto y este se acomodo en un sillon de inmensos brazos laminados. La mujer, Marina Vilar, estaba tras la mesa sobre la que se encontraba la radio, buscando en la parte superior del aparato el dial. Por la ventana, a sus espaldas, Lyle alcanzo a ver parte de un puente, fuera el de Whitestone, fuera el de Throgs Neck. Sabia que no estaban lejos de la frontera del condado de Nassau, pero no llegaba a recordar en ese momento cual de los dos puentes estaba situado mas al este. La mujer encontro lo que buscaba, una emisora en la que un locutor largaba a toda velocidad entre cancion y cancion, y subio
