el volumen con satisfaccion adusta, mirando directamente a lo alto de la escalera. Marina era rechoncha, poco menos que carente de formas, vestia lo que podrian pasar por ropas de segunda mano. Su rostro era en cambio de rasgos precisos, de huesos poderosos, un residuo de la campesina de los pintores del realismo socialista, cejas amplias, sombras. Llevaba el pelo con raya al medio, recogido sobre las orejas. Sus ojos se concentraban intensamente en lo que mirase, no renunciaban con facilidad a su reafirmacion personal. Creia en una cosa, le parecio a el, que excluia todo lo demas. Aunque por el momento no habia llegado a saber que fuera esa cosa, estaba seguro de que ella la habia dotado de una especialisima pureza, de una luz salvaje y noble.

– No conocio usted a mi hermano, y es una desgracia. Solo a Rosemary, ?no es asi? Mi hermano fabrico los cohetes en Tempelhof. Lo planifico todo hasta el ultimo detalle.

– No se si me acuerdo.

– Alcanzaron a un avion que no correspondia. Alcanzaron al DC-9. Fueron completamente estupidos. Uno lo planea todo hasta el mayor de los detalles, con un grado absoluto de precision, ?y que sucede?

– Que van y estallan al dar contra el avion que no correspondia -dijo el.

El sitio estaba lleno de muebles de madera clara, de segunda mano, de los que se encuentran en las salas de recreo o en los pisos de realojamiento. Todo tenia una veta quimica. Marina guardo los comestibles e hizo algunas llamadas telefonicas, sin tomarse la molestia de bajar el volumen de la radio. En el transcurso de la tercera llamada bajo por las escaleras J. Kinnear. Se desplazaba deprisa, con los pies bien separados, y bajo los ultimos peldanos con una carrerilla ritmica. Metro sesenta, metro sesenta y tantos, calculo Lyle, identificando de ese modo a otro sospechoso mas para el detective de turno. Camisa de cuadros, pantalones marrones, mocasines marrones, mas avejentado de lo que a primera vista parecia.

– Hola. Soy J. Encantado. Lo que te apetece es un cambio, ?se trata de eso?

Sonrio y estrecho la mano de Lyle con un medio guino, y se sento sobre una pila de listines telefonicos, algo inclinado hacia delante, abrazado a las rodillas con ambas manos. Su postura daba a entender que eran ambos companeros en la misma fe cuyos caminos hubieran divergido solo por causa de fuerza mayor, debido a espantosas circunstancias. Por si fuera poco, estaba ansioso por conocer la historia entera. No carecia de humor el modo en que Kinnear organizaba esa actitud de intimidad aduladora. Se hallaba a cierta distancia, aunque no de un modo destinado a enganar a nadie. Habia bajado las manos hasta los tobillos, que se rascaba con aire ausente. Marina apago la radio e hizo aun otra llamada telefonica. La estancia vibraba mientras los dos hombres aguardaban a que ella hablase, antes de reanudar su propia conversacion. Kinnear tenia una mirada que no llegaba a penetrar en su objetivo. SI existiera algo asi como el hecho de sentirse mirado, pero de un modo evasivo, Lyle entendio que era eso lo que estaba experimentando. Cabello castano herrumbroso. Restos de abundantes pecas. Arrugas en torno a los ojos y en las comisuras de la boca.

– Un hombre del mismisimo parque.

– Del parque de los parques.

– Encantado, estoy encantado.

– ?Y ahora que pasa?

Kinnear se echo a reir. Dijo que habia hecho recientemente abundantes viajes a la costa. Dijo que las cosas empezaban a ponerse interesantes. Lyle dedujo que no le correspondia formular preguntas. Hacia calor en la estancia. Le entraron ganas de echarse a dormir. No atinaba a entender por que no estaba mas alerta, mas interesado. Desde el comienzo, cuando Marina Vilar lo recogio delante de una libreria de la Cuarta Avenida y tomo una ruta que distaba mucho de ser la mas corta al Mid-town Tunnel, Lyle no logro sentirse del todo implicado en nada. De algun modo, las cosas sucedian a su alrededor; el se deslizaba a traves de las cosas. Una obra teatral. Esa era en cierto modo la sensacion. A menudo reconocia aburrirse en el teatro (aunque eso nunca le pasaba en el cine), incluso cuando sabia, veia con sus propios ojos, oia y entendia que la obra y el montaje eran excepcionales, que merecian toda su atencion. Esa clase de sopor lo generaban los cuerpos tridimensionales, el espacio real, por oposicion a la profundidad manipulada del cine. Asi pues, quizas le llevase un rato captar del todo las cosas en esa situacion, soltar un par de sacudidas, aguantar un par de verdugones. Entretanto, ella lo habia llevado a hacer la compra. El la siguio por los pasillos de un pequeno supermercado en Bayside.

– Lo curioso -dijo a Kinnear- es la pequena reversion que aqui se produce. Yo no soy un obrero. Soy un intruso. Ese era el sueno secreto del trabajador por cuenta ajena que no se mancha las manos ni se gana el pan con el sudor de su frente, sino de otro modo. Hacer una llamada desde un telefono publico en plena noche. Llamar a alguna instancia del gobierno, a algun departamento oficial, eso es, del Estado. «Tengo informacion sobre tal y cual.» Mejor aun, recibir una visita, que vengan ellos a verte. «Tal vez tenga usted la posibilidad de entregar un documento microfilmado, senor, cuando haga una visita a tal o cual parte», si es que es asi como hacen las cosas. «Tal vez pueda usted convertirse en gancho para nuevos afiliados, con nomina a nuestro cargo, senor.» Imaginate que molon podria ser un asunto asi para el hombre de negocios o el profesor, fieles los dos hasta la medula. Que increible emocion nocturna. El atractivo de los laberintos, de los entresijos de la tecnologia avanzada. La sugestion de la doble vida. «Fantastico, apunteme ahora mismo, estoy mas que dispuesto.» «Pero claro esta, senor, que no podra decir nada a nadie al respecto, ni siquiera a sus seres mas queridos, mas cercanos.» «Me encanta, me encanta, firmare ahora mismo.» En cambio, ?que es lo que esta pasando aqui, J…? Ahi esta el busilis. Tienes a un tipo como George Sedbauer, por poner un solo ejemplo de lo que trato de explicar, y, digo yo, ?en que andaba metido el viejo George, un trabajador por cuenta ajena, limpio de polvo y paja, como el viejo George? Andaba por ahi trabando relacion con los radicales mas salvajes, con los arroja-bombas. Andaba haciendo negocietes con los del otro bando. Un trabajador que no se ganaba el pan con el sudor de su frente, ojo. ?Que fue, me digo, del buro, del servicio, de la agencia?

La sonrisa de Kinnear se vacio del todo a medida que hablaba Lyle. Ceso la musica de piano. No es que cambiara de expresion: meramente vacio su sonrisa y dejo tan solo una ondulacion de la piel en su lugar. La mujer paso entre ambos y subio por ?as escaleras. Hubo una pausa. Aguardaron a que menguasen los efectos de su presencia, la simple distraccion de su cuerpo en transito.

– Nuestra factura de telefono es irreal. Y no tenemos ni dos chavos que frotar uno con otro.

– Pero que alguien como Sedbauer estuviera involucrado con unos terroristas, con chalados de tomo y lomo desde el punto de vista del mundo normal, ?que fe hace pensar, J.?

– Quiero ensenarte una cosa. Sera como tu iniciacion en el laberinto del que hablabas antes. Tengo la estupida idea de que una vez hayas visto lo que te voy a ensenar, estaras dentro de lleno. Es una idea casi mistica, lo se.

Kinnear se encamino al sotano. Habia una puerta pasada la caldera. Abrio el pestillo y entro en esa habitacion recondita. Lyle lo vio levantar un lienzo manchado de pintura de una mesa de gran tamano. Sobre la mesa, y tambien debajo, habia un alijo de armas. Kinnear se sacudio el polvo de las manos, manteniendolas bien separadas del cuerpo.

– No se cuanta municion de ametralladora hay ahi en total.

Se cepillo la pernera de los pantalones, concentrandose en quitar hasta el ultimo rastro de polvo, y entonces tomo la palabra un poco antes de volverse hacia Lyle desde el otro lado de la mesa.

– Es ironico, pero por el momento no disponemos de ametralladoras. Si tenemos las recortadas de costumbre, rifles de caza, pistolas. Algunos chalecos antibaias. Hay porras y cascos antidisturbios. Explosivos y componentes para la fabricacion de explosivos de distintas clases, por ejemplo, Pento-Mex, nitrato de amonio, otros derivados de la polvora, compuestos. Ah, y tambien un despertador, adivina para que. Hay dianas silueteadas para entrenamientos, hay cartuchos y cargadores, hay balas trazadoras, abundantes pilas de nueve voltios. No se cuantas latas de spray antiagresiones y de gases lacrimogenos.

A partir de ese punto, bajo la luz escueta, parecio dispuesto a acoger de buen grado una o dos preguntas a lo sumo, ladeada la cabeza, con un punto de seriedad y de expectativa en su apostura, como si en general aun marcase las distancias. Tenia las manos metidas en los bolsillos del pantalon, los pulgares a la vista.

– ?No habria que tener mejor escondido todo este arsenal?

– No existe razon alguna para que nadie sospeche que esta casa se sale de lo corriente.

– Y si alguien viene a arreglar la caldera…

– Yo bajo con el.

– Por otra parte, ensenas todo esto con demasiadas libertades, ?no te parece? ?Que es lo que sabes de mi, J.?

– Eso es lo mismo que diria ella. O su hermano. Yo en cambio opero a niveles basicos, realmente viscerales. El terror es purificador. Cuando uno emprende la liberacion de una sociedad para purgarla de todos sus elementos

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