corriente electrica que auna los dineros, lo digo en plural, del mundo entero. Esa es la mayor de sus fuerzas, ni lo dudes.

– ?Y que piensa Kinnear de todo esto?

– Ellos tienen el dinero, nosotros el poder de destruccion. ?Que?

– J. ?Que piensa J. de todo esto?

Ella volvio a concentrarse en el periodico. Lyle sospecho que era importante hacer preguntas que no la decepcionasen. Quizas ahi hubiese errado el tiro. Kinnear estaba en la ventana, encima de ellos, con un telefono en la mano.

– Si lo hubiera sabido con antelacion, le habria parecido atractivo. No la bomba en si. El pensamiento subyacente. Se habria sentado a discutirlo hasta la saciedad. J. es pura teoria. Esta a la espera de que los instrumentos de represion mundial salten hechos pedazos por si solos. Es algo que sucedera misticamente, envuelto en una luz rosacea. La gente dara un paso al frente y asunto concluido. Una de las maneras de traicionar la revolucion es adelantar teorias al respecto. Nosotros no solo fabricamos doctrinas, mi hermano y yo. Estamos aqui para destruir. Cuando dinamitamos aquello de Bruselas, en la embajada, fue una maravilla, porque actuamos como tecnicos que terminan una operacion. Visto y no visto. El trabajo mas limpio que se pueda imaginar. La teoria es una diversion afeminada. Su proposito es incrementar el amor propio de los propios teoricos. La unica doctrina que vale la pena es la demencia calculada al milimetro.

– Imposible que nadie se anticipe a ella.

– ?Esta permitido decir «los dineros», en plural?

– Por supuestisimo -dijo el.

A primera hora de la noche ella lo llevo en el coche a una estacion de metro. Tuvo una larga conversacion interior consigo mismo. Una de las voces era la de Lyle en calidad de antiguo astronauta que habia llegado a pisar la luna. La otra era la de Lyle en calidad de mujer, que entrevistaba al astronauta en un estudio de television. La mascara del astronauta hablaba de un modo conmovedor acerca de la levedad, que calificaba de forma poetica de la ansiedad y el aislamiento. En algun rincon de la cabeza original de Lyle, la entrevistadora sonrio antes de carraspear. Pasaron por delante de casas y mas casas. Y llegaron a Main Street, en Flushing.

– Rosemary no sabe que yo soy Vilar. Piensa que me llamo Marina Ramirez.

– Vale, entendido.

– Pero tu sabes que soy Vilar.

– Asi es.

La mascara de la mujer hizo preguntas acerca de las formas y ios colores, la soledad entre las estrellas. «Pisaremos alguna vez el planeta rojo», dijo. Hubo que esperar a que cambiasen los semaforos. La conversacion se fue apagando. Se sintio idiota por haberla mantenido. Marina lo miraba a la vez que detenia el coche tras algunos otros.

– Aun nos queda por delante el intento de atacar en Wall, 11.

El no reacciono.

– Hay que hacerlo anicos en la medida en que podamos, antes de que decidan cerrar el edificio por sus propias razones. Ya se ve que se avecina una gran descentralizacion. ?Es una reaccion al terror imperante? Me divierte pensar que tienen un plan maestro para eliminar los blancos mas destacados. Se pondran a cubierto. O se electrizaran por completo. Nada mas que olas y corrientes que se hablan unas con otras. Espiritus. Asi, lo suyo seria atacar y destrozar en la mayor medida posible.

– De ahi vuestro interes en un segundo George.

– Con un George todo es mas facil.

– Ya me lo parecia.

– ?No lo crees?

– Desde luego que si.

– Claro esta que un George no lo resuelve todo -dijo ella-. Tambien nos hace falta un Vilar. Alguien capaz de manejar explosivos incluso dormido.

Lyle bajo del coche y automaticamente se reviso los bolsillos para comprobar que llevaba las llaves, monedas sueltas, la cartera, el tabaco. La vio avanzar palmo a palmo en medio del trafico, que no era demasiado denso. Habian puesto matriculas de Ohio en el coche.

Se paso lo que restaba de la tarde y la primera hora de la noche en el distrito. Estaba brumoso, el aire espeso, incluso a la orilla del rio. Dos hombres hicieron caso omiso de un tercero, amigo de ambos, que orinaba; los dos peleaban a camara lenta cerca de la cupula de la cancha de tenis, a la entrada de Wall Street; uno de los dos intentaba alcanzar una botella que el otro llevaba en el bolsillo de atras. Lyle doblo una esquina y camino despacio hacia el oeste. Sabia que la falta de actividad era enganosa, a juzgar por la hora del dia y el dia de la semana; un alivio meramente ilusorio, un descanso del trajin de la ingenieria depredadora. Dentro de algunos de los cubos de granito, o de una torre de cromo, aqui y alla, la gente clasificaba dinero de diversos tipos, millones capaces de aturdir a cualquiera, propulsados por las maquinas, escaneado, codificado, archivado, limpio, envuelto y embalado en camiones, todo ello en medio de un estrepito de alta velocidad, ese desgarro sonoro e intrinseco a cualquier actividad proxima a la fecha limite. Habia visto las salas donde se procedia a la codificacion, el microfilmado de cheques, el desplazamiento del dinero, que se encogia al moverse y comenzaba a eludir todo intento de visualizacion, el paso de la existencia en papel a las secuencias electronicas, su significado mas complejo a cada nuevo paso, mas dificil de nombrar. La totalidad del proceso era una condensacion, un despojamiento de las propiedades accidentales del dinero, del tacto mismo del dinero. Habia vuelto a South Street sin saber bien como. Ahora los tres hombres se habian enzarzado en la pelea, caminaban hacia atras trazando circulos como gallos de pelea, como si la botella estuviera en el centro. Sus agarrones y embestidas eran mas lentas que antes, una pelicula de punetazos y fintas y gestos esquivos mal sincronizados, y murmuraban y maldecian a la vez, sujetos a duras penas unos a otros. Lo que quedaba, penso, a duras penas podria identificarse como dinero (en si mismo, en sus formas normales, una compresion de la valia propia). El proceso si restaba intacto, las olas y las cargas de Marina, una presencia ajena a la muerte. Lyle penso en su propio dinero no como un medio de intercambio, sino como algo que debiera consignarse a un almacenamiento de datos, algo registrable solo mediante destellos magneticos. El dinero era la inmunidad espiritual frente a una perdida futura y no susceptible de especificar. Existia en su propia mente en su forma mas pura: mi dinero, una fuente reforzada de meditacion. Vio a una mujer pasar de un telefono a otro en una serie de cabinas abiertas, ante un edificio de oficinas, cerca del Mercado del Algodon. Esa vision del dinero, le parecio, distaba de ser la mas sana. El secreteo, el afan de posesion, la racionalidad prenada de cancer. La mujer, que no depositaba monedas en las ranuras, levantaba el telefono del gancho de sujecion, vociferaba y lo dejaba descolgado. Tras hacerlo en todos y cada uno de los telefonos, hasta el sexto y ultimo de la hilera, que lanzo con gesto feroz, vio acercarse a Lyle y le sonrio, resquebrajandose su piel tersa. Cuando el le devolvio la sonrisa, pestaneo a su pesar.

– Chupeme el ojete, senor -le dijo ella.

El se detuvo y la vio alejarse cojeando por la calle. Tomo uno de los telefonos descolgados y llamo a Rosemary Moore. Lo dejo que sonara sin cesar.

2

Pammy, con los pechos desnudos en la terraza, de madera de secuoya, vio a Ethan remar hacia la orilla, la luz variable entre ambos, opalos de fuego y bronce de coniferas, una sombra ajedrezada desde la casa hasta la orilla, el mediodia azul alla detras. Se sento en un banco mientras Jack Law le cortaba el cabello. La casa era toda de cristal y de laminas de cedro, construida en vertical, sus superficies reflectantes adensadas por los arboles. Jack murmuraba instrucciones para sus adentros, aligerandole una zona tras la oreja izquierda. Ella miraba al oeste, hacia las colinas silueteadas del continente.

– ?En que andas ahi detras?

– Tu querias dramatismo, ?no? Un cambio drastico. Pues no me interrumpas.

– ?Que haremos para almorzar?

– Eso es todo io que hacemos aqui. Planeamos los almuerzos con tiempo de sobra, los planeamos largo y tendido, sin dejar de tener presente el asunto de las verduras frescas, la langosta fresca, los huevos frescos de

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