– La botella es la diana -dijo Lyle-. Me lo repito como recordatorio. Ademas, me sosiega.
– Pronto hablaremos.
– Voy a bajar, ?es eso?
– Si.
– Y a caminar.
– Primero un paso, luego otro.
– A lo mejor podrias dejarme en Canal Street, si vas en aquella direccion, o en cualquier punto cercano a la parte baja de Broadway.
– Es mejor aqui mismo.
– O en Chinatown -dijo el-. A lo mejor hace tiempo que no vas por alli. Es una parte interesante de la ciudad.
Cuando llego a casa, vacio el contenido de sus bolsillos sobre la comoda. La cartera, las llaves, el boligrafo, el cuaderno de notas. Las fichas de transporte a la derecha de la comoda, los centavos a la izquierda. Se comio un bocadillo y salio con una copa al terrado. En una de las mesas estaban sentadas cuatro personas de avanzada edad. Lyle se acerco al pretil. El ruido de las calles llegaba incierto, asordinado, una densidad subacuatica. Los aparatos de aire acondicionado, los autobuses, los taxis. Mas alla de eso, algo indiscernible: el tono sin connotaciones que parecia emanar de las calles mismas, que estaba presente incluso aunque no hubiese trafico, en los amaneceres mas callados. Era una perturbacion innata, de baja frecuencia, en la materia misma de la ciudad fisica, un rugido espectral. Sostuvo la copa mas alla del murete. Los demas habian guardado silencio desde que llego. Dejo caer la copa con la mano derecha para cazarla con la izquierda. Hubo una fraccion de segundo en la que ninguna de las dos manos rozo siquiera el cristal. Resolvio hacerlo cinco veces mas, extendiendo la distancia entre las manos un poco mas a cada vez, antes de bajar a su piso.
Estaba en la cama cuando llamo Kinnear.
– Tendra que ser breve, Lyle.
– Estoy despierto, pero por los pelos.
– ?En que situacion estas?
– Marina esta mas o menos decidida a localizarte. No creo que por ahora tenga ni idea de donde puedes estar, al menos que yo sepa. Sigue con ganas de hacer lo de la Bolsa.
– ?En que situacion estas, en dolares y centavos?
– ?Andas necesitado?
– Me anticipo.
– ?Cuanto necesitas?
– No lo se con certeza. Hay diversas variables. Solo queria precisar si estarias dispuesto a ayudarme y secundarme.
– ?Te parece oportuno que retire una cantidad y que espere a saber de ti?
– Retira mil quinientos ahora, buena idea, en caso de que todo esto se materialice durante el fin de semana, lo cual podria entranar problemas para conseguir fondos.
– ?En dolares americanos?
– Buena pregunta.
– Hay una oficina de cambio cerca de mi banco.
– No, que sea en dolares americanos.
– ?Podras cambiarlos con facilidad?
– En dolares americanos esta bien, Lyle.
– ?Y dices que tienes mucha prisa?
– Fijate cuanta. Adios.
Al dia siguiente, a Lyle lo llamaron por megafonia cuando estaba en el parque y le hicieron entrega de un telegrama enviado desde la localidad, con tres palabras -nueve uno cinco- y el nombre del remitente, DESINFO.
Al dia siguiente al dia en que recibio el telegrama experimento lo que en principio se le antojo una especie de variante del
– ?Cuanto tiempo lleva haciendo esto -pregunto Lyle-, sujetando el cartel?
El hombre se volvio para ver quien lo interpelaba.
– Dieciocho anos.
Le corria el sudor por las sienes, por el palido perfil de su piel sonrojada. Gastaba traje, pero sin corbata. La vida que hubiera en su mirada se habia disuelto. Se habia aduenado de su propio espacio, un mundo en el que las personas eran bajorrelieves labrados en la roca. Le temblo un poco la mano derecha. Le hacia falta un buen corte de pelo.
– ?Donde, aqui mismo?
– No, antes no estaba aqui.
– ?Donde estaba antes?
– En la Casa Blanca.
– ?En Washington?
– Me obligaron a largarme.
– ?Quienes le obligaron?
– Haldeman y Ehrlichman.
– No le permitian plantarse ante la verja.
– Los bancos dieron aviso.
Lyle no estuvo seguro de por que hizo esa pausa, por que se paro a hablar con el hombre. A lo lejos percibia una estrategia. Tai vez quisiera fastidiar a Burks, quien obviamente esperaba para conversar con el. Desdenar a Burks para conversar con un teorico enemigo del Estado fue algo que le agrado. Entro en su campo visual otro hombre, un tipo de mediana edad, fornido, con el traje algo grande, unas gafas incongruentes, modernas, como de diseno. Lyle se volvio y se fijo en que Burks ya no estaba.
– ?Por que sostiene el cartel sobre la cabeza?
– La gente de hoy en dia.
– Quieren quedarse perplejos.
– Justamente.
Lyle no sabia que hacer a continuacion. Mejor esperar a que uno de los otros diera el primer paso. Retrocedio para estudiar la parte delantera del cartel, que nunca se habia parado a leer hasta ese instante.
Historia reciente de los obreros del mundo
