cuestion que me gustaria plantear.

– ?De que se trata?

– ?Sera que la vida es asi de simple?

– Que bonito.

– Uno hace lo que buenamente puede.

– No, de veras, muy bonito. Me gusta.

– Muy bien, Lyle.

– ?Que me puedes decir de Vilar?

– Puedo decirte que por mi como si te pones a comer mierda pinchada en un palo -dijo Burks.

En el fondo, otro chico de Fordham o de Marquette. Estudios de lenguas y de historia. Deportes de interior. Reverencia a los jesuitas por su sofisticacion, por su habilidad analitica. Votaria por los moderados de cualquier partido. Sabe como estrangular a un pastor aleman con las cuentas de un rosario.

Lyle camino a traves del centro, hacia zonas mas bulliciosas. Empezaba a anochecer. Se hizo a un lado para no chocar con algunas personas que bajaban de un autobus. Una de ellas tuvo un contacto momentaneo con el, y extendio el brazo para evitar la colision, un hombre de bigote y cabello crespo, que murmuro algo indescifrable. Tenia la cabeza grande, cuadradota. Quita de en medio, tio. Lyle busco un telefono publico sin dejar de caminar. Empezo a llover con fuerza y las calles fueron quedando desiertas poco a poco. No vayas a ponerle la mano encima a un tipo decente. Encontro un bar, pidio una copa, fue a la cabina telefonica del fondo. Contesto una de las hijas de McKechnie, le dijo que iba a buscar a su padre.

– ?Y ese amigo tuyo?

– ?Que pasa con el?

– Burks -dijo Lyle-. ?Es asi como se llama?

– No.

– Vuelve a llamarle, Frank, y enterate de si sabe quien es el tal Burks.

– Ya lo llame.

– Vamos, puedes hacerlo por mi.

– Yo ya lo llame. Asunto zanjado.

– Llamale. Luego te vuelvo a llamar yo.

– Claro, tu vuelve a llamar.

– Te llamo en un cuarto de hora.

– Fijo, Lyle. Cuando quieras.

Volvio a la barra y se bebio la copa a sorbos. Cerca habia un hombre con muletas, poco menos que un despojo, al parecer. El sitio era una porqueria. Dos mujeres de edad estaban sentadas en el rincon mas alejado de la barra. Compartian un cigarrillo. Lyle se termino la copa. Era demasiado pronto para llamar de nuevo a McKechnie. Pidio otro whisky y volvio al telefono para llamar a J. Kinnear, y comprendio, con gran sorpresa, que no disponia de ninguna forma de ponerse en contacto con Kinnear. El telefono estaria obviamente a nombre de otro, y Lyle nunca habia pensado en verificar el numero del telefono de la casa de madera, en Queens. Rematadamente idiota. Cuando volvio a la barra vio que alguien pasaba por delante de la puerta, alguien presuroso, bajo la lluvia, un hombre que se cubria la cabeza con un periodico. Solo fue un atisbo. Minimo atisbo del bigote del hombre. Poco despues entro una mujer y saludo al hombre de las muletas, preguntandole que habia ocurrido.

– Me atropello un conductor experto.

– ?Le has puesto pleito?

– ?Que pleito? -dijo-. Yo estaba junto al bordillo.

– Podrias sacarle un dinero, Mikey. Es lo que hace todo el mundo. Podrias sacar una tajadita bien guapa.

– Fue como si viese a los querubines.

O a un licenciado en Economicas, penso. Titulado por una de las diez grandes. Cabeza cuadrada, cabello crespo. Autor de un estudio sobre las regulaciones comerciales en la Europa del Este. Hace flexiones apoyandose en los nudillos de las manos.

Lyle recorrio Nassau Street. El distrito era un sector cerrado. Bajo las sucesivas laminas de la lluvia lo vio de ese modo por vez primera. Era una zona sellada, estanca, ajena al resto de la ciudad, como si la propia ciudad obedeciera a un plan para disimular lo que se extendia a su alrededor, la tosca aceptacion de la campina de una podredumbre nada ceremoniosa. El distrito crecia reiteradamente hacia dentro, cada vez mas secreto, una teologia oculta del dinero, extendiendose hacia lo mas profundo, por sus propios marmoles veteados. Los directores de las unidades acumulaban e incrementaban sus reservas. Los ingenieros daban champu a las camaras acorazadas. En la cripta mas recondita podria oirse la amplitud del pulso de la historia, un sistema y un rito que sobrepasara las evidencias halladas por medios sensoriales. Salio de un porta! y detuvo el primer taxi libre que le salio al paso, sintiendose de nuevo inteligente.

Ya en casa tuvo noticias de Kinnear casi de inmediato. Cogio el telefono de pie, concentrandose a fondo, decidido a entender lo que se ventilaba, las implicaciones, los matices, las sombras, cualquier leve sutileza que pudiera contenerse en la modulacion de la voz de J.

– No estoy donde suelo.

– Ya.

– Estare flotante… yo diria que indefinidamente.

– Antes de eso, una cosa que ha pasado. Hable con Burks, por si te suena el nombre. Me pregunto por ti.

– No es de extranar.

– ?Tu sabes quien es?

– Quizas haya hablado con el por telefono. Hable con varios de ellos, no me dieron nombres. Solo disponia de un numero al que llamar. Hablamos exclusivamente por telefono.

– Le dije todo lo que se.

– Pues la verdad, Lyle, es que eso ha sido muy inteligente por tu parte.

– Crei que deberias estar avisado.

– Soy una de esas personas acerca de las que habras leido mas de una vez, una de esas personas a las que de continuo se describe diciendo que «desaparecen» o «reaparecen». Por ejemplo, «reaparecio en Bogota cuatro anos despues». Ahora mismo se impone la primera situacion.

Lyle trato de imaginar a Kinnear en algun local concreto, un aeropuerto (pero no habia voces de fondo, voces amplificadas) o una casa en un lugar remoto (donde, en que habitacion), en un paisaje bien definido. Pero en todo momento era una voz, nada mas, un zumbido y una vibracion que llegaban desde ningun sitio en particular.

– Le pregunte por Vilar -dijo Lyle-. Se nego de plano a decirme nada.

– Es logico.

– No les caigo bien.

– Bueno, yo he hablado con ellos. Hablamos de esto y de lo otro.

– Y salio a relucir mi nombre.

– Estuve muy selectivo. Eso forma parte del atractivo de todo el experimento, al menos desde mi punto de vista. Fue interesante, mucho. Solo les dije determinadas cosas. Son todo un grupo, son muy… adaptables, supongo que esa es la palabra.

– Conocen mi historia reciente.

– Conocen tu historia reciente.

– Y no me contactaron con anterioridad porque ya tenian a alguien dentro.

– Ahora que he cortado todas las conexiones, Lyle, empiezan a tener un gran interes por ti. Eres el unico medio que les queda de entrar en ese pequeno seminario del terror.

– ?No podrian entrar sin mas, apoderarse de las armas, detener a quien sea solo por eso, aunque no haya mas motivo?

– Alli no encontraran nada mas que las armas. Yo era el unico que pasaba algun tiempo digno de mencion en esa casa. No habra nadie mas, ni ahora ni mas adelante.

– Pense que Marina…

– Marina estuvo alli puede que media docena de veces. Nunca estuvo mas de dos horas.

– ?Por que se te ocurre viajar ahora, J.?

– Se me empezaban a caer encima las paredes, tio. El elemento en el que piensas al pensar en Marina estaba claramente al tanto de que la informacion habia empezado a gotear. El elemento en el que piensas al pensar en

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