hueco por rellenar. Apagar la television le causaba un desgarro tremendo. Estaba alli mismo, era parte de la implosion de la luz. La habitacion que ocupaba le resulto por un momento desconocida. Tuvo que aprenderlo todo de nuevo. Pero no fue tan terrible como suponia. Solo una depresion rutinaria, que se apaciguo en el hasta que, al cabo de una hora, se quedo dormido.

4

Rosemary estaba sentada ante su mesa clasificando el correo. Ese entorno habia dejado de tener sentido. El la habia visto en camison, en bragas, desnuda. Se plantaba en la puerta del cuarto de bano y la veia vestirse, una enumeracion de verdades eroticas, hasta que ella lo notaba y se daba media vuelta, a punto de perder el equilibrio, para cerrar la puerta con el codo. Ante su mesa, pasando el rato, se maravillaba con la facilidad con que ambos encajaban en sus respectivos resquicios de decoro. La gente debe de ser espia por su propia naturaleza. La mesa, la moqueta eran el colmo del absurdo. Su abrecartas, rasgando sobres con nitidez. Su propio tono de voz.

La espero al terminar el trabajo delante de su casa. Entraron, tomaron copas durante varias horas. El la sujeto de la mano, a veces se llevaba las yemas de sus dedos a los labios. Se dio cuenta de que era una terneza.

En la cocina, echo otro vistazo a la fotografia en la que ella aparecia con Sedbauer y Vilar. Estudio el rostro de Vilar. Reluciente, magro, la frente alta, el menton afilado. La oyo en el dormitorio, oyo desprenderse de su piel la ropa de Rosemary.

Le aguardo ovillada, un vacio animal, el cuerpo blanco, profunda quietud, aquello que el procuraba aferrar con ambas manos, comer. No iba a apremiarla hacia un polvo inmenso y estremecedor, ni a recordar el tacto de sus manos al final de una tarde pasiva, dentro de unos meses, el papel navegando a la vez que su alma vagase por el parque. Ella estiro las extremidades. El vio entonces sus pechos, su cuello y su cara, sus brazos, sus manos pequenas, semicerradas, y la sabana arrugada entre sus muslos. Nunca habia visto con tanta claridad que distinto era del suyo el cuerpo de una mujer. De algun modo, ese hecho se le habia hurtado. «Sera que estoy borracho», se dijo. En posicion supina, ella parecia enorme, a punto de salirse de la pequena cama individual. Buena cosa, perfecto, profunda quietud, vacio organico. Su respiracion producia una cadencia perceptible, el ritmico sube y baja del cuerpo, un metronomo de la calculada lujuria que el sentia. Los pies ligeramente contrahechos. Pequenos bultos, grumos de carne, en los bordes de los pezones. Se desvistio despacio, sabedor de que ninguno de los dos alcanzaria un intervalo de esfuerzo plenamente satisfactorio, ni silbaria un poco, respirando por la nariz, ni diria un nombre, toda perspectiva quemada y arrasada de sus rostros. Ella se toco las costillas, donde se habia posado una mosca. Ese movimiento automatico la puso al descubierto fugazmente. En medio de la niebla, el por fin entendio, pero ?el que? ?Habia entendido, por fin, el que? La mosca se poso en el alfeizar de la ventana. El la miro tratando de rehacer su conexion con el cuerpo enorme sobre la cama, la estructura osea y muscular de un sueno. Habia palidas venas en sus piernas, lineas dejadas por el sol, hendiduras naturales. Con las rodillas en alto, la cabeza mas alla de la curva de la almohada, podria estar a medias entregandose a un amante torpe y a medias defendiendose de el. El repto, repto literalmente entre sus piernas. Luego apoyo los antebrazos sobre sus rodillas en alto y miro el modo en que se le revelaba el pulso en el cuello.

– Dime algo mas de George -le dijo-. ?Que mas hacia, aparte de hacerte reir?

Cruzo la calle hasta la tienda de ?aramelos escondida en el 77 de Water, una marquesina roja y amarilla, una hogarena nota al pie de la masa de acero y aluminio anodizado. Habia grisura por doquiera, la humedad en suspenso, un dia del color del propio distrito. Compro tabaco y chicles y se quedo a la entrada de la tienda, bajo la mole del rascacielos, a la escucha de las bocinas de niebla, un sonido que relacionaba con las ciudades extranjeras y con el sexo con las esposas de otros hombres. No le llevo mucho tiempo caer en la cuenta de que alguien r lo miraba fijamente. Un hombre cerca de la entrada al vestibulo. Chaqueta de sport, de cuadros, una corbata gruesa. Lyle tuvo la impresion de que el hombre deseaba que el echase a caminar hacia alla. Era robusto, juvenil, el menton tallado a cuchillo, hebras de cabello rizadas sobre la frente. Lyle decidio andar en sentido contrario. A unas dos manzanas, el hombre se puso a su paso. Lyle hizo un alto, a la espera de que se pusiera verde el semaforo. El hombre lo volvio a mirar, claramente decidido a transmitir alguna informacion tacita, una conexion, un mensaje que contaba con que Lyle percibiera. Recorrieron otra media manzana. Ante ellos, dos mujeres levantaron los paraguas simultaneamente.

– Tu eres el amigo de McKechnie, ?no?

– ?Sera que la vida es asi de simple? -repuso el hombre.

– No hago mas que esperar a que la gente me contacte. Hable con Frank McKechnie de la situacion. De lo que saben ciertas personas. Frank hablo con alguien para que diera aviso. Esperaba que el contacto se produjese mucho antes. Entretanto, he decidido averiguar todo lo posible.

– Sobresaliente, Lyle.

– ?Tu como te llamas?

– Burks.

– Burks, tu tono de voz no me parece muy halagueno.

– Uno hace lo que buenamente puede.

– Tienen contactos en la Costa Oeste. Lo se. Usan matriculas de Ohio, al menos por el momento. Se el numero, si es que lo quieres. Un Volkswagen verde, ?o ya te lo sabes?

– ?Que nos puedes decir de A. J. Kinnear?

– En la actualidad es solo J. Kinnear.

– Para nosotros, A. J.

– Ahora, solo J.

– Solo J. -dijo Burks.

– No se cuantas personas estan implicadas. No se si tienen unidades o equipos o lo que sea, no te podria decir como se organizan. Kinnear es un individuo complejo, creo yo. Estan en Queens. Se el nombre de la calle y el numero de la casa.

– Kinnear, digo, ?es alto, bajo, o que?

Recorrieron las calles cercanas al rio. Lyle describio a Kinnear hablando despacio y escuchando con atencion, procurando memorizar sus propios comentarios y las apostillas de Burks. Fue como una conversacion con un medico que diera cuenta de los resultados de unas pruebas importantes. Las preguntas y sus respuestas flotaban entre uno y otro. Toda una vida parecia girar sobre los goznes de la sintaxis, la inflexion, los detalles gramaticales. Creyo que Buks dijo algo sobre un registro de su voz, pero no estuvo muy seguro del contexto, ni si era o no aplicable a Kinnear. Fue tambien en parte parecido a sus primeras conversaciones con Rosemary Moore, fotografias de su propia boca, cuando el sentido de los comentarios que ella hizo le eludia no solo a medida que los hacia, sino tambien despues, en sus intentos por narrarse para si mismo los particulares de cada uno de sus encuentros. Vio una barcaza en medio de la niebla, quizas en el centro del rio, deslizandose hacia puerto. A Burke le relucian los zapatos. Era joven, seguramente mas que Lyle.

– Es posible que hagan otra intentona en la Bolsa.

– Eso nos interesaria, y mucho.

– ?Que mas?

– ?Que mas de que?

– ?Hay alguna cosa que desees saber? -dijo Lyle-. Tienen un sotano lleno de armas recauchutadas. Te las puedo describir si quieres. Tengo esa molesta facilidad.

– ?Y que es eso?

– Hago acopio de informacion compulsivamente.

– Debe de ser una lata.

– Ese tono de voz… -dijo Lyle.

– Anda y que te folle un pez, listillo.

– Veamos: ?tu eres amigo de McKechnie, si o no?

– Tu hablaste con Frank McKechnie. Dijo que hablaria con un amigo suyo. Si prefieres creer que mi presencia aqui y ahora es resultado directo de la comunicacion de McKechnie, gozas de entera libertad, Lyle. Pero hay una

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