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Donna Leon

Aqua alta

Comisario Guido Brunetti 05

Titulo original: Aqua alta

Traduccion del ingles: Ana Maria de la Fuente

Para Guy Santa Lucia

Dalla sua pace la mia dipende,

quel che a lei piace vita mi rende,

quel che le incresce morte mi da.

S'ella sospira, sospiro anch'io,

e mia quell'ira, quel pianto e mio

e no ho bene, s'ella non l'a.

[De su paz la mia depende,

lo que a ella place vida me infunde,

lo que la aflige muerte me da.

Si ella suspira, tambien suspiro,

mia es su ira, su lamento es el mio

y no conozco dicha que le sea ajena.]

Mozart, Don Giovanni

1

Reinaba tranquilidad hogarena. Flavia Petrelli, diva reina de La Scala picaba cebolla en la caldeada cocina. Dispuestos ante si tenia varios tomates de pera, dos dientes de ajo cortados en finas laminas y dos rollizas berenjenas. Mientras trabajaba inclinada sobre el marmol, Flavia cantaba llenando la cocina de las aureas notas de su voz de soprano. De vez en cuando, retiraba con la muneca un oscuro mechon de cabello que, no bien quedaba recogido detras de la oreja, volvia a saltar sobre la mejilla.

En el otro extremo de la vasta habitacion que ocupaba la mayor parte del ultimo piso del palazzo veneciano del siglo XIV, Brett Lynch, su propietaria y amante de Flavia, estaba echada en un sofa beige con los pies descalzos apoyados en un brazo del mueble y la cabeza en el otro, siguiendo la partitura de I Puritani, cuya grabacion lanzaban al aire a todo volumen -los vecinos, a chincharse- dos altavoces alargados que descansaban en pedestales de caoba. La musica subia de tono haciendo vibrar el aire de la habitacion, mientras «Elvira» se disponia a enloquecer… por partida doble. Porque en la habitacion cantaban dos «Elviras», lo que producia una sensacion inquietante: una, la que Flavia habia grabado en Londres cinco meses antes y que brotaba de los altavoces; la otra, en la voz de la mujer que picaba cebolla.

De vez en cuando, Flavia interrumpia el afinado duo para preguntar:

– ?Uf! ?Quien ha dicho que tengo un registro medio?

O:

– ?Se supone que es un si bemol lo que tocan los violines?

Y despues seguia cantando y picando. A su izquierda, en una gran sarten puesta sobre un fogon graduado al minimo, el aceite esperaba las hortalizas.

Alguien toco el timbre cuatro pisos mas abajo.

– Yo abrire -dijo Brett, dejando la partitura abierta boca abajo en el suelo y levantandose-. Seran los Testigos de Jehova. Siempre vienen el domingo.

Flavia asintio, se aparto el pelo de la cara con el dorso de la mano y volvio a repartir su atencion entre las cebollas y «Elvira», que seguia cantando en sus transportes delirantes.

Descalza en el grato calor del apartamento esta tarde de ultimos de enero, Brett cruzo sobre el suelo de madera y salio al recibidor, descolgo el interfono que estaba junto a la puerta y pregunto:

– Chi e?

Una voz de hombre contesto en italiano:

– Venimos del museo. Traemos unos papeles del dottor Semenzato.

Era extrano que el director del museo del palazzo Ducal le enviara papeles, y mas aun, un domingo por la tarde, pero quiza la carta que Brett le habia enviado desde China lo habia alarmado -aunque por supuesto no le dio tal impresion cuando hablo con el la semana anterior- y queria darle a leer algo antes de la cita que a reganadientes le habia dado para el martes por la manana.

– Subalos, por favor. Ultimo piso. -Brett colgo el aparato y oprimio el pulsador que abria la puerta de la calle cuatro pisos mas abajo, luego se acerco a la puerta y grito a Flavia, entre el llanto de los violines-: Del museo. Traen papeles.

Flavia asintio, tomo una de las berenjenas, la corto por la mitad a lo largo y, sin perder el compas, se entrego de nuevo al serio proceso de enloquecer de amor.

Brett volvio a la puerta de la escalera, se agacho para doblar la punta de una alfombra y abrio la puerta. De abajo llegaba ruido de pisadas, y por el recodo de la escalera aparecieron dos hombres que se detuvieron en el rellano, antes de acometer el ultimo tramo.

– Solo dieciseis peldanos mas -dijo Brett sonriendo en senal de bienvenida, y entonces, sintiendo el aire glacial de la escalera, se cubrio un pie con el otro.

Ellos miraban la puerta abierta. El primero llevaba en la mano un gran sobre marron. Los hombres empezaron a subir el ultimo tramo y Brett volvio a sonreirles.

– Forza! -los animo.

El que subia delante, que era bajo y rubio, sonrio a su vez. Su acompanante, mas alto y moreno, aspiro profundamente y lo siguio. Cuando el primer hombre llego ante la puerta, espero a que el otro se reuniera con el.

– ?Dottoressa Lynch? -pregunto pronunciando el apellido al modo italiano.

– Si -respondio ella, retrocediendo para dejarlos pasar.

Cortesmente, los dos hombres murmuraron «Permesso» al entrar en el apartamento. El primero, que llevaba el pelo cortado al uno y tenia bonitos ojos oscuros, le alargo el sobre.

– Los papeles, dottoressa. -Al entregarselos anadio-: El dottor Semenzato me ha dicho que los lea inmediatamente. -Modales suaves y corteses. El alto sonrio y volvio la cabeza hacia un espejo colgado a la izquierda de la puerta que le habia llamado la atencion.

Ella inclino la cabeza y empezo a abrir la solapa del sobre, pegada con lacre rojo. El rubio se acerco, como para ayudarla a abrir el sobre, pero bruscamente se situo detras y la sujeto por los brazos inmovilizandola.

El sobre cayo sobre sus pies descalzos y fue a parar entre ella y el segundo hombre, que lo aparto con el

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