—?Aaaoooguaaaooouuu! —llegaba el sonido a traves de la linea. Me estremeci y di un paso atras. Dios mio, ?que le estaba haciendo a aquel animal? Entonces oi un ruido metalico en el auricular y un grito como un insulto, y el telefono volvio a matraquear y a golpearse—. Pequeno granuja… ?Aaargh! Joder! ?Mierda! Vuelve, pequeno…

—?Hola! ?Eric! ?Digo… Frank! Quiero decir… ?Hola! ?Que pasa? —susurre mirando de nuevo hacia arriba en busca de sombras, encorvandome alrededor del telefono y cubriendome la boca con la mano libre—. ?Hola?

Se oyo un estruendo y a continuacion un «?Tu te lo has buscado!», seguido de un grito que pudo escucharse muy cerca del telefono, y despues otro golpe. Durante un tiempo se oyeron ruiditos indefinidos pero, aunque me esforce, no pude adivinar de donde provenian, y podian haber sido simples interferencias de la linea. Me preguntaba si deberia colgar el telefono, y estaba a punto de hacerlo cuando regreso la voz de Eric farfullando algo que no entendi.

—?Hola? ?Como? —dije.

—Sigues ahi, ?eh? He perdido a ese granuja. Ha sido culpa tuya. Joder, ?de que me sirve hablar contigo?

—Lo siento —le dije, sintiendolo de verdad.

—Ahora ya es demasiado tarde. Me ha mordido el muy mierda. Pero lo voy a agarrar otra vez. Cabron — entonces sonaron los bips. Oi como ponia mas monedas—. Supongo que estaras contento, ?no?

—?Contento, de que?

—De que el maldito perro se haya escapado, gilipollas.

—?Como? ?Yo? —balbucee.

—No vayas a decirme que sientes que el perro se me haya escapado, ?eh?

—Ah…

—?Lo has hecho a proposito! —grito Eric—. ?Lo has hecho a proposito! ?Querias que se escapara! ?No me dejas jugar con nada! ?Prefieres que se divierta el perro a que me divierta yo! ?Asqueroso! ?Cabron de mierda!

—Ja, ja —me rei sin conviccion—. Bueno, gracias por llamar… eh… Frank. Adios. —Le colgue el telefono de un golpe y me quede alli quieto un segundo, felicitandome por lo bien que habia reaccionado, teniendo en cuenta lo que habia hecho. Me pase el dorso de la mano por el ceno, que me sudaba ligeramente, y mire por ultima vez a la pared libre de sombras del primer piso.

Sacudi la cabeza y subi pesadamente los escalones. Habia llegado al ultimo escalon de aquel tramo cuando volvio a sonar el telefono. Me quede helado. Si lo contestaba… Pero si no, y padre podia…

Volvi corriendo sobre mis pasos, lo descolgue y oi caer las monedas; a continuacion se oyo «?Cabron!» seguido por una serie de golpes ensordecedores de plastico contra metal y vidrio. Cerre los ojos y escuche los porrazos y golpes hasta que al final se oyo un fuerte sonido seco que acabo en un suave zumbido que normalmente no suelen emitir los telefonos; a continuacion coloque el telefono en su sitio, me volvi, mire a la pared del primer piso, y me puse en marcha en silencio, escaleras arriba.

Estaba tendido en la cama. Tendria que buscar otro modo de solucionar este problema a largo plazo. Era la unica manera. Tendria que intentar influir en las cosas partiendo de la raiz causante de todo: el Viejo Saul. Se necesitaba una medicina potente si queria que Eric no se cargara el solito toda la red telefonica de Escocia y diezmara la poblacion canina del pais. Pero antes que nada tendria que volver a consultar a la Fabrica.

No era exactamente culpa mia, pero me afectaba completamente y quiza podria arreglar algo mediante la calavera del viejo sabueso, con la ayuda de la Fabrica, y un poco de suerte. La sensibilidad de mi hermano para captar las vibraciones que yo pudiera mandarle era una cuestion en la que preferia no pensar dado el estado de su cabeza, pero tenia que hacer algo.

Esperaba que aquel cachorrillo hubiera salido bien librado. Maldita sea, yo no culpo a todos los perros por lo que ocurrio. El Viejo Saul era quien tenia la culpa, el Viejo Saul, que habia pasado a formar parte de nuestra historia y nuestra mitologia personal bajo el nombre de el Castrador, pero al que ahora, gracias a las pequenas criaturas que volaron por encima de la ensenada, tenia sometido a mi poder.

No habia duda de que Eric estaba loco, aunque fuera mi hermano. Tenia suerte de contar con alguien cuerdo que aun lo queria.

6. LOS TERRITORIOS DE LA CALAVERA

Cuando Agnes Cauldhame llego, embarazada de ocho meses y medio, en su BSA 500 con el manillar estilo choper y un ojo de Sauron pintado en rojo en el deposito, puede entenderse facilmente que mi padre no estuviera encantado de la vida de verla. Despues de todo, ella lo abandono casi inmediatamente despues de mi nacimiento, dejandolo con aquella criatura lloriqueante en los brazos. Desaparecer tres anos sin mas que una llamada o una postal, aparecer de repente como si nada por el camino del pueblo, cruzar el puente —por donde los punos de goma del manillar pasaron rozando— llevando en las entranas el nino o los ninos de otro y esperar que mi padre la alojara, la alimentara, la cuidara y la ayudara a alumbrar, implicaba una pequena dosis de arrogancia.

Como entonces yo solo tenia tres anos, no puedo recordarlo bien. De hecho no puedo acordarme de nada de aquello, pues no tengo ningun recuerdo anterior a los tres anos. Pero bueno, tengo mis buenas razones para que me ocurra eso. Por lo poco que he podido recabar en las ocasiones en que mi padre ha dejado escapar algo, he conseguido hacerme una idea bastante precisa de lo que ocurrio. La senora Clamp tambien ha ido dejando caer algunos detalles de vez en cuando, aunque seguramente no tienen mucha mas credibilidad que los que mi padre me conto.

Eric estaba fuera en aquel tiempo, pasando una temporada con los Stove, en Belfast.

Agnes, bronceada, enorme, envuelta toda ella en una tunica y collares, decidio dar a luz en posicion de loto (en la cual, segun afirmaba, habia sido concebido el nino) entonando el «Om», y se nego a responder a las preguntas de mi padre acerca de donde habia estado esos tres anos y con quien. Ella le contesto que no fuera tan posesivo con ella y con su cuerpo. Estaba bien y con nino; eso era todo lo que tenia que saber.

Agnes se atrinchero en lo que habia sido su dormitorio a pesar de las protestas de mi padre. Quien sabe si mi padre se alegro secretamente de su vuelta y si hasta concibio la absurda esperanza de que quiza volviera para quedarse. La verdad es que no creo que el sea tan resistente, a pesar del aura que impone su presencia meditabunda cuando quiere impresionar. Sospecho que la naturaleza decidida de mi madre debio bastar para modelar su caracter. En cualquier caso, ella se salio con la suya y se paso un par de semanas viviendo a todo plan en aquel impetuoso verano de amor y paz, etcetera.

En aquella epoca mi padre aun disfrutaba completamente de sus dos piernas, y tenia que usarlas para correr arriba y abajo, de la cocina o del salon al dormitorio y viceversa, cada vez que Agnes agitaba las campanillas cosidas en las patas de elefante de sus pantalones vaqueros, que estaban doblados en una silla junto a la cama. Y al mismo tiempo que hacia todo eso, mi padre tenia que cuidarme. Yo caminaba tambaleandome, dando mis primeros pasos y haciendo travesuras, como haria cualquier nino saludable de tres anos.

Como ya he dicho, no puedo recordar nada de esa epoca, pero me han contado que disfrutaba haciendo rabiar al Viejo Saul, el anciano bulldog blanco y patizambo que tenia mi padre porque, segun me cuentan, era muy feo y no le gustaban las mujeres. Tampoco le gustaban las motos y, cuando llego Agnes, se puso hecho una furia, ladrando y acometiendo. Agnes lo mando a la otra punta del jardin de una patada y se fue aullando hacia las dunas. Solo volvio a aparecer cuando Agnes se metio en su cuarto, confinada en su cama. La senora Clamp mantiene que mi padre tenia que haber acabado con aquel perro muchos anos antes de que todo aquello ocurriera, pero yo creo que aquel viejo sabueso de labios babosos, de turbios ojos amarillentos y olor a pescado debio de caerle en gracia simplemente por ser tan repulsivo.

Agnes se puso de parto puntualmente tal como estaba previsto, un caluroso dia alrededor de la hora de comer, banada en sudor y entonando «Ommmm» para si misma, mientras mi padre hervia ollas de agua y hacia otras cosas y la senora Clamp secaba el sudor de la frente de Agnes y le hablaba, como quien no quiere la cosa, de todas sus conocidas que habian fallecido al alumbrar. Yo jugaba afuera, corriendo por todas partes con mis pantaloneros cortos y, supongo, bastante feliz de que tuviera lugar alli aquel embarazo que me otorgaba mas

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