Capitulo 13
Los golpes en la puerta no eran lo de siempre. Madalena Toscano se habia habituado a reconocer los golpes rutinarios, como las llamadas impacientes de su hijo mayor, un hombre de cuarenta anos que habia hecho un doctorado en Psicologia; el tamborileo nervioso de los dedos del menor, un amante de las artes que se ganaba la vida haciendo critica de cine para un semanario; y el toque acompasado del senor Ferreira, el hombre de la tienda de comestibles que regularmente abastecia el pequeno y viejo frigorifico. Pero esta manera de llamar le parecia diferente; fue rapida y fuerte. Aunque habian llamado solo una vez, como si el autor intentase aparentar tranquilidad, ocultaba, en el fondo, una urgencia apenas contenida.
– ?Quien es? -pregunto la vieja senora con su voz tremula, envuelta en su bata, con la cabeza inclinada hacia la puerta-. ?Quien esta ahi?
– Soy yo -respondio un hombre desde el otro lado-. El profesor Tomas Noronha.
– ?Quien? -insistio ella desconfiada-. ?Que profesor?
– El que esta retomando la investigacion de su marido, senora. Estuve aqui el otro dia, ?no se acuerda?
Madalena entreabrio la puerta, manteniendo la cadena de seguridad, y observo por la rendija, como era su costumbre. Lisboa ya no era la aldea de antano, solia ella decir ahora, estaba llena de rateros y gente violenta, vagabundos de la peor calana, bastaba ver las noticias en la television. Paralizada por el terror ante todo lo que venia de fuera, toda precaucion le parecia poca. Del otro lado de la puerta, no obstante, no vislumbro ninguna amenaza; la miraba desde el pasillo un hombre de pelo castano oscuro y ojos verdes cristalinos, un rostro sonriente que enseguida reconocio.
– Ah, es usted -exclamo amablemente; luego hizo bastante ruido al quitar la cadena de seguridad y abrio la puerta-. Entre, entre.
Tomas entro en el viejo apartamento. Lo recibio el mismo.lire cerrado, con olor a moho, y la misma luminosidad sombria, con los haces de sol que irrumpian con dificultad por los cortinajes pesados, incapaces de vencer la penumbra oscura de los rincones. Le extendio a su anfitriona un envoltorio blanco, doblado y atado con una cuerda.
– Es para usted.
Madalena miro el pequeno paquete.
– ?Que es?
– Son unos dulces que he traido de la pasteleria. Para usted.
– Oh, valgame Dios. No tenia por que molestarse…
– Lo he hecho con mucho gusto.
La mujer lo llevo a la sala y abrio el paquete. Dentro de la cajita de carton habia una trufa, un
– ?Que maravilla! -exclamo Madalena. Saco un piatito del armario de la sala y coloco alli los tres pasteles-. ?Cual le apetece?
– Son para usted.
– Ah, es demasiado, no puedo comermelos todos. Ademas, el medico se pondria hecho una furia conmigo si supiese que estoy comiendo estas golosinas llenas de colesterol. -Extendio el plato-. Coja uno, vamos.
Tomas cogio el
– No es por jactarme, pero he elegido muy bien, ?no le parece? -pregunto el casi chupandose los dedos.
– Si, si. Esta buenisimo. ?Le apetece un te?
– No, gracias.
– Ya esta hecho -insistio ella.
– Bien, si ya esta hecho…
La mujer fue a la cocina y minutos despues volvio con una bandeja en sus manos, ocupada con una tetera verde, dos tazas de porcelana antigua y una azucarera metalica. Dejo la bandeja en la mesa y se sirvieron. Era te negro, que a Tomas no le gustaba demasiado, preferia las tisanas mas suaves, pero bebio e hizo un gesto indicando que le parecia muy bueno.
– El otro dia pense en usted -comento Madalena cuando acabo el
– ?Ah, si?
– Si, si. Le dije a mi hijo el mayor: «Manel, me gustaria ver el trabajo de tu padre publicado en libro». Le conte que habia venido aqui un muchacho de la facultad en busca de los documentos y que no habia vuelto a dar noticias.
– Pues aqui estoy para darle noticias.
– Asi es. ?Ya tiene lo que queria?
– Tengo casi todo. Solamente me falta ver lo que hay dentro de su caja fuerte.
– Ah, si, la caja fuerte. Pero ya le he dicho que no se la clave.
– Es una clave con numeros, ?no?
– Si.
– Y usted me dijo, cuando estuve la otra vez, que descubriendo las palabras clave bastaba convertir cada letra en un digito, segun el orden alfabetico.
– Si, era eso lo que mi marido hacia siempre.
– El uno es la «a», el dos es la «b», el tres es la «c», y asi sucesivamente.
– Exacto.
– ?Y en alfabeto portugues?
– ?En alfabeto portugues?
– Si, el alfabeto sin «k», sin «y» ni «w».
– Ah, claro. Martinho solo usaba nuestro alfabeto, no ponia esas letras extranjeras como ahora se ve en los periodicos.
Tomas sonrio.
– Entonces ya se cuales son las palabras clave.
– ?Lo sabe? -se sorprendio Madalena-. ?Como lo sabe?
– ?Se acuerda de aquel acertijo que me dio?
– ?Aquel enredo de letras?
– Si.
– Me acuerdo, si. Lo tengo alli.
– Lo he descifrado y tengo la respuesta.
– ?Ah, si?
– ?Podemos ir a ver la caja?
Madalena Toscano llevo al invitado hasta la habitacion. Tal como la otra vez, todo se veia desordenado. La cama seguia sin hacer, habia ropas desparramadas por el suelo y en la silla, flotaba el mismo olor acido en el aire, tal vez un poco menos intenso que la vez anterior, pero igualmente desagradable. Se acuclillaron frente a la caja fuerte y Tomas saco la libreta de notas de la cartera; hojeo la libreta hasta encontrar los apuntes que buscaba. Las palabras clave estaban escritas en el papel y, debajo de cada una de ellas, aparecia el guarismo respectivo:
El profesor se inclino ante la caja fuerte y marco los numeros. No ocurrio nada. El visitante y la anfitriona intercambiaron una breve mirada de desanimo, pero Tomas no desistio. Lo intento con solo la segunda secuencia de numeros, correspondiente a la palabra «portugues», y nuevamente la puerta de la caja fuerte no se movio.
– ?Esta seguro de que esa es la clave del codigo?
– Uno nunca esta seguro del todo, ?no? Pero estaba convencido de que era esa.
