– Si, eso es algo que me pregunto cada uno de los dias de mi vida -contesto Canaris.
El Mercedes tomo una curva, saliendo de la carretera principal, y empezo a subir hacia el castillo, con los motociclistas delante.
15
Eran poco mas de las seis y el capitan Erich Kramer, al mando del decimosegundo destacamento de paracaidistas, estacionado en St. Aubin, estaba tomando cafe en su despacho cuando escucho el motor de un vehiculo que acababa de entrar en el patio de la granja. Se acerco a la ventana y vio un
Kramer los reconocio al instante, recordando su ultima visita, y fruncio el ceno.
– ?Y que demonios querran ahora? -se pregunto en voz baja.
Fue entonces cuando Kurt Steiner bajo del vehiculo. Como no tenia gorra, le habia tomado prestada al sargento de vuelo Leber una de la Luftwaffe. Era una gorra de tela, habitualmente conocida como
– Oh, Dios mio -murmuro. Tomo su gorra y abrio la puerta, abotonandose la chaqueta-. Coronel Steiner…, senor. -Hizo entrechocar sus talones y saludo, ignorando a los demas-. No puede imaginarse el honor que esto representa.
– Es un placer. El capitan Kramer, ?verdad? -Steiner observo las insignias de Kramer, con la cinta por la guerra de invierno-. ?De modo que somos viejos camaradas?
– Si, coronel.
Algunos paracaidistas habian salido de la cantina, sintiendo curiosidad por los recien llegados. Al ver a Steiner, todos se pusieron firmes.
– Descansen, muchachos -dijo el coronel. Luego, volviendose a Kramer, le pregunto-: ?De que fuerza dispone aqui?
– Solo treinta y cinco hombres, coronel.
– Bien -le dijo Steiner-. Voy a necesitarles a todos, incluido usted, claro, de modo que protejamonos un poco de esta lluvia y le explicare la situacion.
Los treinta y cinco hombres del duodecimo destacamento de paracaidistas formo en cuatro hileras bajo la lluvia, en el patio de la granja. Llevaban puestos los cascos de acero peculiares del regimiento paracaidista, los pantalones bombachos de salto, y la mayoria de ellos portaban pistolas ametralladoras Schmeisser colgadas en cruz sobre el pecho. Permanecieron firmes y rigidos, mientras Steiner se dirigia a ellos, acompanado a un lado por Kramer, mientras Schellenberg, Devlin y Asa Vaughan permanecian detras.
Steiner no se molesto en preambulos y fue directamente al grano.
– Muy bien, muchachos. El Fuhrer encontrara la muerte dentro de muy poco a manos de elementos traidores de las SS. Nuestro trabajo consiste en impedirlo. ?Alguna pregunta?
Nadie dijo una sola palabra, y solo se escucho el sonido de la lluvia al caer. Steiner se volvio hacia Kramer.
– Que se preparen, capitan.
Steiner se volvio hacia los otros.
– ?Dispondran de tiempo suficiente con quince minutos? -pregunto.
– Y luego llegara usted como una columna de
El y Asa subieron al
– En cierto modo, da la impresion de que ya hemos pasado antes por esto.
– Lo se y vuelve a plantearse la misma y vieja pregunta: ?jugamos nosotros el juego, o es el juego el que nos maneja?
– Confiemos en que tengamos mejor suerte que la ultima vez, coronel.
Devlin le sonrio, subio al asiento trasero del vehiculo y este partio, con Asa al volante.
En el
– Esto casi parece una convencion de fin de semana de las SS -le comento Rommel a Canaris mientras se desabrochaba el abrigo-, como solian hacer en Baviera en los viejos tiempos.
Berger bajo en ese momento la escalera y avanzo hacia ellos.
– Mayor -dijo Rommel con una leve inclinacion de cabeza.
– El Fuhrer ya esta esperando en el comedor. Ha pedido que nadie lleve armas en su presencia.
Rommel y Ritter se quitaron las pistolas que llevaban al cinto.
– Confio en no haber llegado con retraso -comento el mariscal de campo.
– En realidad, han llegado ustedes dos minutos antes de la hora prevista -dijo Berger dirigiendole la sonrisa de buen humor que podria dirigir un soldado a otro-, ?Me permiten mostrarles el camino?
Abrio la gran puerta de roble y ambos le siguieron. La larga mesa de comedor solo estaba preparada para cuatro personas. El Fuhrer estaba de pie junto a la chimenea de piedra, con la mirada fija en los lenos ardiendo. Al escucharlos entrar se volvio hacia ellos.
– Ah, ya estan aqui.
– Espero que se encuentre bien, mi Fuhrer -dijo Rommel.
Hitler saludo a Canaris con un gesto.
– Mi ayudante personal, el mayor Cari Ritter, mi Fuhrer. Dispone de mas detalles sobre la situacion en Normandia, que ya hemos discutido -dijo Rommel.
– ?Mas informes? -pregunto Hitler encogiendose de hombros-. Si tiene necesidad de ellos, supongo que estara bien. -Se volvio hacia Berger-. Prepare otro cubierto en la mesa y ocupese de ver que esta retrasando al
En el momento en que Berger se volvia hacia la puerta, esta se abrio y Himmler hizo su entrada. Llevaba el uniforme negro y tenia el rostro palido, con una leve expresion de excitacion que le resulto dificil ocultar.
– Le ruego me disculpe, mi Fuhrer, pero he recibido una llamada telefonica desde Berlin cuando estaba a punto de salir de mi habitacion. -A continuacion, hizo sendos gestos de saludo-.
– Y el ayudante del mariscal de campo, el mayor Ritter -presento Hitler frotandose las manos-. Realmente, me siento muy hambriento. ?Saben, caballeros? Quiza debieramos hacer esto mas a menudo.
Quiero decir, desayunar temprano. Eso nos deja todo el resto del dia libre para otras cuestiones importantes. Pero, vamos, sientense.
El mismo asi lo hizo, a la cabecera de la mesa. Rommel y Canaris se sentaron a su derecha, y Himmler y Ritter a la izquierda.
– Muy bien -dijo Hitler-. Empecemos. La comida antes que los asuntos a tratar.
