«Por la calle abajo viene el Senor del Gran Poder: antes era el Nazareno y hoy es Serrano Suner», decian que cantaban con guasa en Sevilla, cambiando el acento del segundo apellido.

Aquel Serrano que tan grata sensacion se habia llevado del alto comisario en su visita a Marruecos se fue convirtiendo en su azote mas virulento a medida que las relaciones de Espana con Alemania se estrechaban y las ansias expansionistas de Hitler reptaban por Europa con rapidez tremebunda. Tardo muy poco en empezar el cunadisimo a dar lena: en cuanto Gran Bretana declaro la guerra a Alemania, Serrano supo que se habia equivocado radicalmente al proponer a Franco que designara a Beigbeder para Exteriores. Aquel ministerio, creia, deberia haber sido desde un principio para si mismo, y no para aquel desconocido proveniente de tierra africana, por atinadas que fueran sus dotes interculturales y varios los idiomas en que se desenvolvia. Beigbeder, segun el, no era un hombre para ese puesto. No estaba lo suficientemente comprometido con la causa alemana, defendia la neutralidad de Espana en la guerra europea y no mostraba intencion de someterse a ciegas a las presiones y exigencias que del Ministerio de Gobernacion emanaban. Y, ademas, tenia una amante inglesa, aquella rubia joven y atractiva a la que el mismo habia conocido en Tetuan. En tres palabras: no le servia. Por eso, apenas un mes despues de la constitucion del nuevo Consejo de Ministros, el propietario de la cabeza mas privilegiada y el ego mas grandioso del gobierno comenzo imparable a extender sus tentaculos por terreno ajeno como un pulpo voraz, acaparandolo todo y apropiandose a su antojo de competencias propias del Ministerio de Asuntos Exteriores sin ni siquiera consultar a su titular y sin perder, de paso, la menor ocasion para echarle en cara que sus devaneos sentimentales podrian acabar costando un alto precio a las relaciones de Espana con los paises amigos.

Entre aquella madeja de opiniones tan dispares, nadie parecia estar del todo al tanto del terreno que en realidad pisaba el antiguo alto comisario. Convencidos por las maquinaciones de Serrano, para los espanoles y los alemanes el era probritanico porque mostraba tibieza en sus afectos por los nazis y tenia sus sentimientos puestos en una inglesa frivola y manipuladora. Para los britanicos que le desairaban, era proaleman porque pertenecia a un gobierno que apoyaba entusiasta al Tercer Reich. Rosalinda, tan idealista siempre, lo consideraba un potencial reactivador del cambio politico: un mago capaz de reorientar el cauce de su gobierno si en ello se empenara. El, por su parte, con un humor admirable habida cuenta de lo lamentable de las circunstancias, se veia a si mismo como un simple tendero y asi se lo intentaba hacer ver a ella.

–?Que poder crees tu que tengo yo dentro de este gobierno para propiciar un acercamiento hacia tu pais? Poco, mi amor, muy poco. Soy solo uno mas dentro de un gabinete en el que casi todos estan a favor de Alemania y de una posible intervencion espanola en la guerra europea combatiendo a su lado. Les debemos dinero y favores; el destino de nuestra politica exterior estaba marcado desde antes de terminar la guerra, desde antes de que me eligieran para el cargo. ?Piensas que tengo alguna capacidad para orientar nuestras acciones en otro sentido? No, mi querida Rosalinda; no tengo la mas minima. Mi labor como ministro de esta Nueva Espana no es la de un estratega o un negociador diplomatico; es tan solo la de un vendedor de ultramarinos o un mercader del Zoco del Pan. Mi trabajo se centra en conseguir prestamos, regatear en los acuerdos comerciales, ofrecer a los paises extranjeros aceite, naranjas y uvas a cambio de trigo y petroleo, y aun asi, para lograr todo eso tengo tambien que batallar a diario dentro del propio gabinete, peleando con los falangistas para que me dejen actuar al margen de sus desvarios autarquicos. Tal vez sea capaz de arreglarmelas para conseguir lo suficiente para que el pueblo no se nos muera este invierno de hambre y de frio, pero nada, nada en absoluto puedo hacer por alterar la voluntad del gobierno en su actitud ante esta guerra.

Asi pasaron aquellos meses para Beigbeder, ahogado por las responsabilidades, lidiando con los de dentro y los de fuera, apartado de las maquinaciones del verdadero poder de mando, cada dia mas solo entre los suyos. Para no caer en picado en la desazon mas densa, en esos dias tan negros buscaba refugio en la nostalgia del Marruecos que habia dejado atras. Tanto echaba de menos aquel otro mundo que en el ministerio, sobre la mesa de su propio despacho, tenia siempre abierto un Coran cuyos versiculos en arabe recitaba en voz alta de cuando en cuando para pasmo de quien estuviera cerca. Tanto anhelaba aquella tierra que tenia su residencia oficial en el palacio de Viana llena de ropajes marroquies y, apenas regresaba a ella al caer la tarde, se quitaba el aburrido terno gris y se vestia con una chilaba de terciopelo; tanto que hasta comia directamente de las fuentes con tres dedos, a la manera moruna, y no cesaba de repetir a quien quisiera oirle que los marroquies y los espanoles eramos todos hermanos. Y algunas veces, cuando por fin se quedaba solo tras haber peleado uno y mil asuntos a lo largo del dia, entre el chirriar de los tranvias que atiborrados de gente atravesaban las sucias calles, creia oir el ritmo de las chirimias, las dulzainas y los panderos. Y en las mananas mas grises hasta le parecia que, confundido con los humos malolientes que emergian de las alcantarillas, a su nariz llegaba el olor a flor de azahar, a jazmin y hierbabuena, y entonces se veia de nuevo caminando entre las paredes encaladas de la medina tetuani, bajo la luz tamizada por la sombra de las enredaderas, con el ruido del agua brotando de las fuentes y el viento meciendo los canaverales.

A la nostalgia se aferraba como un naufrago a un pedazo de madera en mitad de la tormenta, pero cerca estaba siempre, como la sombra de una guadana, la acida lengua de Serrano dispuesta a sacarle del ensueno.

–Por Dios bendito, Beigbeder, deje ya de una santa vez de decir que los espanoles somos todos moros. ?Tengo yo acaso cara de moro? ?Tiene el Caudillo cara de moro? Pues ya esta bien de repetir insensateces, cono, que me tiene hasta la coronilla, todo el punetero dia con la misma cantinela.

Fueron dias dificiles, si. Para los dos. A pesar del tenaz empeno que Rosalinda puso en congraciarse con el embajador Peterson, las cosas no lograron enderezarse en los meses venideros. El unico gesto que para finales de aquel ano de la victoria habia obtenido de sus compatriotas fue una invitacion para asistir junto con otras madres a cantar con su hijo villancicos alrededor del piano de la embajada. Para que las cosas dieran un vuelco, hubieron de esperar hasta mayo de 1940, cuando Churchill fue nombrado primer ministro y decidio reemplazar de manera fulminante a su representante diplomatico en Espana. Y, a partir de entonces, la situacion cambio. De forma radical. Para todos.

35

Sir Samuel Hoare llego a Madrid a finales de mayo de 1940 ostentando el pomposo titulo de embajador extraordinario en mision especial. Jamas habia pisado suelo espanol, ni hablaba una palabra de nuestra lengua, ni mostraba la menor simpatia hacia Franco y su regimen, pero Churchill puso en el toda su confianza y le urgio para que aceptara el cargo: Espana era una pieza clave en el devenir de la guerra europea y alli queria el a un hombre fuerte sosteniendo su bandera. Para los intereses britanicos era basico que el gobierno espanol mantuviese una postura neutral que respetara a un Gibraltar libre de invasiones y evitara que los puertos del Atlantico cayeran en manos alemanas. A fin de lograr un minimo de cooperacion, habian presionado a la hambrienta Espana mediante el comercio exterior, restringiendo el suministro de petroleo y apretando hasta la asfixia con la estrategia del palo y la zanahoria. A medida que las tropas alemanas avanzaban por Europa, sin embargo, aquello dejo de ser suficiente: necesitan implicarse en Madrid de una manera mas activa, mas operativa. Y con tal objetivo en su agenda aterrizo en la capital aquel hombre pequeno, algo desgastado ya, de presencia casi anodina; Sir Sam para sus colaboradores cercanos, don Samuel para los escasos amigos que acabaria haciendo en Espana.

No asumio Hoare el puesto con optimismo: no le agradaba el destino, era ajeno a la idiosincrasia espanola, ni siquiera tenia conocidos entre aquel extrano pueblo devastado y polvoriento. Sabia que no iba a ser bien recibido y que el gobierno de Franco era abiertamente antibritanico: para que aquello le quedara bien claro desde el principio, la misma manana de su llegada los falangistas le plantaron en la puerta de su embajada una manifestacion vociferante que le recibio al grito de «?Gibraltar espanol!».

Tras la presentacion de sus credenciales ante el Generalisimo, comenzo para el el tortuoso viacrucis en el que su vida habria de convertirse a lo largo de los cuatro anos que duraria su mision. Lamento haber

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