Abdeljalak Torres pronuncio un sentido discurso y entrego al nuevo ministro un pergamino enmarcado en plata en el que se hacia constar su nombramiento de hermano predilecto de los musulmanes. El, visiblemente emocionado, respondio con frases llenas de afecto y gratitud. Rosalinda derramo unas lagrimas, pero estas duraron poco mas de lo que el bimotor tardo en despegar del aerodromo de Sania Ramel, sobrevolar Tetuan en vuelo raso a modo de despedida, y alejarse en la distancia para cruzar el Estrecho. Sentia en lo mas profundo la marcha de su Juan Luis, pero la prisa por reunirse con el le requeria ponerse en funcionamiento lo antes posible.
En los dias posteriores, Beigbeder acepto en Burgos la cartera ministerial de manos del depuesto conde de Jordana, se incorporo al nuevo gobierno y comenzo a recibir una catarata de visitas protocolarias. Rosalinda, entretanto, viajo a Madrid en busca de una casa en la que asentar el campamento base para la nueva etapa a la que se enfrentaba. Y asi transcurrio el fin de agosto del ano de la victoria, con el aceptando los parabienes de embajadores, arzobispos, agregados militares, alcaldes y generales, mientras ella negociaba un nuevo alquiler, desmontaba la hermosa casa de Tetuan y organizaba el traslado de sus innumerables enseres, cinco criados moros, una docena de gallinas ponedoras y todos los sacos de arroz, azucar, te y cafe de los que pudo hacer acopio en Tanger.
La residencia elegida estaba situada en la calle Casado del Alisal, entre el parque del Retiro y el Museo del Prado, a un paso de la iglesia de los Jeronimos. Se trataba de una gran vivienda sin duda a la altura de la querida del mas inesperado de los nuevos ministros; un inmueble al alcance de cualquiera dispuesto a pagar la suma de algo menos de mil pesetas mensuales, una cantidad que Rosalinda estimo ridicula y por la que la mayoria del Madrid hambriento de la primera posguerra habria estado dispuesto a dejarse cortar tres dedos de una mano.
Habian previsto organizar su convivencia de manera similar a como lo habian hecho en Tetuan. Cada uno mantendria su propia residencia -el en un destartalado palacete anexo al ministerio y ella en su nueva mansion-, aunque pasarian juntos todo el tiempo posible. Antes de marcharse definitivamente y en una casa ya casi vacia en la que retumbaban las voces con eco, Rosalinda organizo su ultima fiesta: en ella nos mezclamos escasos espanoles, bastantes europeos y un buen punado de arabes insignes para dar nuestro adios a aquella mujer que, con su aparente fragilidad, habia entrado en la vida de todos nosotros con la fuerza de un vendaval. A pesar de la incertidumbre del periodo que ante ella se abria, y haciendo esfuerzos por apartar de su mente las noticias que llegaban respecto a lo que acontecia en Europa, no quiso mi amiga separarse con pena de aquel Marruecos en el que tan feliz habia sido. Nos hizo por eso prometer entre brindis que la visitariamos en Madrid tan pronto como estuviera instalada y nos aseguro que, en correspondencia, regresaria a Tetuan asiduamente.
Fui la ultima en marchar aquella noche, no quise hacerlo sin despedirme a solas de quien tanto habia supuesto en aquella etapa de mi vida africana.
–Antes de irme quiero darte algo -dije. Le habia preparado una pequena caja de plata moruna transformada en un costurero-. Para que me recuerdes cuando necesites coserte un boton y no me tengas cerca.
La abrio ilusionada, le encantaban los regalos por insignificantes que fueran. Carretes diminutos de hilos de varios colores, un minusculo alfiletero y un canutero de agujas, unas tijeras que casi parecian de juguete y un pequeno surtido de botones de nacar, hueso y cristal, eso fue lo que encontro dentro.
–Preferiria tenerte a mi lado para que me siguieras solucionando estos problemas, pero me encanta el detalle -dijo abrazandome-. Como el genio de la lampara de Aladin, cada vez que abra la caja, de ella saldras tu.
Reimos: optamos por afrontar la despedida con el buen humor taponando la tristeza; nuestra amistad no se merecia un final amargo. Y con el animo en positivo, obligandose a no borrar de su rostro la sonrisa, partio al dia siguiente con su hijo rumbo a la capital en avion, mientras el personal de servicio y las posesiones avanzaban traqueteantes atravesando los campos del sur de Espana bajo la lona verde oliva de un vehiculo militar. Aquel optimismo duro poco, sin embargo. Al dia siguiente de su marcha, el 3 de septiembre de 1939 y ante la negativa germana a retirarse de la invadida Polonia, Gran Bretana declaro la guerra a Alemania y la patria de Rosalinda Fox hizo su entrada en lo que acabaria siendo la segunda guerra mundial, el conflicto mas sangriento de la historia.
El gobierno espanol se asento por fin en Madrid y lo mismo hicieron las legaciones diplomaticas tras lavar la cara a sus instalaciones, cubiertas hasta entonces por una sucia patina con color de guerra y abandono. Y asi, mientras Beigbeder se iba familiarizando con las dependencias oscuras de la sede de su ministerio -el viejo palacio de Santa Cruz-, Rosalinda no perdio un segundo de su tiempo y se implico con entusiasmo paralelo en la doble labor de acondicionar su nueva residencia y lanzarse de cabeza a la piscina de las relaciones sociales del Madrid mas elegante y cosmopolita: un reducto inesperado de abundancia y sofisticacion; una isla del tamano de una una flotando en mitad del negro oceano que era la capital devastada tras su caida.
Tal vez otra mujer de una naturaleza distinta habria optado por esperar con prudencia hasta que su influyente companero sentimental comenzara a establecer vinculos con los poderosos de los que incuestionablemente habria de rodearse. Pero Rosalinda no era de esa pasta y, por mucho que adorara a su Juan Luis, no tenia la menor intencion de convertirse en una sumisa querida agarrada a la estela de su cargo. Llevaba dando tumbos sola por el mundo desde antes de cumplir los veinte anos y, en aquellas circunstancias, por mucho que los contactos de su amante pudieran haberle abierto mil puertas, decidio una vez mas ingeniarselas por si misma. Utilizo para ello las estrategias de aproximacion en las que ya era tan habil: inicio el contacto con viejos conocidos de otros tiempos y geografias, y a traves de estos, y de sus amigos, y de los amigos de sus amigos, vinieron nuevas caras, nuevos cargos y titulos con nombres extranjeros o largamente compuestos en caso de ser espanoles. No tardaron en llegar a su buzon las primeras invitaciones a recepciones y bailes, a almuerzos, cocteles y cacerias. Antes de que Beigbeder fuese siquiera capaz de sacar la cabeza de entre las montanas de papeles y responsabilidades que se acumulaban entre las paredes de su lugubre despacho, Rosalinda habia ya comenzado a adentrarse en una red de relaciones sociales destinada a mantenerla entretenida en el nuevo destino al que su ajetreada vida la acababa de llevar.
No todo, sin embargo, fue al cien por cien exitoso en aquellos primeros meses en Madrid. Ironicamente, a pesar de sus magnificas dotes para las relaciones publicas, con quien no logro establecer el menor vinculo de afecto fue con sus propios compatriotas. Sir Maurice Peterson, el embajador de su pais, fue el primero en negarle el pan y la sal. A instancias de el mismo, tal falta de aceptacion se hizo pronto extensiva a la practica totalidad de los miembros del cuerpo diplomatico britanico destacado en la capital. En la figura de Rosalinda Fox no pudieron o no quisieron ellos ver a una potencial fuente de informacion de primera mano procedente de un miembro del gobierno espanol, ni siquiera a una compatriota a la que invitar protocolariamente a sus actos y celebraciones. Tan solo percibieron en ella a una incomoda presencia que ostentaba el indigno honor de compartir su vida con un ministro de aquel nuevo regimen proaleman hacia el que el gobierno de su graciosa majestad no mostraba la menor simpatia.
Aquellos dias tampoco fueron un camino de rosas para Beigbeder. El hecho de que hubiera permanecido a lo largo de la guerra en la periferia de las maquinaciones politicas hizo que en numerosas ocasiones resultara ninguneado como ministro en favor de otros dignatarios con mas peso en la forma y mas poderio en el fondo. Por ejemplo, Serrano Suner: el ya poderoso Serrano de quien todos recelaban y por el que muy pocos en el fondo parecian sentir la menor simpatia. «Tres cosas hay en Espana que acaban con mi paciencia: el subsidio, la Falange y el cunao de su excelencia», ironizaba un dicho castizo entre los madrilenos.
