aceptado el cargo cientos de veces: se sentia tremendamente incomodo en aquel ambiente tan hostil, incomodo como nunca antes lo habia estado en ningun otro de sus multiples destinos. La atmosfera era angustiosa, el calor insoportable. Las agitaciones falangistas frente a su embajada eran el pan nuestro de cada dia: les apedreaban las ventanas, les arrancaban los banderines y las insignias de los coches oficiales, e insultaban al personal britanico sin que las autoridades de orden publico movieran siquiera un pestana. La prensa emprendio una agresiva campana acusando a Gran Bretana de ser culpable del hambre que Espana padecia. Su presencia tan solo despertaba simpatias entre un numero reducido de monarquicos conservadores, apenas un punado de nostalgicos de la reina Victoria Eugenia con escaso poder de maniobra en el gobierno y aferrados a un pasado sin vuelta atras.

Se sentia solo, andando a tientas en medio de la oscuridad. Madrid le superaba, encontraba el ambiente absolutamente irrespirable: le oprimia el lentisimo funcionamiento de la maquinaria administrativa, contemplaba aturdido las calles llenas de policias y falangistas armados hasta las cejas, y veia como los alemanes actuaban a su aire envalentonados y amenazantes. Haciendo de tripas corazon y cumpliendo con las obligaciones de su cargo, procedio apenas instalado a entablar relaciones con el gobierno espanol y, de forma particular, con sus tres miembros principales: el general Franco y los ministros Serrano Suner y Beigbeder. Con los tres se reunio a los tres sondeo y de los tres recibio respuestas altamente diferentes.

Con el Generalisimo obtuvo audiencia en El Pardo un soleado dia de verano. A pesar de ello, Franco le recibio con las cortinas cerradas y la luz electrica encendida, sentado tras un escritorio sobre el que se alzaban arrogantes un par de grandes fotografias dedicadas de Hitler y Mussolini. En aquel ortopedico encuentro en el que hablaron por turnos, mediante interprete y sin opcion al mas minimo dialogo, Hoare quedo impactado por la desconcertante confianza en si mismo del jefe del Estado: por la autocomplacencia de quien se creia elegido por la providencia para salvar a su patria y crear un nuevo mundo.

Lo que con Franco marcho mal, con Serrano Suner se supero: todo fue peor. El poder del cunadisimo estaba en su esplendor mas fulgurante, tenia al pais enteramente en sus manos: la Falange, la prensa, la policia y acceso personal e ilimitado al Caudillo, por quien muchos intuian que sentia un cierto desprecio ante su inferior capacidad intelectual. Mientras Franco, recluido en El Pardo, apenas se dejaba ver, Serrano parecia omnipresente: el perejil de todas las salsas, tan distinto de aquel hombre discreto que visito el Protectorado en plena guerra, el mismo que se agacho a recoger mi polvera y cuyos tobillos contemple largamente por debajo de un sofa. Como si hubiese renacido con el regimen, asi surgio un nuevo Ramon Serrano Suner: impaciente, arrogante, rapido como un rayo en sus palabras y actos, con sus ojos gatunos siempre alerta, el uniforme de Falange almidonado y el pelo casi blanco repeinado hacia atras como un galan de cine. Siempre tenso, exquisitamente despectivo con cualquier representante de lo que el llamaba las «plutodemocracias». Ni en aquel primer encuentro ni en los muchos mas que a lo largo del tiempo habrian de mantener, consiguieron Hoare y Serrano aproximarse a ningun territorio cercano a la empatia.

Con el unico de los tres dignatarios con quien si logro el embajador entenderse fue con Beigbeder. Desde la primera visita al palacio de Santa Cruz, la comunicacion fue fluida. El ministro escuchaba, actuaba, se esforzaba por enmendar asuntos y resolver enredos. Se declaro ante Hoare tajante partidario de la no intervencion en la guerra, reconocio sin tapujos las tremendas necesidades de la poblacion hambrienta y se esforzo hasta la extenuacion por abrir acuerdos y negociar pactos para paliarlas. Cierto fue que su persona resulto para el embajador en principio un tanto pintoresca, incluso excentrica tal vez: absolutamente incongruente en su sensibilidad, cultura, maneras e ironia con la brutalidad del Madrid del brazo en alto y el ordeno y mando. Beigbeder, a ojos de Hoare, se sentia a todas luces incomodo entre la agresividad de los alemanes, la fanfarroneria de los falangistas, la actitud despotica de su propio gobierno y las miserias cotidianas de la capital. Tal vez por eso, por su propia anormalidad en aquel mundo de locos, Beigbeder le resultara a Hoare un tipo simpatico, un balsamo con el que frotarse las magulladuras provocadas por los latigazos de los propios companeros de filas del singular ministro de temple africano. Tuvieron desencuentros, cierto: puntos de vista enfrentados y actuaciones diplomaticas discutidas; reclamaciones, quejas y docenas de crisis que juntos intentaron solventar. Como cuando las tropas espanolas entraron en Tanger en junio dando por finiquitado de un plumazo su estatuto de ciudad internacional. Como cuando estuvieron a punto de autorizar desfiles de tropas alemanas por las calles de San Sebastian. Como tantas otras tiranteces en aquellos tiempos de desorden y precipitacion. A pesar de todo, la relacion ente Beigbeder y Hoare se fue haciendo cada dia mas comoda y cercana, constituyendo para el embajador el unico refugio en aquel terreno tormentoso en el que los problemas no paraban de surgir como las malas hierbas.

A medida que se acoplaba al pais, Hoare fue siendo consciente del largo alcance del poder de los alemanes en la vida espanola, de sus extensas ramificaciones en casi todos los ordenes de la vida publica. Empresarios, ejecutivos, agentes comerciales, productores de cine; personas dedicadas a actividades diversas con excelentes contactos en la administracion y el poder trabajaban como agentes al servicio nazi. Pronto supo tambien del mando ferreo que ejercian sobre los medios de comunicacion. La oficina de prensa de la Embajada de Alemania, con plena autorizacion de Serrano Suner, decidia a diario que informacion sobre el Tercer Reich se publicaba en Espana, como y con que palabras, insertando a su gusto cuanta propaganda nazi desearan en toda la prensa espanola y, de manera mas descarada y ofensiva, en el diario Arriba, el organo de la Falange que monopolizaba la mayor parte del escaso papel que para periodicos se disponia en aquellos tiempos de penuria. Las campanas contra los britanicos eran sangrientas y constantes, plagadas de mentiras, insultos y perversas manipulaciones. La figura de Churchill era motivo de las mas malignas caricaturas y el Imperio britanico, causa de constante mofa. El mas simple accidente en una fabrica o de un tren correo en cualquier provincia espanola se atribuia sin el menor reparo a un sabotaje de los perfidos ingleses. Las quejas del embajador ante tales atropellos, siempre, inexcusablemente, caian en saco roto.

Y mientras Sir Samuel Hoare iba acomodandose mal que bien a su nuevo destino, el antagonismo entre los ministerios de Gobernacion y Exteriores era cada vez mas evidente. Serrano, desde su todopoderosa posicion, organizo una estrategica campana a su manera: difundio rumores venenosos sobre Beigbeder, y alimento con ello la idea de que solo en sus propias manos se enderezaria la situacion. Y a medida que la estrella del antiguo alto comisario caia como una piedra en el agua, Franco y Serrano, Serrano y Franco, dos absolutos desconocedores de la politica internacional, ninguno de los cuales habia visto el mundo ni por un agujero, se sentaban a tomar chocolate con picatostes en El Pardo y, mano a mano, disenaban sobre el mantel de la merienda un nuevo orden mundial con la pasmosa osadia a la que solo pueden llevar la ignorancia y la soberbia.

Hasta que Beigbeder revento. Iban a echarle y el lo sabia. Iban a prescindir de el, a darle una patada en el trasero y mandarle a la calle: ya nos les interesaba para su cruzada gloriosa. Le habian arrancado de su Marruecos feliz y le habian asignado a un puesto altamente deseable para despues atarle de pies y manos y meterle una bola de trapo en la boca. Jamas habian valorado sus opiniones: de hecho, es probable que jamas se las pidieran. Nunca pudo tener iniciativa ni criterio, no le querian mas que para llenar con su nombre una cartera ministerial y para que actuara como un funcionario servil, pusilanime y mudo. Aun asi, sin gustarle en absoluto la situacion, acato la jerarquia y trabajo incansable por aquello que se le estaba pidiendo, soportando con entereza el maltrato sistematico al que Serrano le mantuvo sometido durante meses. Primero fueron los pisotones, los empujones, el quitate tu para que me ponga yo. Aquellos empujones tardaron poco en convertirse en humillantes collejas. Y las collejas pronto se tornaron en patadas en los rinones, y las patadas pasaron finalmente a ser a cuchilladas en la yugular. Y cuando Beigbeder intuyo que lo siguiente seria pisarle la cabeza, entonces, estallo.

Estaba cansado, harto de las impertinencias y la altivez del cunadisimo, del oscurantismo de Franco en sus decisiones; harto de nadar a contracorriente y sentirse ajeno a todo, de estar al mando de un barco que,

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