desde el momento en que inicio su travesia, llevaba un rumbo equivocado. Por eso, tal vez queriendo emular una vez mas a sus anorados amigos musulmanes, resolvio liarse, como un turbante moruno, la manta a la cabeza. Habia llegado el momento de que la amistad discreta que hasta entonces habia mantenido con Hoare saliera a la luz y se hiciera publica; de que traspasara los reductos privados, los despachos y los salones en los que hasta entonces se habia mantenido. Y con ella por bandera, se echo a la calle: a plena calle, sin cobijo alguno. Al aire, bajo la solanera impenitente del verano. Empezaron a comer juntos casi a diario en las mesas mas visibles de los restaurantes mas conocidos. Y despues, como dos arabes recorriendo las estrechas callejuelas de la moreria de Tetuan, asi agarraba Beigbeder al embajador por el brazo llamandole «hermano Samuel» y, con ostentosa parsimonia, paseaban por las aceras de Madrid. Desafiante Beigbeder, provocador, quijotesco casi. Un dia, otro y otro, charlando en intima cercania con el enviado de los enemigos, demostrando con arrogancia su desprecio por los alemanes y los germanofilos. Y asi pasaban por la Secretaria General del Movimiento en la calle Alcala; por la sede del diario
A pesar de que
De todo esto no me entere yo porque lo viviera de primera mano, sino porque Rosalinda, a lo largo de todos aquellos meses, me mantuvo informada traves de una cadena de extensas cartas que yo recibia en Tetuan como agua de mayo. A pesar de su agitada vida social, la enfermedad la obligaba a permanecer aun largas horas en cama, horas que dedicaba a escribir cartas y a leer las que sus amigos le enviabamos. Y asi establecimos una costumbre que nos mantuvo vinculadas con un hilo invisible a lo largo de los tiempos y las geografias. En sus ultimas noticias de finales de agosto de 1940, me decia que los periodicos de Madrid hablaban ya de la inminente salida del gobierno del ministro de Asuntos Exteriores. Pero para ello aun tuvimos que esperar unas cuantas semanas, seis o siete. Y a lo largo de ellas, pasaron cosas que, una vez mas, alteraron para siempre el curso de mi vida.
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Una de las actividades que me acompanaron desde la llegada de mi madre a Tetuan fue leer. Ella mantenia la costumbre de acostarse temprano, Felix ya no cruzaba el descansillo, y a mis noches comenzaron a sobrarle muchas horas. Hasta que, una vez mas, a el se le ocurrio una solucion para llenar mi tedio. Tuvo nombre de mujeres y llego entre dos tapas:
El estomago me dio un vuelco y, a pesar de ello, no pude reprimir una carcajada. Sabia quien enviaba la misiva, no necesitaba firma. En tropel volvieron a mi memoria docenas de recuerdos: musica, carcajadas, cocteles, urgencias inesperadas y palabras extranjeras, pequenas aventuras, excursiones con la capota del coche bajada, ganas de vivir. Compare aquellos dias del pasado con el presente sosegado en el que las semanas transcurrian monotonas entre costuras y pruebas, seriales en la radio y paseos con mi madre al atardecer. Lo unico moderada mente emocionante que vivi en aquellos tiempos fue alguna pelicula a la que Felix me arrastro,
En el dia y la hora fijados, sin embargo, no encontre ninguna fiesta en el bar del El Minzah, tan solo cuatro o cinco pequenos grupos aislados de gente desconocida y un par de bebedores solitarios en la barra. Tampoco tras ella estaba Dean. Demasiado temprano tal vez para el pianista, el ambiente era mortecino, distinto de tantas noches tiempo atras. Me sente a esperar en una mesa discreta y rechace al camarero que se acerco. Siete y diez, siete y cuarto, siete y veinte. Y la fiesta seguia sin empezar. A las siete y media me acerque a la barra y pregunte por Dean. Ya no trabaja aqui, me dijeron. Ha abierto su propio negocio, Dean's Bar. ?Donde? En la rue Amerique du Sud. Vole. En dos minutos estaba alli, apenas unos cientos de metros separaban ambos locales. Dean, enjuto y oscuro como siempre, capto mi presencia desde detras de la barra apenas mi silueta se perfilo en la entrada. Su bar estaba mas animado que el del hotel: no habia muchos clientes, pero las conversaciones tenian un tono mas alto, mas distendido, y se oian algunas risas. El propietario no me saludo: tan solo, con una breve mirada negra como el tizon, me senalo una cortina al fondo. A ella me dirigi. Terciopelo verde, pesado. Lo aparte y entre.
–Llegas tarde a mi fiesta.
Ni las paredes sucias, ni la luz mortecina de la triste bombilla; ni siquiera las cajas de bebidas y los sacos de cafe apilados alrededor restaban un apice al glamour de mi amiga. Tal vez ella, tal vez Dean, o los dos quiza antes de abrir el bar aquella tarde, habian transformado temporalmente el pequeno almacen en un habitaculo exclusivo para un encuentro privado. Tan privado que solo habia dos sillas separadas por un barril cubierto con un mantel blanco. Sobre el, un par copas, una coctelera, una cajetilla de cigarrillos turcos y un cenicero. En un rincon, haciendo equilibrios sobre un monton de cajones, la voz de Billie Holiday cantaba
Llevabamos un ano entero sin vernos, el que habia transcurrido desde su marcha a Madrid. Seguia en los huesos, con la piel transparente y aquella onda rubia siempre a punto de caerle sobre el ojo. Pero su gesto no era el de los dias despreocupados del pasado, ni siquiera el de los momentos mas duros de la convivencia con su marido o su posterior convalecencia. No pude percibir con exactitud donde radicaba el cambio, pero todo en ella se habia trastocado un poco. Parecia algo mayor, mas madura. Un poco cansada quiza. Por sus cartas habia yo ido sabiendo de las dificultades que Beigbeder y ella misma habian encontrado en la capital. No me habia dicho, en cambio, que tuviese prevista una visita a Marruecos.
Nos abrazamos, reimos como colegialas, halagamos con exageracion nuestro vestuario y volvimos a reir. La habia echado tanto de menos. Tenia a mi madre, cierto. Y a Felix. Y a Candelaria. Y mi taller y mi nueva
