urgente en su espanol arrebatado.

–Sinora Fox dice sinorita Sira ir corriendo a las Palmeras.

La maquina estaba en marcha, habia llegado el final. Marcus cogio su sombrero y yo no pude resistirme a abrazarle una vez mas. No hubo palabras, no habia nada mas que decir. Unos segundos despues, de su presencia solida y cercana tan solo quedo el rastro de un leve beso en mi pelo, la imagen de su espalda y el ruido doloroso de la puerta al cerrarse tras el.

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TERCERA PARTE

33

A partir de la marcha de Marcus y el desembarco de mi madre, la vida se me dio la vuelta como un calcetin. Llego ella esqueletica una tarde de nubes, con las manos vacias y el alma baqueteada, sin mas equipaje que su viejo bolso, el vestido que llevaba puesto y un pasaporte falso prendido con un imperdible al tirante del sosten. Sobre su cuerpo parecia haber caido el paso de veinte anos: la delgadez le marcaba las cuencas de los ojos y los huesos de las claviculas, y las primeras canas aisladas que yo recordaba eran ya mechones enteros de pelo gris. Se adentro en mi casa como un nino arrancado del sueno en mitad de la noche: desorientada, confusa, ajena. Como si no acabara de entender que su hija vivia alli y que, a partir de entonces, ella tambien iba a hacerlo.

En mi imaginacion habia previsto aquel reencuentro tan ansiado como un momento de alegria sin contencion. No fue asi. Si hubiera de elegir una palabra para describir la estampa, seria tristeza. Casi no hablo y tampoco mostro el menor entusiasmo por nada. Tan solo me abrazo con fuerza y se mantuvo despues agarrada a mi mano como si temiera que fuera a escaparme a algun sitio. Ni una risa, ni una lagrima y muy pocas palabras, eso fue todo lo que hubo. Apenas quiso probar lo que para ella habiamos preparado entre Candelaria, Jamila y yo: pollo, tortillas, tomates alinados, boquerones, pan moruno; todo aquello que supusimos que en Madrid llevaban tanto tiempo sin comer. No hizo el menor comentario respecto al taller, ni sobre la habitacion que le habia instalado con una gran cama de roble y una colcha de cretona que yo misma cosi. No me pregunto que habia sido de Ramiro, ni mostro curiosidad por la razon que me habia impulsado a instalarme en Tetuan. Y, por supuesto, no pronuncio palabra alguna respecto al funesto viaje que la habia llevado hasta Africa ni menciono una sola vez los horrores que habia dejado atras.

Tardo en aclimatarse, jamas habria imaginado ver a mi madre asi. La resuelta Dolores, la que siempre estuvo al mando con la sentencia justa en el momento oportuno, habia dejado paso a una mujer sigilosa y cohibida a la que me costaba trabajo reconocer. Me dedique a ella en cuerpo y alma, deje practicamente de trabajar: no habia mas actos importantes previstos y mis clientas podrian aceptar la espera. Le lleve dia a dia el desayuno a la cama: bollos, churros, pan tostado con aceite y azucar, cualquier cosa que la ayudara a recuperar algo de peso. La ayude a banarse y le corte el pelo, le cosi ropa nueva. Me costo sacarla de casa, pero poco a poco el paseo mananero se fue convirtiendo en algo obligatorio. Recorriamos del brazo la calle Generalisimo, llegabamos hasta la plaza de la iglesia; a veces, si la hora cuadraba, la acompanaba a misa. Le mostre rincones y esquinas, la obligue a ayudarme a elegir telas, a oir coplas en la radio y a decidir que ibamos a comer. Hasta que muy lentamente, pasito a paso, fue volviendo a su ser.

Nunca le pregunte que habia pasado por su cabeza a lo largo de ese tiempo de transicion que parecio durar una eternidad: esperaba que me lo contara alguna vez, pero nunca lo hizo y yo tampoco insisti. Tampoco me intrigaba: intui que aquel comportamiento no era mas que una manera inconsciente de afrontar la incertidumbre que provoca el alivio cuando se mezcla con la pena y el dolor. Por eso, tan solo la deje adaptarse sin presionarla, manteniendome a su lado, dispuesta a sostenerla si necesitaba apoyo y con un panuelo a mano listo para secarle las lagrimas que nunca llego a verter.

Note su mejoria cuando empezo a tomar pequenas decisiones por si misma: hoy creo que voy a ir a misa de diez, que te parece si me acerco con Jamila al mercado y compro arreglo para hacer un arroz. Poco a poco dejo de acobardarse cada vez que oia el ruido potente de algun objeto al caer o el motor de un avion sobrevolando la ciudad; la misa y el mercado pronto se convirtieron en rutinas y a ellas, despues, les acompanaron algunos movimientos mas. El mas grande de todos fue volver a coser. A pesar de mis esfuerzos, desde que llego no habia logrado que mostrara el menor interes por la costura, como si aquello no hubiera sido el andamiaje de su existencia durante mas de treinta anos. Le ensene los figurines extranjeros que ya compraba en Tanger yo misma, le hable de mis clientas y sus caprichos, intente animarla con el recuerdo de anecdotas de cualquier modelo que alguna vez cosimos juntas. Nada. No consegui nada, como si le hablara en una lengua incomprensible. Hasta que una manana cualquiera asomo la cabeza al taller y pregunto ?te ayudo? Supe entonces que mi madre habia vuelto a vivir.

A los tres o cuatro meses de su llegada logramos la serenidad. Con ella incorporada, los dias se volvieron menos ajetreados. El negocio seguia marchando a buen ritmo, nos permitia pagar a Candelaria mes a mes y dejar para nosotras lo suficiente como para mantenernos con holgura, ya no habia necesidad de trabajar sin resuello. Volvimos a entendernos bien, aunque ninguna era ya la que fue y ambas sabiamos que frente a nosotras teniamos a dos mujeres diferentes. La fuerte Dolores se habia hecho vulnerable, la pequena Sira era ya una mujer independiente. Pero nos aceptamos, nos apreciamos y, con los papeles bien definidos, nunca volvio a instalarse entre nosotras la tension.

El ajetreo de mi primera etapa en Tetuan me parecia ya algo remoto, como si perteneciera a una etapa de mi vida ocurrida hacia siglos. Atras quedaron las incertidumbres y las andanzas, las salidas hasta la madrugada y el vivir sin dar explicaciones; atras quedo todo para dar paso al sosiego. Y, a veces tambien, a la mas mortecina normalidad. La memoria del pasado, sin embargo, pervivia aun conmigo. Aunque la tuerza de la ausencia de Marcus se fue poco a poco diluyendo, su recuerdo quedo pegado a mi, como una compania invisible cuyos contornos solo yo podia percibir. Cuantas veces lamente no haberme aventurado mas en mi relacion con el, cuantas veces me maldije por haber mantenido una actitud tan estricta, cuanto le eche de menos. Aun asi, en el fondo me alegraba de no haberme dejado llevar por los sentimientos: de haberlo hecho, su lejania probablemente habria sido mucho mas dolorosa.

Con Felix no perdi el contacto, pero la llegada de mi madre trajo aparejada el fin de sus visitas nocturnas y con ello acabo el trasiego de puerta a puerta, las estrafalarias lecciones de cultura general y su compania desbordada y entranable.

Mi relacion con Rosalinda tambien cambio: la presencia de su marido se alargo mucho mas de lo previsto, absorbiendo su tiempo y su salud como una sanguijuela. Felizmente, al cabo de casi siete meses, Peter Fox aclaro sus ideas y resolvio regresar a la India. Nadie supo nunca como los efluvios del alcohol permitieron que se abriera en su mente un resquicio de lucidez, pero el caso fue que el mismo tomo la decision una manana cualquiera, cuando su mujer estaba ya al borde del colapso. No obstante, poca cosa buena acarreo su marcha mas alla del alivio infinito. Por supuesto, jamas se convencio de que lo mas sensato seria tramitar el divorcio de una vez y terminar con aquella farsa de matrimonio. Se suponia, al contrario, que iba a liquidar sus negocios en Calcuta y a regresar despues para instalarse definitivamente con su esposa y su hijo, a disfrutar junto a ellos de una jubilacion anticipada en el pacifico y barato Protectorado espanol. Y para que no se fueran acostumbrando a la buena vida antes de tiempo, decidio que, tras anos sin modificaciones, tampoco aquella vez iba a subirles la pension ni una sola libra esterlina.

–En caso de necesidad, que te ayude tu querido amigo Beigbeder -sugirio a modo de

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