– No. No, prefiero no llamarle alli. Oiga, ?podria decirle que me llame? ?En cuanto llegue a casa?
– ?Tiene algo que ver con ese edificio estupido de la Parrilla?
Alison tenia la costumbre de llamar estupidos a los edificios inteligentes, solo para molestar a Mitch.
– En cierto modo, si.
– Hoy es domingo. Dia de descanso, por si lo ha olvidado. ?No puede esperar a manana?
– Lo siento, pero no. Y preferiria no llamarle al estudio. Seria mejor que me llamara el. Digale… Digale…
– ?Que le diga que? ?Que le quiere? -Se rio de su propia broma- ?Que se marcha en un avion de reaccion? ?Que?
Grabel respiro hondo.
– Oiga, no deje de darle el recado, por favor. ?De acuerdo?
– No faltaba mas.
Pero Grabel ya habia colgado.
– ?Gilipollas! -dijo Alison, dando otro mordisco a la manzana. Cogio un boligrafo y lo mantuvo unos momentos sobre un cuaderno. Luego lo penso mejor. Ya era bastante lamentable que Mitch trabajase en domingo. Hablaba con sus colegas todos los dias en el estudio. Dejo el boligrafo a un lado.
Mitch tardo dos dias en atreverse a plantear a Jenny Bao su penosa mision. No seria facil convencerla de que se aviniese a los deseos de Richardson. Estaba seguro de que le queria, pero eso no significaba que la tuviese en el bolsillo. Salio temprano de casa, compro flores en una estacion de servicio de la Freeway, y a las ocho y cuarto ya estaba a la puerta del chale de madera gris. Se quedo diez minutos sentado en el coche, buscando justificaciones para lo que iba a hacer. Al fin y al cabo solo se trataba de un certificado provisional. Solo para unos dias. No habia nada malo en eso.
Era una bonita manana y la casa de Jenny tenia un aspecto limpio y bien cuidado. Dos naranjos en macetas de barro flanqueaban los escalones de la puerta de caoba. Mitch se pregunto si otra asesora de feng shui habria previsto buenos auspicios para su mision matinal.
Bajo del coche, llamo al timbre y encontro a Jenny ya vestida, con camiseta y pantalones. Se alegro de verle, pero el noto su recelo por las flores. Nunca le llevaba flores.
– ?Te apetece un te? -le dijo-. ?Otra cosa?
Normalmente, el «otra cosa» los habria llevado a hacer el amor. Pero Mitch penso que, dadas las circunstancias, irse a la cama no estaria bien. Acepto el te y la vio prepararlo con su particular estilo chino. En cuanto tuvo en las manos la tacita de porcelana, fue derecho al grano, disculpandose por tener que pedirselo y reconociendo que la ponia en una situacion dificil, pero recalcando el hecho de que la mentira solo duraria dos o tres dias como maximo. Jenny le escucho hasta el final, llevandose la taza a los labios con ambas manos, casi ceremonialmente y, cuando hubo terminado, asintio con la cabeza sin decir palabra.
– ?Eso es que si? -pregunto Mitch, sorprendido.
– No -suspiro ella-. Aunque lo pensare, por deferencia hacia ti.
Bueno, ya era algo, penso el. Habia esperado que le diera un no tajante. Jenny tardo dos o tres minutos en volver a hablar.
– El
– Lo entiendo -dijo el-. Te estoy pidiendo mucho, lo se.
– ?Es verdaderamente tan importante esa inspeccion de entrega?
– Mucho.
Guardo silencio otro minuto. Luego le rodeo con los brazos.
– A primera vista me inclino a decirte que no, por las razones que te he mencionado. Pero como eres tu, y porque te quiero, no voy a decepcionarte. Dame veinticuatro horas. Entonces tendras mi respuesta.
– Gracias -dijo Mitch-. Comprendo lo dificil que debe ser esto.
Jenny sonrio y le beso en la mejilla.
– No, Mitch, no creo que lo entiendas. Si lo entendieses, nunca me lo habrias pedido.
– Pero no iras a abandonar ahora -dijo el japones-. Seguro que…
– Ya lo creo que voy a abandonar -afirmo Cheng Peng Fei.
– ?Por que? Ya estabas cogiendo la idea.
– Han tratado de colgarme el asesinato de un guarda jurado de la Yu Corp.
Se encontraban de nuevo en el restaurante Mon Kee de la North Spring Street, con el japones atareado frente a una imponente comida y Cheng Peng Fei tratando de alargar una cerveza solitaria.
– ?Colgarte un asesinato? -rio el japones-. Ni que fueras James Cagney.
– Tuve suerte de librarme, creame. Pense que la policia iba a inculparme. Y no estoy seguro de que hayan renunciado del todo. Tuve que entregarles el pasaporte.
– ?Quien querria comprometerte, Cheng?
– No se -dijo Cheng, encogiendose de hombros-. Quiza alguien de la Yu Corporation. O usted, a lo mejor. Si, puede que fuese usted.
– ?Yo? -Al japones parecio divertirle la idea-. ?Por que yo?
– A lo mejor fue usted quien mato al guarda jurado.
– Espero sinceramente que no presentaras a la policia esa teoria tuya.
– No le he mencionado para nada. ?Como podria haberlo hecho? Ni siquiera se su nombre. En eso ha tenido cuidado.
– A lo mejor llevas un microfono para grabar nuestra conversacion.
– A lo mejor -convino Cheng, aunque se abrio la camisa al mismo tiempo para mostrar que no llevaba nada pegado al pecho-. De todas formas, la manifestacion se ha acabado. El Ayuntamiento llamo a Inmigracion y nos han controlado a todos. Descubrieron que algunos no cumplian las normas del visado. Tenian que estudiar ingles, no trabajar en restaurantes.
El japones meneo tristemente la cabeza.
– Es una pena -comento-. Supongo que ahora tendre que intervenir personalmente. Me tocara marcar algunos tantos.
– ?De que modo?
– Pues no se. Un pequeno sabotaje, quiza. No tienes idea de lo que soy capaz.
– En eso se equivoca. Le creo capaz casi de cualquier cosa.
El japones se puso en pie.
– Sabes, Cheng, si estuviese en tu lugar me procuraria una buena coartada. -?Para cuando?
El japones arrojo unos billetes sobre la mesa. -Para el tiempo que haga falta.
Allen Grabel llamo a Richardson y Asociados y pidio hablar con Mitch.
La telefonista se llamaba Dominique.
– ?Quien llama, por favor?
Grabel tenia la impresion de que no le caia muy bien a Dominique, asi que se limito a darle su nombre de pila. Mitch probablemente conoceria a dos o tres Allen. Espero unos momentos. Luego Dominique le dijo:
– Lo siento, no contesta. ?Quiere dejar algun recado?
– Digale que me llame. -Grabel le dio su numero. Era dificil que Dominique lo reconociese-. En cuanto llegue.
Grabel colgo y miro el reloj. Le quedaban quince minutos para la proxima copa.
?Por que no le habia llamado Mitch? Solo podia haber una razon: la bruja de su mujer no le habia dado el recado. No era de extranar que Mitch estuviese liado con aquella mujer con la que le vio salir de la Parrilla. Entonces se le ocurrio que alli era donde podria encontrarlo. Desde aquella noche no tenia las ideas claras. Pero Mitch lo entenderia, el sabria que hacer.
Descolgo el telefono y marco el numero. En cuanto empezo a sonar, colgo. Con el sistema telefonico de la Parrilla nunca se sabia quien estaria escuchando. Volvio a mirar el reloj. Diez minutos todavia. Pero no podia volver alli, de ninguna manera. Tenia miedo, le asustaba lo que pudiera pasarle. ?Y si todo eran imaginaciones suyas? ?Que le harian entonces? Eso era casi tan espantoso como la otra posibilidad.
Kay Killen se paso la vispera de la inspeccion previa de Ray Richardson en la sala del consejo de administracion de la planta veintiuno, comprobando en el ordenador los planos bidimensionales y los modelos
