– ?Como puede hacer ya diez anos? -dijo el, tragandose el nudo que tenia en la garganta, tan grande como una pelota de beisbol.

– Lo se, lo se. Llevo toda la semana pensando lo mismo.

– Y yo sigo aqui. -Sacudio la cabeza-. No pasa un dia sin que me acuerde de el. Sin que me pregunte: ?por que el, y no yo?

– ?Vas a ir a Hillside?

– Llegaras tarde a trabajar.

Curtis alzo los hombros, con indiferencia.

– ?Y que? De todas formas, nunca me ascenderan a comisario.

– Frank…

– Ademas -dijo sonriendo-, no entro hasta la una.

Ella le devolvio la sonrisa.

– Voy a hacer cafe.

– No es que necesite ver la lapida para recordarle, ?sabes? Siempre lo recuerdo tal como era… -Se encogio de hombros-. A lo mejor, despues de diez anos ya es hora de olvidarlo un poco.

Pero antes de salir de casa coloco un pequeno cortacespedes en el maletero.

El cementerio de Hillside Memorial Park solo estaba a diez minutos de coche, cerca de la San Diego Freeway y del aeropuerto. Frank Curtis hacia el trayecto todos los anos y, con los 747 a solo unas decenas de metros sobre su cabeza, limpiaba la tumba de su hermano. Como persona practica, Curtis preferia senalar su recuerdo con aquel pequeno acto de devocion. Como una penitencia, penso. No era gran cosa, pero al menos le consolaba un poco.

Cuando llego a New Parker Center, Curtis tenia deseos de pensar en otra cosa, de acabar el trabajo atrasado y empezar algo nuevo. Escribio informes a maquina, los entrego a los agentes encargados del archivo, relleno sus formularios de gastos, repaso la agenda y no pronuncio una palabra.

Nathan Coleman observaba a su companero preguntandose que le habria movido a aquella insolita exhibicion de celo burocratico.

Curtis desdoblo un papel y lo dejo sobre la mesa. Era la octavilla de Cheng Peng Fei, que protestaba por la actitud de la Yu Corporation hacia los derechos humanos. Se la paso a Coleman.

– He leido eso, ?sabes? -dijo al fin-. Y tiene razon. Cualquier empresa que este tan conchabada con el gobierno chino como la Yu Corp no deberia tener relaciones comerciales con este pais.

– Diselo al Congreso -repuso Coleman-. Acabamos de renovar a China el trato de nacion mas favorecida.

– Lo de siempre, Nat. Las putas del Capitolio.

– Oye, Frank, queria decirte una cosa -dijo Coleman-. Me he enterado esta manana. Inmigracion ha retenido a otros tres de esos chinos.

– Pero ?que han hecho, por todos los santos?

– Dicen que no cumplian las condiciones del visado. Estaban trabajando, o alguna chorrada por el estilo. Pero un amigo que tengo alli me ha dicho que en el Ayuntamiento movieron los hilos para que los expulsasen del pais. Y entonces los manifestantes de la Parrilla liaron los bartulos y se fueron a casa.

– Que interesante.

– Parece que ese arquitecto tiene muchos amigos ahi.

– ?Ah, si?

– En menos de setenta y dos horas estaran en un avion de vuelta a Hong Kong. -Coleman se encogio de hombros-. O a donde sea.

– Cheng sigue aqui, ?no?

– Si. Pero aunque se reuniera con Sam Gleig, el forense sigue diciendo que el no pudo matarlo.

Tras un silencio, Curtis pregunto:

– No hemos vuelto a saber de ellos, ?verdad? Esos marcianos de la Parrilla tenian que haber llamado a un mecanico de la Otis para que comprobase la seguridad del ascensor. Ya hace una semana. Mucho tiempo en una investigacion de asesinato, ?no te parece?

– Puede que al ordenador se le haya olvidado llamar -aventuro Coleman.

– Tambien he pensado en esa fotografia. Suponiendo que sea un montaje, ?quien podria haberlo hecho mejor que alguno del edificio de la Yu Corporation? Vaya pedazo de ordenador que tienen alli. ?Que te parece esto, Nat? Aqui tienes el movil: algo va mal con los ascensores, pero alguien quiere taparlo durante un tiempo. Alguno de los arquitectos, a lo mejor. En esa obra hay mucho dinero en juego. Millones. Me lo dijo uno de ellos. Mas o menos me pidio que no dieramos publicidad al asunto. Dijo que daria mala impresion que alguien fuese asesinado en un edificio inteligente. Pero ?preferiria que un pelmazo de manifestante cargara con la culpa de una muerte accidental en vez de su punetero edificio?

– Yo diria que si.

– Estupendo. Porque yo tambien.

– ?Quieres que les llame? -pregunto Coleman-. ?A esos mamones de marcianos?

Curtis se puso en pie y cogio la chaqueta del respaldo de la silla.

– Se me ocurre algo mejor -aseguro-. Es viernes por la tarde.

Estaran preparandose para el fin de semana. Vamos a jorobarlos un poco.

Ray Richardson era de los arquitectos a quienes no les gustan las sorpresas, y tenia la costumbre de inspeccionar hasta el ultimo detalle de los suelos, paredes, techos, puertas, ventanas, instalaciones electricas y de servicios, sanitarios y carpinteria, acompanado de los componentes de su equipo de proyecto, antes de repetir formalmente la misma operacion con el cliente.

Y, pese a su caracter informal, la inspeccion tenia visos de durar todo el dia. Tony Levine habria preferido que la visita de Richardson se hubiese llevado a cabo en varias etapas breves en vez de en una sola y prolongada sesion cuyo resultado, debido a la irritabilidad del arquitecto, podria verse comprometido. Pero, como de costumbre, su jefe estaba sometido a un programa de trabajo muy cargado.

Despues de recorrer el edificio durante cinco horas como un autocar de turistas, el equipo de proyecto habia llegado a la piscina de la Parrilla. Con veinticinco metros de largo por ocho de ancho, estaba situada en la parte trasera del edificio, bajo una claraboya rectangular ligeramente abombada, y todo -paredes, baldosas, lucernarios, incluso la capa anticorrosion de las vigas de acero- era del mismo tono gris claro menos el agua, de color zafiro y siempre a veintinueve grados. El efecto general era a la vez aseptico y relajante.

Tras una mampara de vidrio que protegia el bar de las salpicaduras de los banistas, Richardson comprobo la adherencia de las baldosas, la limpieza de las superficies, los interruptores electricos de las paredes, las rejillas de evacuacion del suelo, las espirales de los cilindros solares para calentar el agua y las juntas de los paneles colgantes de silicona transparente.

– ?Quieres dar una vuelta por la piscina, Ray? -pregunto Helen Hussey.

– ?Por que no?

– Entonces, tendremos que quitarnos los zapatos para no estropear la terraza -ordeno ella-. Sobre todo, no hay que dejar marcas de tacones en esas preciosas baldosas blancas.

– Bien pensado -aprobo Richardson. Pero al apoyarse en la pared para quitarse los zapatos ingleses hechos a mano, se le ocurrio otra idea y anadio-: Es una piscina estupenda, desde luego. Pero el aspecto es una cosa y la experiencia otra. Me refiero a que no se que tal sera banarse ahi dentro. ?Se le ha ocurrido a alguien traer traje de bano? Porque alguien tendra que meterse para decirnoslo. A lo mejor esta demasiado caliente. O muy fria. O tiene demasiados productos quimicos.

– O esta muy humeda -murmuro alguien.

Richardson miro al equipo y espero.

– ?Algun voluntario? Yo me meteria si tuviera tiempo, dan ganas.

– Yo tambien -tercio Joan-. Pero Ray tiene razon, desde luego. Las consideraciones esteticas son una cosa. Y otra, que las apruebe el banista.

– Bueno, a mi no me importa banarme en ropa interior -concluyo Kay Killen con una amplia sonrisa. Se encogio de hombros y anadio-: En realidad, me vendria bien nadar un poco. Los pies me estan matando.

– Buena chica -dijo Ray Richardson.

Mientras Kay se dirigia a los vestuarios, Joan, Tony Levine, Helen Hussey y Marty Birnbaum se descalzaron y siguieron a Richardson a la terraza de la piscina. Mitch se quedo al otro lado de la mampara de vidrio con Aidan

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