destacaba un ordenador. Al otro extremo de la sala se veia un pequeno recinto con un bar. Bajo el enorme ventanal habia un largo sofa de cuero negro. Curtis se acerco a apreciar la vista. Nathan Coleman fue a mirar los aparatos electronicos. Mitch abrio su ordenador portatil, inserto un disco y empezo a abrir ventanas en la pantalla.

– La oficina sin papel, ?eh? -sonrio Curtis.

– Gracias a los ordenadores, inspector -repuso Mitch-. Certificados para esto, licencias para lo otro. Hasta hace muy pocos anos, nos ahogabamos en papel. Ahi lo tenemos.

Mitch volvio hacia Curtis la pantalla, que mostraba el informe de los ingenieros.

– Sabe, inspector, el Otis Elevonic 411 es un modelo de ascensor especialmente seguro y eficaz. En realidad, es el mas moderno del mercado. Y, por si eso no bastara, Abraham se encarga de supervisar y controlar el buen estado del sistema en su conjunto. Comprueba si se ha producido alguna irregularidad en las prestaciones y si es necesaria una operacion de mantenimiento. Y cuando decide que hace falta la intervencion de un tecnico, esta programado para llamar directamente a la Otis y comunicarselo.

Curtis miro fijamente la pantalla con aire inexpresivo y asintio con la cabeza.

– Como puede ver -anadio Mitch-, los tecnicos lo examinaron todo: el dispositivo de control de la velocidad, la unidad de control logico, la unidad de modulacion de amplitud de vibracion, el sistema de control de movimiento, la transmision sin engranajes. Todo lo encontraron en perfecto estado de funcionamiento.

– Desde luego, parece que han sido muy concienzudos -observo Curtis-. ?Puede sacarme una impresion de esto? Lo necesito para el informe del forense.

– ?Por que no se lleva el disco? -sugirio Mitch, sacando el pequeno objeto de plastico de un costado del portatil y deslizandolo hacia el inspector.

– Gracias -dijo Curtis en tono inseguro.

Por un momento, los tres hombres guardaron silencio. Luego, Mitch dijo:

– Me he enterado de que han soltado ustedes a ese estudiante chino.

– Ah, ?se ha enterado? Pues, a decir verdad, senor, no tuvimos mas remedio. Era completamente inocente.

– Pero ?y la fotografia?

– Si, ?que pasa con esa fotografia? El problema es, sencillamente, que no cuadra con las conclusiones del forense. Han determinado que Cheng Peng Fei es muy bajo para haber golpeado a Sam Gleig en la cabeza. Muy bajo y poco fuerte.

– Entiendo.

– ?Sabia usted que algunos de los chicos que estaban ahi fuera van a ser deportados?

– ?Deportados? Es un poco excesivo, ?no cree?

– Nosotros no tenemos nada que ver -le informo Curtis-. No, parece que alguien del Ayuntamiento ha movido algunos hilos para echarlos del pais de una patada en el culo.

– ?Ah, si?

– Desde entonces, los demas manifestantes han desaparecido -dijo Coleman-. Como si les hubiera entrado miedo.

– Ya me preguntaba donde se habrian metido -comento Mitch, encogiendose de hombros.

– Menudo alivio para ustedes, ?no? -repuso Coleman-. Y es que debian ser una verdadera lata.

– Bueno, no digo que no me alegre. Y ese tipo me rompio el parabrisas. Por otro lado, deportarlos parece un tanto excesivo. No es lo que yo pretendia.

Coleman asintio.

– Parece que su jefe tiene mucha influencia en el Ayuntamiento -observo Curtis.

– Mire -dijo Mitch-, se que queria echar a los manifestantes. Hablo con el primer teniente de alcalde. Eso es todo. Estoy seguro de que en realidad no queria que expulsaran a nadie del pais.

Mitch era consciente de que, tratandose de Ray Richardson, no podia estar seguro de nada; y pensando que seria mejor cambiar de tema, senalo con la mano el informe de los ingenieros.

– Bueno -dijo-, ?en que situacion nos deja este informe?

– Me temo que nos deja con un homicidio sin resolver -admitio Curtis-. Lo que no es bueno ni para ustedes ni para nosotros.

– En el pasado de Sam Gleig podria encontrarse alguna pista. ?Tenia antecedentes penales, por el amor de Dios! No pretendo ser grosero, pero no entiendo por que no centran sus investigaciones en eso. Me temo que las posibilidades son bastante limitadas.

– Bueno, es una forma de verlo -admitio Curtis-. Pero, tal como yo veo las cosas en este momento, alguien pretende que uno de esos muchachos chinos cargue con el mochuelo. Alguien de aqui.

– ?Por que razon?

– Ni idea.

– No lo dira en serio, ?verdad?

Frank Curtis no respondio.

– ?Si?

– Se me ocurren moviles mas inverosimiles que el deseo de evitar una mala publicidad.

– ?Como?

– Senor Bryan -dijo Curtis al fin-, ?conoce bien al senor Beech?

– Solo desde hace unos meses.

– ?Y al senor Kenny?

– Desde hace mas tiempo. Dos o tres anos. Y no es el tipo de persona que haga una cosa asi.

– A lo mejor el dice lo mismo de usted -observo Coleman.

– ?Por que no se lo pregunta?

– Pues ahora que lo menciona, estaba pensando que como los integrantes del equipo de proyecto estan en el edificio, segun nos ha dicho, me gustaria hablar con ellos. Y con todas las personas que se encuentren ahora aqui. ?Le importa?

Mitch esbozo una tenue sonrisa y consulto su reloj.

– Los he dejado en el gimnasio. Cuando terminen vendran aqui para hacer una pequena pausa. Entonces podra hablar con ellos, si lo desea.

– Se lo agradezco. Mi jefe no tiene mucha paciencia, ?sabe usted? Y estoy recibiendo ciertas presiones para aclarar este asunto.

– Yo deseo que esto se aclare tanto como usted.

Curtis sonrio a Mitch.

– Eso espero, senor. De verdad.

La insinuacion de que habia participado en la trama para acusar injustamente al estudiante chino del asesinato de Sam Gleig, supuso que pasaran otros diez o quince minutos hasta que Mitch se acordara de que Allen Grabel le estaba esperando. Dejo a Curtis y Coleman con unos obreros, cogio un ascensor y bajo al garaje.

De camino, el ascensor se detuvo en la planta siete y entro Warren Aikman, el maestro de obras. Mitch consulto su reloj.

– ?Te vas a casa?

– Ojala. Tengo que ver a Jardine Yu. Para hablar de la inspeccion del lunes. ?Que tal va hoy la cosa?

– Horrible. Han vuelto esos dos polis. Quieren hablar con todos los del equipo de proyecto y con los obreros.

– Bueno, eso me excluye a mi. Soy el representante del cliente.

– ?Quieres que les diga eso? Fuiste una de las ultimas personas que vieron con vida a Sam Gleig. Se llevaran una decepcion.

– Es que no tengo tiempo, Mitch.

– ?Y quien lo tiene?

El ascensor llego al garaje. Mitch miro en torno, pero no vio ni rastro de Grabel.

– Oye -dijo Aikman-, diles que les llamare. Mejor todavia, dales el numero de mi casa. Ahora no puedo entretenerme.

Aikman se dirigio a su Range Rover al tiempo que el Bentley de Richardson entraba por el porton y bajaba la

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