cojones a la gente que trabaja para el, ?verdad?

Mitch asintio con aire cansado.

Coleman iba a anadir algo sobre Ray Richardson, pero en

cambio se volvio a mirar la puerta de los servicios.

– ?Ha oido algo?

Mitch aguzo las orejas y despues nego con la cabeza.

– Nada en absoluto.

Coleman volvio a los lavabos, se detuvo un momento frente a la puerta y luego la empujo. No cedio.

Seguro ya de haber oido algo -?un sofocado grito de auxilio?-, Coleman volvio a hacer presion sobre la puerta. Esta vez se abrio sin dificultad y, al entrar en los servicios de caballeros, el grito, que ahora era un chillido, fue seguido de un breve estallido, mas proximo a un fuerte crujido que a una explosion, semejante al reventon de una llanta en una carretera mojada o a la erupcion de una corriente de lava. Coleman sintio que algo chocaba contra el panel exterior de la puerta y, seguidamente, un chorro calido y pegajoso le rocio la cara y el cuello. Oyo que Mitch le llamaba pero no entendio lo que decia, porque poco a poco iba comprendiendo que estaba cubierto de sangre.

Como la mayor parte de los policias de Los Angeles, Coleman se habia visto mas de una vez envuelto en un tiroteo, y por un instante penso que le habian alcanzado, probablemente con un proyectil de alta velocidad. Se tambaleo, limpiandose la sangre de los ojos, y se preparo para sentir el dolor. Pero el dolor no llego. Un momento despues comprendio que el martilleante ruido que oia no eran disparos, ni los latidos de su corazon, sino los golpes que Mitch daba en el otro lado de la puerta.

– ?Esta bien, Nat? ?Me oye?

Coleman tiro del picaporte, pero comprobo que se habia bloqueado de nuevo.

– Si, creo que si, pero estoy encerrado.

– ?Que ha pasado? -Y luego-: ?Inspector? Venga, Coleman se ha quedado encerrado en los servicios.

Coleman continuo limpiandose la sangre de la cara y, al recorrer la estancia con la mirada, noto que se le abria la boca. Habia sangre por todas partes, grandes cuajarones de sangre: goteando del techo, salpicando el cuarteado espejo, formando un charco sobre la repisa de uno de los lavabos y corriendo en un reguero hacia sus pies. Como si en los servicios hubiera crecido y vuelto a bajar una marea roja en el espacio de unos segundos. Coleman cerro la boca y miro hacia la fuente de aquel caudal.

Un amasijo de trapos empapados de sangre formaba como una cadena de pequenas montanas al fondo del cuarto. No muy lejos yacia una pierna de hombre, a la que aun estaban unidos el pene y los testiculos. Una mano limpiamente cortada se habia detenido en el acto de abrir el grifo. Colgando de una puerta de los retretes habia una corbata de seda rosa, pero Cuando Coleman la toco se dio cuenta de que no era una corbata, sino un trozo de intestino. Al dar media vuelta resbalo en la sangre, y cayo al suelo y se encontro frente al dueno de los despojos todavia humeantes que se esparcian por los servicios de la Parrilla como despues del ataque de un tiburon. Era Tony Levine. O mejor dicho, su decapitada cabeza, con cola de caballo y todo.

– ?Me cago en Dios! -exclamo Coleman, y la aparto de si con repulsion.

La cabeza rodo por el suelo como un coco partido y se detuvo sobre el dentado borde de lo que habia sido su cuello.

Los parpados se abrieron y unos ojos penetrantes, innegablemente vivos, se fijaron en Coleman con una mezcla de indignacion y pesar. Luego, las aletas de la nariz se dilataron y Nathan Coleman, instintivamente, se dirigio a la cabeza cortada.

– ?Joder! ?Que cono le ha pasado? -pregunto, estremecido.

La cabeza de Levine no contesto, pero durante otros diez o quince segundos siguio con los ojos fijos en los de Coleman, antes de que los parpados bajaran y la vida abandonara definitivamente el cerebro del muerto.

Entre los golpes que daban al otro lado de la puerta, Coleman oyo gritar a Frank Curtis. Tiro otra vez del picaporte, pero la puerta seguia cerrada.

– ?Frank? -grito.

– ?Eres tu, Nat?

– Estoy bien, Frank. Pero Levine esta muerto. Parece que le han disparado un jodido misil Patriot. Hay sangre y trozos del tio por todos lados. Es como una escena de Sam Peckinpah, te lo juro.

– ?Que ha pasado?

– ?Y yo que se! -grito Coleman-. Abri la puerta y fue como si el tio reventara delante de mis narices. -Sacudio la cabeza-. Estoy medio sordo. Me zumban los oidos como cuando voy en avion. ?Frank? ?Sigues ahi?

– Vale, Nat, vamos a sacarte de ahi.

Pero en los servicios sono un timbre atronador.

– Espera un momento, Frank, ocurre algo. ?Lo oyes?

La voz venia de algun sitio por encima de la cabeza de Nathan Coleman; tenia acento ingles, y por una fraccion de segundo creyo que era la voz de Dios. Luego se acordo de Abraham.

– Desaloje los servicios, por favor -decia la voz-. Desaloje los servicios, por favor. La limpieza automatica de estas instalaciones se llevara a cabo dentro de cinco minutos. Repito. Desaloje los servicios, por favor. Tiene cinco minutos.

– ?Frank? El tio quiere limpiar este revoltijo. ?Que hago ahora?

– Apartate de la puerta, Nat. Vamos a derribarla.

Coleman se refugio en el unico retrete que habia quedado a salvo de la diaspora anatomica de Levine, bajo la tapadera de la taza y se sento. Siguio un breve silencio y luego, al otro lado de la puerta, se oyo el impacto sordo e inconfundible de un hombro. Para Nathaniel Coleman era un ruido revelador. Antes de que lo trasladasen a la Brigada Criminal habia sido un simple policia. Despues de tres anos recorriendo Los Angeles en un coche patrulla, sabia las puertas que podian derribarse y las que no. Curtis se entregaba a la tarea como un heroe de tebeo, pero Coleman comprendio que sus esfuerzos eran inutiles y que la puerta no cederia.

Volvio a sonar el timbre.

– Desaloje los servicios, por favor. Desaloje los servicios, por favor. La limpieza automatica de estas instalaciones se llevara a cabo dentro de cuatro minutos. Repito. Desaloje los servicios, por favor. Tiene cuatro minutos.

Coleman echo la cabeza atras, y miro al techo salpicado de sangre y al pequeno altavoz alli instalado.

– Bueno, pues si abrieras la punetera puerta, yo desalojaria los servicios con mucho gusto.

Entonces se puso en pie y volvio a la puerta.

– ?Frank?

– Lo siento, Nat. Esta mierda no cede. Tendremos que probar otra cosa. Aguanta.

Coleman miro inquieto al suelo, donde yacia la cabeza de Levine, y aporreo la puerta.

– ?Frank? No quiero acabar como Levine, asi que sera mejor que se os ocurra algo pronto. Ya he recibido el aviso de que solo me quedan cuatro minutos.

Paso otro minuto y el timbre sono por tercera vez.

– Desaloje los servicios, por favor…

Coleman alzo la vista al techo e hizo una mueca. Saco la Glock de 9 milimetros de la funda que llevaba sujeta al cinturon, por dentro de los pantalones, y, tapandose un oido con el dedo, silencio el altavoz con dos disparos.

– ?Nat? ?Que cono pasa ahi dentro, Nat?

– Nada, Frank, que me he hartado de que el ordenador de los cojones me diga que me largue del retrete. Asi que le he dado un par de tiros, eso es todo.

– Bien hecho, Nat. Por un momento pense que tenias un 211.

– No, solo un 207, como antes. Solo que no creo que el cabron de Abraham pretenda un rescate. Me parece que quiere mi pellejo.

Frank Curtis golpeo con rabia la puerta de los servicios.

– ?Que ocurre durante la limpieza automatica? -pregunto a Mitch, que se encogio de hombros y con la mirada traslado la pregunta a Willis Ellery.

– Los servicios se rocian con una solucion caliente de amoniaco -contesto Ellery.

– ?Como de caliente?

– No hirviendo, pero bastante caliente. Despues se secan con aire calido y luego se renueva el ambiente,

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