– ?Que haces ahi, capullo? ?Darte una ducha con la ropa puesta? Oye, gilipollas, que te estoy hablando.

– Me parece que se ha dado un bano con la gorda esa. Oye, tu, que esta prohibido banarse en la fuente. Si quieres banarte, vete a la puta playa.

– Muevete, carapijo. No puedes estar aqui.

– Por favor… -hipo Mitch.

– No hay por favor que valga, marinerito. O te mueves, o te arreglamos para que nunca te vuelvas a mover. -El agente golpeo a Mitch con el extremo de la porra-. ?Me oyes? ?Puedes andar?

– Por favor, tienen que ayudarme…

Uno de los policias solto una carcajada.

– Nosotros no tenemos que hacerte nada, soplapollas, salvo un jodido hueco entre los dientes.

El agente le dio a Mitch unos golpecitos en la cabeza con la porra.

– A ver, ensena el carne, tio.

Mitch se retorcio para sacar la cartera del bolsillo trasero del pantalon. Pero no estaba. La tenia en la chaqueta, que se habia quedado en la Parrilla.

– Esta ahi dentro, me parece.

– ?Que rollo vas a contarme? Que has salido de juerga, a celebrar algo, ?no?

– Me han atacado.

– ?Quien te ha atacado?

– El edificio nos ataco…

– Conque el edificio, ?eh?

– ?Chalado de mierda! Este tio es un drogata, te lo digo yo. Vamos a empapelarlo, joder. Pero antes voy a soltarle una descarga de T, por si acaso.

– ?Escucheme un momento, tonto del culo! ?Soy arquitecto!

Mitch hizo una mueca cuando el minusculo dardo le golpeo en el pecho. Un cable largo y diminuto lo unia a una pistola gris, como de plastico, que empunaba uno de los agentes.

– ?Tu si que eres tonto del culo! -gruno el poli, que toco un boton e infligio a Mitch una descarga tranquilizadora de 150.000 voltios-. ?Arquitecto!

Ray Richardson se deslizaba despacio y con soltura por la cuerda. No le preocupaba tanto hacer una demostracion como rehuir un descenso espectacular que pudiera sobrecargar el anclaje y mandarle al deposito de cadaveres. Al principio bajaba unos cincuenta centimetros a la vez, pasando la cuerda por el dispositivo de friccion y tratando de mantener los pies pegados a la pared lo mas posible, hasta que recobro algo de su antigua confianza. Pero poco a poco empezo a pasar cada vez mas cuerda por el descendeur, recorriendo dos metros de golpe. Si hubiese tenido guantes y un buen par de botas, habria ido aun mas deprisa.

Habia bajado dos o tres plantas cuando, al levantar la cabeza, vio que los otros tres agitaban los brazos y gritaban algo, pero sus palabras se las llevo la suave brisa que rondaba por el tejado de la Parrilla. Richardson sacudio la cabeza y solto mas cuerda. Ningun obstaculo. El anclaje no se habia atascado. ?Que querrian? Flexionando las piernas, se aparto de la pared y bajo unos tres metros, su mejor marca hasta el momento.

Y entonces, al darse impulso y tener una perspectiva mas amplia del tejado, fue cuando vio el brazo amarillo de la maquina Mannesmann. Se estaba moviendo.

El limpiacristales automatico avanzo despacio por el monorrail del parapeto hacia el anclaje del descenso de Richardson. La intencion de Ismael parecia bastante clara: utilizar el andamio del cabezal de lavado para obstaculizar el descenso.

Curtis corrio hacia la Mannesmann y, apoyando la espalda contra el cuerpo de la maquina, intento detener su avance.

– ?Echenme una mano! -grito a Helen y a Jenny.

Las dos mujeres corrieron a su lado, uniendose a sus esfuerzos con su pequeno peso. Pero el motor de la maquina era demasiado potente. Curtis volvio corriendo al anclaje y miro por el parapeto. Richardson solo habia descendido un tercio de la altura de la Parrilla. Si no se apresuraba, la cabeza limpiadora lo alcanzaria.

La Mannesmann se detuvo justo enfrente del anclaje. Por un momento, la maquina permanecio silenciosa e inactiva. Luego tuvo un sonoro estremecimiento electrico y el brazo motorizado empezo a extenderse sobre el borde del edificio.

Curtis se sento. Estaba agotado. Sin inventiva. Solo queria quedarse alli sentado, sin pensar en nada. Asomarse por el parapeto le daba vertigo. Aunque se encaramase al andamio, ?que podria hacer? Unicamente ponerse a merced de Ismael. Ofrecerle dos vidas por el precio de una.

– ?Es usted policia, maldita sea! -grito Helen-. ?Tiene que hacer algo!

Curtis noto sus ojos verdes clavados en el. Se levanto y se asomo al borde.

Era un suicidio. Solo un imbecil trataria de hacerlo. Curtis se dijo que estaba loco mientras sacaba del armario el segundo arnes y subia al angosto andamio.

– No digan una sola palabra mas -ordeno a las dos mujeres-. ?Joder, ni siquiera me cae simpatico el cabron ese!

Se abrocho el arnes y aseguro el mosqueton al flanco del andamio. Le temblaban las piernas y, aunque hacia buena noche, tenia la piel fria y los cabellos erizados de miedo. El brazo mecanico extendio el andamio mas alla del borde de la Parrilla, hacia el vacio. Curtis miro el inquieto rostro de las dos mujeres y se pregunto si volveria a verlas. Luego el andamio oscilo, iniciando su inexorable descenso. Curtis respiro hondo, sacudio la cabeza y se despidio de las mujeres con la mano. Habia lagrimas en los ojos de Helen.

– ?Que estupidez! -dijo, sonriendo amargamente-. ?Que estupidez! ?Que estupidez!

Bien agarrado a la barandilla, se armo de valor antes de mirar abajo. Era como una leccion de perspectiva lineal: las lineas paralelas y el plano de la futurista fachada de la Parrilla convergian en un lejano punto de fuga, que era la plaza; y en medio, no mayor que una marioneta suspendida de un hilo, estaba Ray Richardson, justo en la trayectoria del lavacristales Mannesmann que ahora aceleraba.

Ray Richardson descendio unos tres metros y, describiendo un semicirculo perfecto, volvio a la fachada. Por Dios, que trabajo le costaba, penso. Parecia que le habian dado un patadon en los rinones. Viendo a los expertos, el rappel parecia muy facil. Pero el tenia cincuenta y cinco anos. Alzo la cabeza, vio que el andamio solo estaba a unos diez metros y salto de nuevo sobre el muro. No tan bien esa vez. No mas de dos metros. Estaba claro que aquel cacharro iba a pillarle, y comprendio que debia realizar una maniobra evasiva. ?Como? ?Y que cono estaba haciendo Curtis? Era como estar en medio de la falla de San Andres. Ismael podia soltar el andamio entero cuando le diese la gana.

Richardson dio otro salto e hizo una mueca. La rodilla empezaba a dolerle bastante, y cada vez le resultaba mas dificil propulsarse. Pero no era nada comparado con el creciente dolor que le producia el arnes. El lino de sus tenues pantalones Armani y el ligero algodon de su camisa no le protegian mucho contra el roce del arnes, que, cada vez que acababa un descenso, le quemaba en la cintura y en el interior de los muslos. Quiza debia de haber dejado a Curtis. Al fin y al cabo, era poli. Probablemente estaba acostumbrado a cierto grado de incomodidad.

De pronto sintio que la cuerda se humedecia bajo sus manos y alzo la cabeza. El lavacristales se habia puesto a funcionar, asperjando las ventanas y la cuerda a medida que bajaba a su encuentro. Pero ?por que cono querian los clientes las ventanas limpias? ?Para mejorar la actitud del personal? ?Para impresionar al publico? Desde luego no era por higiene.

Richardson se aparto del muro con una patada y paso cuerda por el descendeur, tratando de recordar si en la formula del detergente habia algun producto corrosivo. El contacto con elementos quimicos, tal como le habian ensenado en su curso de escalada, era la causa mas corriente de que se rompiera la cuerda: si se tenia la menor sospecha de que la cuerda estaba corroida, habia que tirarla. Era un esplendido consejo, a menos que, por casualidad, uno estuviera colgado de la cuerda cuando se producia la corrosion. Olfateo el liquido vagamente jabonoso que tenia en las manos. Olia a limon. ?Seria organico, o acido?

La maquina ya estaba a poco menos de siete metros sobre su cabeza. Le asombraba que todavia no hubiera corroido la cuerda. Le quedaba el sitio justo para otro salto, luego tendria que apartarse del trayecto de la maquina. Tomo impulso en una ventana, casi deseando atravesarla como un infante de marina, y se encontro de

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