carambanos que colgaban de una de las torres semejantes a los enormes colmillos de un monstruo prehistorico.
Jack la llamo desde detras de otra de aquellas aglomeraciones de bloques de hielo que se forman en los glaciares y que reciben el nombre de seracs.
– Eres un fenomeno a la hora de escoger los sitios, Swift. Si uno de estos palillos te cae encima, carino, te va a dejar sin vida, como los colmillos de Dracula.
Swift termino en seguida y se unio a los demas, que la esperaban en la entrada de un corredor, por el cual iban a tener que pasar entre los seracs, segun la indicacion del sirdar. Vio que Jack estaba un poco rezagado en un agujero negro, como el de una boca abierta, de una enorme grieta y en aquel momento advirtio lo peligrosa que era aquella zona. Rodeada de un laberinto de precarias torres de hielo, carambanos puntiagudos como espinas y abismos ocultos, Swift penso que aquel lugar habia sido creado por una reina de las nieves vengativa con el unico objetivo de impedirles avanzar.
Habia sido un ano dificil para los sherpas y los porteadores. Por culpa de la guerra indopakistani, eran pocos los turistas occidentales que llegaban a Delhi en avion y habia pocos vuelos directos a Katmandu, de modo que los ingresos que aportaba el turismo se habian reducido a cero y la economia nepalesa se habia resentido muchisimo. Hurke Gurung no recordaba tiempos tan malos desde que empezo a hacer de guia de las expediciones de escaladores que acudian al Himalaya.
Habia pensado que la presencia de una expedicion cientifica en el Santuario del Annapurna y, lo que era mas importante todavia, las cuantiosas cantidades de dolares norteamericanos iban a traer suerte a los nepaleses, que podrian trabajar a gusto, agradecidos y dociles para con sus patronos. Sin embargo, el sirdar descubrio que la expedicion, lejos de haber traido beneficios, habia producido los efectos contrarios: cada uno de ellos estaba decidido a sacarles a los norteamericanos hasta el ultimo centavo y los ultimos avios. Habia pasado verguenza muchas veces por las exigencias aparentemente groseras de sus paisanos, exigencias que el estaba obligado, muy a su pesar, a transmitir a Jack sahib: mas cigarrillos, mas sudaderas, mas jerseis de lana, mas guantes Dachstein, mas chaquetas enguatadas, mas gorras de lana, un calzado mejor… en pocas palabras, mas de cualquier cosa que podrian vender luego y asi obtener divisas. Hurke sabia muy bien que la gente estaba pasando horribles estrecheces, porque dependian de los dolares que les daban los turistas para mejorar, aunque fuera minimamente, su economia, que no pasaba, por lo demas, de ser una economia de subsistencia. Era muy consciente de que todos los occidentales, en comparacion con ellos, eran riquisimos, y eso era muy comprometido para el, porque tenia muy presente la amistad y la admiracion que suscitaba en el el hombre que le habia salvado la vida en una ocasion. Le resultaba dificil exigirle precisamente a el cosas que no eran estrictamente necesarias, sobre todo porque la verdad era que el objetivo de aquella expedicion habia dejado en un estado de extremo nerviosismo al resto de los sherpas, y no se podia confiar en ellos porque representaban un peligro potencial.
Cuando era cuestion de caminar por la nieve a alturas superiores a los siete mil quinientos metros, con una carga que pesaba tres kilos y medio o mas, el sirdar creia que sus hombres eran valientes y fuertes y que nada les hacia desfallecer. Pero los yetis eran otra cosa. El grito de un yeti, un silbido fuerte que parecia el ganido quejumbroso de un ave rapaz grande, bastaba para aterrorizarles y hacerles creer que sus vidas estaban en peligro.
Hurke Gurung, al igual que uno de los sherpas mas valientes y resistentes, los llamados tigres, no sentia ningun miedo. Y en las contadas ocasiones en las que le sobrecogia algun temor, normalmente por una tormenta o una ruta a gran altura, no lo demostraba. En eso consistia precisamente ser sirdar.
Jack habia trepado a un banco de nieve y con los prismaticos miraba la falda del Machhapuchhare, que estaba al otro lado del bosque de hielo.
– De momento no hay rastro de ellos.
Jack cogio la radio.
– Hurke, soy Jack. ?Me recibes? Cambio.
Tras una breve pausa oyeron todos la voz tranquila del sirdar.
– Le recibo perfectamente, Jack sahib.
– ?Que tal la ruta por el glaciar?
– Estamos cruzando, sahib. No es muy recta. Pero no pudimos encontrar otro camino. Quiza usted encontrara camino mejor. Pero creo que no es tan malo como salto de hielo cerca de Everest.
– Es bueno saberlo.
Jack dejo de pulsar el boton de la radio.
– Un amigo mio se mato en aquel salto de hielo -dijo, y escupio en la grieta.
– Nos lo dice ahora -le reprocho Jameson, y, alzando las cejas, anadio-: De todas maneras este parece el sitio idoneo para ver un yeti.
– Un yeti debe de ser demasiado sensato para dejarse ver en un sitio asi -intervino Mac.
– Mac tiene razon -opino Jack-. Es hora de ponerse en marcha. Este sitio me pone los pelos de punta.
Mac se quedo en el banco de nieve sin moverse, mirando con los prismaticos.
– Anda, vamos, Mac.
– Un segundo -gruno, malhumorado. Bajo los prismaticos y, frunciendo el cejo, se quedo con la mirada fija mas alla de la barrera de hielo, hacia la falda del Machhapuchhare-. Nada, no sera nada.
– ?Que has visto? -le pregunto Swift.
Mac volvio a levantar los prismaticos.
– ?Verdad que deberian de estar a punto de ascender la montana en direccion al rinon?
Jack se encaramo al banco de nieve y se puso al lado del escoces.
– Si, en teoria, si.
– Entonces, ?quienes son aquellos?
Mac le dio los prismaticos mientras le indicaba un punto en una direccion.
– Justo debajo de la cresta del rinon -dijo en voz queda-. A unos doscientos metros por encima del salto de hielo. ?Los ves?
Jack siguio la linea del brazo de Mac y advirtio dos puntitos negros que estaban quietos en la falda por la que se accedia a la montana sagrada.
– Se han parado -observo Mac-. Pero juraria que se movian hace un momento.
– Ya los veo -dijo Jack-. ?Estas seguro? A mi me parecen un par de rocas.
– Desde luego que estoy seguro. Estoy segurisimo.
– Un momento. Tienes razon, se mueven. -Giro el anillo para enfocar mejor-. Es imposible que sean los sherpas. Ni siquiera el sirdar anda tan de prisa.
– Los sherpas estan subiendo -apunto Mac. Se quito el guante y se dispuso a colocar rapidamente un largo teleobjetivo en la camara-. Aquellos dos parece que estan bajando.
Swift saco un monocular de su mochila y, cogiendose de la mano que Jack le tendia, subio al banco de nieve. Miro con el monocular hacia el rinon.
– Si, ya los veo -dijo, entusiasmada.
Cuando una de aquellas dos diminutas figuras empezo a bajar rapidamente por la falda a saltos, le dio un vuelco el corazon.
– Senor -exclamo Jack-. Mirad como corre.
Mac intento enfocar con el teleobjetivo la lejana falda de la montana.
Jameson cogio la radio y llamo al sirdar.
– ?Hurke? Soy Jameson.
– Adelante, Jameson sahib.
– Estamos observando con los prismaticos la falda de la montana, un poco mas arriba de donde estais vosotros. Dos figuras estan bajando por la montana y van a vuestro encuentro.
– No veo nada, Jameson sahib. Pero sol me da en ojos.
– Sea lo que sea, parece indudablemente muy fuerte -dijo Mac pulsando el disparador.
Hizo tantas fotografias que su camara parecia un robot pequenisimo en movimiento perpetuo.
– Mac, nada de sea lo que sea -insistio Swift-. Son yetis. A la fuerza.
– ?Si! -grito Mac. Su chillido de victoria resono por los seracs ahogando la voz de Jameson, que hablaba con el
