sirdar. Mac saco el carrete y metio otro-. Senor, espero que estas dichosas fotos puedan ampliarse sin problemas.
– ?Puede repetir, por favor? -pregunto el sirdar.
Jameson se lo repitio en nepales.
– Haami herchhau dui wataa yeti, timiharu ukaado maathi.
– Debe de ser un simio grande -dijo Mac-. Como corre, que bestia.
– El otro tambien corre -dijo Swift-. Parece que van directamente al extenso banco de nieve flotante, en direccion a los sherpas.
Advirtiendo, por lo que oia a traves del aparato, que el sirdar era presa de un ataque de nervios, Jameson pulso el boton para hablar.
– ?Ke bhayo, Hurke? ?Que ocurre?
Entonces oyo las voces de los sherpas y al sirdar, que lanzaba un grito.
– Roknu, roknu. Deteneos. Aanu yahaa. Venid aqui. Hera! Hera!
– Hurke, habla, por favor. ?Que demonios ocurre?
A continuacion oyo solo un ruido agudo y penso que habia una mala conexion entre su radio y la de Hurke. Echo una mirada a su alrededor y vio que Jack sostenia los prismaticos otra vez.
Volvio a oir el silbido y esta vez lo reconocio. No era ninguna conexion defectuosa. Era como el grito agudo de una gran ave marina sobrevolando un puerto azotado por el viento. Era el grito de un mamifero grande.
Cuando los sherpas entendieron que lo que le decia Jameson a Hurke Gurung por la radio era que por la montana descendian dos yetis en direccion al extenso banco de hielo flotante, les sobrecogio el terror. Pero cuando oyeron entre las torres de hielo el grito inconfundible del hombre de las nieves, el terror se transformo al instante en panico.
Hurke Gurung les grito que se quedaran donde estaban y hasta llego a insultarles y a llamarles cobardes. Pero para entonces ya habian arrojado la carga al suelo y habian puesto pies en polvorosa deshaciendo el camino que habian hecho para subir.
El extenso banco de hielo flotante que habia al pie del Machhapuchhare, al igual que otro mas grande que se veia al pie del Annapurna, era una catarata helada, un rio que nacia en la ladera de la montana. Adentrarse en aquel caos helado era como andar por un campo de minas: habia que extremar las precauciones. Alguien lo bastante insensato como para precipitarse contra aquel obstaculo mortal automaticamente ponia su vida en peligro, como han demostrado las numerosas personas que han hallado la muerte en los diversos saltos de hielo dispersos por todo el Himalaya.
El primero en echar a correr fue Narendra, el hijo de uno de los sherpas que se habian quedado en el CBA y que era un tigre llamado Ngati. La ultima vez que el sirdar vio a Narendra, este corria como un rayo a traves de un espacio marcado con tres palos de bambu, en lugar de rodearlo. No habian transcurrido ni quince minutos desde que Hurke habia sondeado la nieve del aquel sitio con uno de los palos y habia llegado a la conclusion de que debia de haber una grieta oculta. No se habia equivocado: en cuanto Narendra paso corriendo por la nieve, desaparecio y solo se oyo un grito que provenia del abismo invisible.
El segundo sherpa, Ang Dawa, al ver que Narendra se precipitaba al vacio y se mataba, giro bruscamente hacia la derecha y choco contra una aguja de hielo altisima que se mantenia precariamente en equilibrio. Un instante despues Hurke oyo el estrepito sordo de un desprendimiento, y varias toneladas de nieve y hielo sepultaron a Dawa y a dos sherpas mas, Wang Chuk y Jang Po. El quinto sherpa, Danu, salto para apartarse del serac que caia con furia, pero lo unico que consiguio despues de dar un salto casi sobrehumano fue aterrizar en el borde de otra grieta. Agito los brazos un segundo como si fueran las aspas de un molino, pero fue en vano, pues el sherpa resbalo y cayo. Antes de hallar la muerte en el fondo del abismo, un grito de horror, que se siguio oyendo todavia unos instantes despues de desaparecer el de la vista, desgarro el aire.
El sirdar, temblando y con el estomago revuelto, se dejo caer en la nieve y contemplo desesperado una enorme nube de particulas de hielo, que, como el vapor de una descomunal explosion, se alzaba por encima de la torre que se habia derrumbado, hasta que poco a poco se disipo.
La voz de Jack por la radio le sobresalto y le saco de la contemplacion anonadada, en la que se hallaba sumido, del desastre que les habia sobrevenido a sus hombres.
– ?Hurke? Contestame, por favor. Soy Jack.
– Jack sahib.
– ?Estas bien?
– No bien, sahib. Los hombres estan muertos. Huian, sahib. Salieron corriendo por el banco de hielo flotante y ahora…
Se interrumpio y miro a su alrededor. De la falda de la montana, de mas arriba, le llego un ruido fuerte, vocalizado, como una serie de eructos prolongados, seguido por unos grunidos mas asperos y entrecortados que le recordaron a los cerdos de su pueblo cuando comian, y despues un silbido agudo que le hizo tomar conciencia de la razon por la cual los sherpas habian escapado.
– ?Cuantos hombres ha dicho que han muerto?
– Cinco hombres -contesto Jack con voz tetrica.
– Dios santo. ?Cinco?
– ?Hurke? ?Sigues ahi? Contesta, por favor. Soy Jack. ?Me oyes?
La radio permanecio muda un momento.
– ?Que caray le ocurre? ?Por que no contesta? ?Hurke? Habla, por favor.
Entonces Jack oyo un susurro.
– Jack sahib, calle, por favor. No diga nada de nada si quiere a mi. Estan aqui.
Swift se bajo de un salto del banco de nieve y se dispuso a seguir el rastro de los desafortunados sherpas.
– Vamos -dijo-. No hay tiempo que perder.
Las dos criaturas bajaban por la ladera de la montana a grandes zancadas y balanceando sus voluminosos brazos; estaban a punto de adentrarse en el banco de hielo flotante cuando avistaron al sirdar y se detuvieron. Una distancia de no mas de treinta metros separaba a los dos yetis de Hurke Gurung. La primera y unica vez que habia visto un yeti habia sido desde una distancia de al menos cien metros y el animal se habia alejado corriendo como un loco, pero ahora los tenia lo bastante cerca como para ver que eran dos machos imponentes, de dos metros de altura como minimo y muy fornidos. La forma de sus cuerpos era, a grandes rasgos, como la del hombre; parecian gorilas, aunque estaban recubiertos de un pelo corto de color marron rojizo que guardaba mas parecido con el del orangutan. Tenian la cabeza muy grande, puntiaguda, lampina y mas chata que la de un hombre, si bien no tanto como la de un mono.
El instinto le dijo al sirdar que tenia que estarse bien quieto y bien callado, pues era obvio que los yetis eran inmensamente fuertes, y tuvo la impresion de que, si hacia un movimiento brusco, iban a descuartizarlo. Lo unico que queria era salir de alli corriendo. Pero incluso en el caso de que consiguiera sacarles unos cuantos metros de ventaja, ?que iba a ganar con ello? El unico sitio por el que podia escapar era a traves del extenso banco de hielo flotante, y la ruta que antes estaba bien senalizada con palos de bambu ahora no existia. Si echaba a correr, sabia que sufriria la misma suerte que el resto de los sherpas, que quedaria sepultado bajo una torre de bloques de hielo o bien se precipitaria por la grieta oculta. Asi pues, se quedo donde estaba. Un terror desconocido hasta aquel momento hizo presa en el, y rezo a todos los dioses que conocia para que aquellos dos yetis perdieran pronto todo su interes por el y se marcharan.
CATORCE
… un mono convertido al budismo vivia como un ermitano en las montanas; lo amaba una diablesa, que se caso con el. Sus descendientes eran tambien velludos y tenian largas colas, y estos eran los miteh kangmi, los hombres de las nieves: los yetis.
