los habia interrumpido cuando estaban buscando en un mapa aquella vertiente llamada Gandharba Chuli, una larga cresta que ascendia suavemente hacia las alturas mas escarpadas del Machhapuchhare, adonde se habia dirigido el otro equipo.

Cody lanzo un suspiro.

– Es un hijo de puta caprichoso y malhumorado.

Al momento se arrepintio de haberlo dicho, pues imagino que Jutta saltaria en defensa del sirdar y que le recordaria que cinco companeros suyos habian muerto. Pero en lugar de ello se encontro con que le daba la razon.

– Yo hago un esfuerzo por ser amable con el, pero entiendo perfectamente lo que quieres decir.

– No tenia que haberlo dicho. Acaban de morir cinco de sus companeros.

Jutta se encogio de hombros.

– Pero antes de enterarse de la noticia su humor era el mismo -dijo-. Esta siempre de un humor de perros.

– Me parece que prefiero la compania de los monos que la de una persona como Ang Tsering -dijo Cody-. No es que sea racista ni nada por el estilo. Es solo que…

Jutta sonrio.

– No te disculpes. Te entiendo perfectamente. ?Has trabajado siempre con monos?

– He hecho todo lo que se puede hacer con ellos. Todo menos emparejarme con una hembra, y no creas que me faltaron ofertas. Las hembras del gorila pueden ser muy insistentes. En los anos setenta, unos amigos mios de la CIA trataron incluso de que les ayudara a elaborar un programa con el objeto de utilizar a los grandes primates para el ejercito. Querian que los chimpances aprendieran a conducir coches bomba, adiestrar gorilas para librar combates en la selva y otras cosas por el estilo. -Advirtio la expresion de horror en el rostro de Jutta y en seguida se apresuro a anadir-: Yo, por supuesto, no me preste a ello.

Jutta hizo un gesto afirmativo con la cabeza expresando su aprobacion.

– Bueno, ?que hacemos ahora? -pregunto Cody-. Supongo que si han visto dos yetis no hay ninguna necesidad de que sigamos dando paseos por esta zona del Santuario.

Tsering les estaba haciendo una senal con la mano para que subieran.

– ?Que querra ahora? -gruno Cody.

Se pusieron los dos en marcha, y al llegar arriba vieron que el sirdar miraba con unos viejos prismaticos el valle que habia a sus pies. En silencio les indicaba un punto, a lo lejos. Sus ojos avezados habian reparado en algo: una figura diminuta que se encaminaba hacia el valle, hacia Tarke Kang, la cupula del glaciar.

Tanto Cody como Jutta cogieron sus propios prismaticos y los apuntaron hacia la figura. Por un instante ambos pensaron que el Santuario estaba poblado de yetis, pero en seguida vieron que un poco mas al norte habia unos triangulitos negros. Eran tiendas.

Era otro campamento.

El corredor, que se extendia entre los dos brazos del glaciar, tenia a la derecha paredes de nieve y, a la izquierda, cascajos de hielo. La ruta les acerco a la pendiente escarpada que habia impedido la constante accion erosiva del hielo. Intimidada por la proximidad de la montana y el silencio sobrenatural, Swift andaba sobre las huellas de los dos yetis, tal y como le habian aconsejado que hiciera, con la precaucion propia de alguien que medio esperaba la subita aparicion de las dos criaturas de detras de un monton de nieve, dispuestas a atacarla con toda la ferocidad de un tigre que defiende su territorio.

Pero sentia tambien otra cosa. La sensacion extrana de que les observaban, de que en realidad era a ellos a quienes les seguian el rastro. En aquel lugar alejado del CBA, remoto, inhospito y que te aplastaba como una losa, Swift advirtio que tenia miedo. Tuvo que detenerse un par de veces y echar una mirada a su alrededor para cerciorarse de que seguia atada a Jack con la cuerda, pues el glaciar y la montana y la naturaleza de su busqueda les habian dejado mudos a los dos.

Cuando al cabo de una hora se detuvo por tercera vez, no fue por miedo de descubrir que estaba sola y abandonada en aquel lugar imponente, sino porque las pisadas de pronto se desviaban del corredor principal y subian tres metros por la pared del glaciar que habia a su izquierda.

Jack la alcanzo y fijo la mirada en la pared helada; instintivamente trazo en su cabeza una ruta y subio con rapidez hasta la cima.

– Tal vez han creido que les estabamos siguiendo -dijo Swift medio en broma.

Jack solto un grunido y busco el rastro. Al volver a encontrarlo, y al ver adonde llevaba, le dijo:

– Puede que tengas razon. Mejor sera que subas y lo contemples con tus propios ojos.

Preocupado no tanto por la posibilidad de caerse el como porque se desmoronara la pared de hielo y cayera sobre Swift, se sento e, intentando repartir el peso de su cuerpo por el rellano de hielo, mantuvo la cuerda bien tensa hasta que tuvo a su amiga sentada a su lado. La ayudo a ponerse en pie y le dijo:

– Ahora mira bien donde pones los pies. Aqui arriba, el glaciar esta muy resquebrajado y, si das un paso en falso, te puedes…

– Ya lo se, ya lo se -repuso ella con irritacion, que ya no podia con su alma-. Soy historia.

– Exacto. Pura teoria. Nada de fosiles.

Se volvio con cuidado y la guio por una corta pendiente que era un revoltijo de hielo y nieve hasta el lugar donde se esfumaban las pisadas, en el arrugado labio azul y blanco de una enorme grieta.

Llegaron, extremando las precauciones, al borde de la grieta y, llenos de un creciente desconcierto, clavaron sus ojos en la otra orilla de aquel abismo negro, y despues en la resonancia helada de las profundidades escondidas.

– No lo entiendo -dijo Swift mirando alrededor de sus pies-. Las huellas terminan aqui, justo en el borde de la grieta. ?Crees que habran saltado? Debe de tener seis metros.

– Siete y medio -especifico Jack.

Cogio los prismaticos y contemplo la orilla opuesta de la grieta. No vio huellas en la nieve reciente, tanto que parecia que acabaran de elaborarla para un anuncio de una revista. Jack movio la cabeza.

– ?Estaremos en una dimension desconocida o que? No se ve ni siquiera una huella digital.

– Podria ser que algo hubiera tapado las huellas. Quiza la nieve.

– ?Solo en un lado de la grieta? Esto que dices es demasiado extrano, incluso en el Himalaya. -Miro a su alrededor como si buscara alguna pista-. Han desaparecido. Simplemente se han esfumado.

– Los dos sabemos que eso es imposible.

– Cuando uno se pone a perseguir un mito y una leyenda, quien sabe lo que es posible o lo que no lo es.

– A mi entender hay dos posibilidades. Una, han saltado a la grieta.

– Como los lemmings, quieres decir -dijo Jack encogiendose de hombros-. Se han suicidado.

– Dos, son mas listos de lo que creiamos. Quiza se han dado cuenta de que los seguiamos y se han puesto a andar de espaldas, como los indios, poniendo los pies sobre sus propias huellas. -Ahora fue ella quien se encogio de hombros-. No lo se. Pero tiene que haber una explicacion logica.

Jack asintio.

– Sea como sea, nos hemos quedado sin nada -dijo-. Seria mejor volver. -Intento coger la radio que llevaba colgada al anorak, pero advirtio que estaba atrapada debajo de la correa del arnes de pecho. Jack levanto la correa y logro coger la radio-. Les voy a decir que volvemos.

Swift no se opuso. Seguia con dolor de cabeza, pero no queria tomar mas acetazolamida, pues preferia aguantarlo y aguantarse. Deseosa de regresar al campamento I y bajar a una altura inferior, donde la cabeza ya no le doleria tanto, se aparto del borde de la grieta y se volvio demasiado bruscamente clavando un crampon en las correas del otro.

– Deja que te lo arregle -le dijo Jack.

Interrumpiendo su intento de volver a ajustarse el arnes, se inclino hacia adelante para separar las puntas de un crampon de las correas del otro, pero automaticamente Swift ya habia levantado el pie y, como estaba muy cansada, perdio el equilibrio. Un instante despues ya no tenia pies en los que apoyarse y cayo pesadamente de culo en el hielo.

No sintio dolor y las pocas molestias que le ocasiono la caida desaparecieron al instante. Swift advirtio que seguia deslizandose y, sin oir lo que Jack le gritaba, se giro instintivamente, quedandose boca abajo, cosa que unicamente acelero la velocidad a la que se precipitaba. Al darse cuenta de que iba a caerse por la grieta, sintio

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