satisfaccion, imaginando tal vez que habia decapitado a su victima, y luego arrojo el casco a la cueva de hielo.
Jack se dijo que tenia que hacerse el muerto. Era la unica posibilidad que tenia de que la criatura no le rematara. Habia oido hablar de los osos de Alaska que te dejan en paz si creen que estas muerto, pero era muy consciente que eso requeriria una capacidad de dominio de su cuerpo y su dolor que ya no poseia.
Solamente tenia una oportunidad de adquirir la apariencia de un cadaver realmente convincente.
Jack desenfundo la pistola hipodermica de Jameson.
Por una milesima de segundo penso en disparar contra el yeti, pero algo le dijo que los dos o tres minutos que tardara la droga en hacer efecto en una criatura tan grande como aquella bastarian para que ella le matara a el. Esto suponiendo que hubiera droga en la jeringa. Y si no la habia, lo unico que conseguiria seria enfurecer mas a aquella bestia. Pero era la mejor posibilidad, y lo sabia. Apunto la pistola a la parte interior del muslo y apreto el gatillo.
El dardo hipodermico alcanzo el objetivo, que estaba a escasos milimetros, como si fuera la picadura fria de una gran serpiente. Jack solto una maldicion y pugno por dominar el instinto automatico de arrancarse el dardo.
– Eres un cabron, Miles -penso.
El dardo era doloroso; dijera lo que dijera Jameson de la anestesia indolora, el dardo era doloroso.
Al cabo de media hora anocheceria. Al cabo de otra media hora, si la droga hacia efecto, podria alejarse de alli arrastrandose sin ser visto.
El gran macho de espalda blanca, que era seguramente mas grande incluso que el Jefe, aparto un arbusto de rododendro que le impedia el paso y se acerco a Jack, que esperaba con impaciencia que el hidrocloruro de ketamina produjera su misericordioso efecto analgesico.
El sirdar, al ser un antiguo naik gurkha, o sargento, y miembro de una tribu que vive en una zona del Nepal que desde siempre ha recibido una fuerte influencia india, era hindu. Pero muchos sherpas, incluido Ang Tsering, eran budistas de origen tibetano. Al igual que la mayoria de nepaleses, Hurke Gurung era escrupulosamente tolerante con los budistas, como ellos lo eran tambien con los hindues, y de hecho los hindues del Nepal eran muy budistas en su interpretacion laxa del sistema de castas. Asi, antes de emprender la mision de rescate, el sirdar acepto gozoso la bendicion de Pertemba, un sherpa que, segun se decia, en su previa encarnacion habia sido un lama tibetano. Hurke acepto asimismo el prestamo de una pequena imagen de Tara Verde, que ocupaba un lugar prioritario entre todas las reinas de la mitologia tibetana y que, segun le prometieron, le protegeria de todo mal. Otro hombre le ato un trozo de hilo amarillo al cuello que le daria buena suerte.
Hurke Gurung se emociono por la devocion que mostraron sus companeros y decidio que lo que ocurria era que estaban agradecidos porque les habia representado bien ante los bideshis. Pero preferia depositar su fe en Ganesa, el dios de la sabiduria con cabeza de elefante que elimina los obstaculos; y si la ocasion asi lo exigia, en Pasupati, una forma benevola de Siva y senor de las bestias.
Mientras dirigia sus plegarias en silencio a estas dos divinidades hindues, pensando con carino en su mujer y su hijo, el sirdar bajo a la grieta hasta llegar a la cornisa que conducia a lo que los demas sherpas denominaban el pabitra ban, el bosque sagrado.
Jack habia imaginado erroneamente que el hidrocloruro de ketamina le dejaria inconsciente. Experimento el efecto de la droga bien despierto; le alivio el dolor del hombro y del costado y despues sintio que los principales musculos del cuerpo se le iban paralizando. Habia olvidado completamente que la droga tenia unicamente un efecto inmovilizador, que perderia toda sensibilidad a los estimulos externos, que sus parpados permanecerian abiertos, como los de un muerto, pero que se mantendria plenamente consciente. Asi pues, cuando el yeti, aplastando la maleza bajo sus pies hasta llegar a el, cogio un tronco tan grande como un archivador y lo levanto con la intencion, aparentemente, de descargarlo sobre el, Jack no pudo ni siquiera parpadear.
Visiblemente afectado por la completa inmovilidad de Jack, la criatura se sento sobre sus posaderas a escasa distancia de la cabeza del intruso y dejo que el tronco le rodara inofensivamente por los inmensos hombros hasta caer al suelo. El yeti se inclino hacia adelante y escudrino la expresion fija de los ojos de Jack buscando en ella alguna senal de vida.
Lo unico que pudo hacer Jack fue mirar a su vez aquellos ojos color ambar que le observaban atentamente. Esta criatura, se dijo, no es ningun simio normal y corriente. Era sumamente inteligente y poseia una conciencia del mundo que no tenia ningun animal.
Inmediatamente tuvo ocasion de ser testigo de una prueba de su inteligencia; con una comprension de la situacion del todo enigmatica, el yeti hurgo en las costillas maltrechas de Jack con su larguisimo dedo indice, que parecia un tubo donde se guardan los puros. Habia sido una bendicion inyectarse aquella droga que le habia dejado inmovil, se dijo. De no ser por el efecto anestesico de la ketamina, hubiera chillado de dolor y eso le hubiera acarreado, con toda seguridad, la muerte.
Poco a poco, el yeti empezo a calmarse y les lanzo una mirada a sus companeros. A Jack le parecio incluso que la criatura se reia, aunque penso que muy probablemente eso cabia achacarlo al efecto de la droga. Era una risa que procedia de muy adentro, desagradable, que no guardaba ninguna relacion con la risa de los gigantes en los que habia pensado antes, Cronos o Hyperion. Una risa de desprecio que surgia de las entranas de aquella mole inmensa y fuerte, como la que debio de proferir el mismisimo Polifemo antes de comerse a los seis miembros de la tripulacion de Ulises.
Pero Jack se dio cuenta de como se habia equivocado al suponer que el yeti iba a dejarle en paz, pues, por el contrario, le cogio de los tobillos y le arrastro por la pendiente hasta donde estaba el resto del grupo como si fuera un trofeo, como si deseara poner de manifiesto su poder sobre sus congeneres al haber vencido a aquel extrano intruso.
Los demas dieron golpes de pies en el suelo con evidente deleite y le lanzaron gritos y rugidos de admiracion al yeti que Jack habia tomado por el verdadero Numero Uno, porque hasta el Jefe parecia amansarse cuando Numero Uno aparecia en escena.
Numero Uno aullo, hizo una senal con sus dedos largos y gruesos, como si arrancara una flor, y despues se metio los dedos en la boca; repitio esta accion varias veces, como si aquel gesto tuviera algun sentido determinado, y provoco en el resto del grupo muchos grunidos de aprobacion.
Los demas yetis le contestaron haciendo mas senales. Aquello parecia un lenguaje de signos.
Los conocimientos de linguistica de Jack se limitaban a lo que habia visto en la PBS y a lo que habia leido en el New Yorker. Sabia que algunos chimpances, como por ejemplo Washoe, han aprendido una forma rudimentaria de comunicacion. Tambien sabia que la cuestion de si semejante comunicacion implica o no pensamientos y emociones suscitaba una gran polemica. Pero aquello era mucho mas tangible. Un lenguaje de signos que habian creado ellos mismos y que nadie les habia ensenado. ?O era solo otra alucinacion? Si este era el caso, se trataba de una alucinacion muy general, pues la impresion que tenia era de que todos los yetis se comunicaban entre ellos, y muy habilmente, ademas.
Oyo un chillido.
No provenia del recien nacido, como penso en un primer momento, sino de un animal mas pequeno que un yeti, que tenia aproximadamente medio metro de largo, un espeso pelaje y una complexion obesa muy caracteristica. Era una marmota del Himalaya. Una de las hembras del yeti, a la que le colgaban lo pechos, la tenia en brazos.
Tuvo que descartar inmediatamente la idea absurda de que la marmota podia ser una especie de animal domestico cuando la hembra cogio a la marmota por una pata y la estrello con violencia contra un arbol y la mato al instante. Por un momento parecio que examinaba el estomago de la marmota hasta que Jack vio que tenia los dedos impregnados de sangre y advirtio que le habia arrancado las entranas y que se disponia a comerselas. Cuando acabo su banquete, la hembra del yeti lanzo lejos los huesos cubiertos de pelaje como si fuera el papel de un caramelo.
Acudio a su mente un vago recuerdo de la marmota que vio en el rinon, a la que le habian vaciado las entranas, y un articulo del National Geographic dedicado a un grupo de chimpances carnivoros; y entonces le invadio el panico al pensar en lo que debian de haber estado diciendose unos a otros mediante aquel lenguaje de signos.
El panico dio paso al mas atroz de los horrores cuando Numero Uno le arranco el panel de control del traje
