habia salvado la vida.
Habia ocurrido seis anos atras, en el Lhotse, una montana que, por su altitud, es la cuarta del mundo. Despues de ayudar a Jack y a Didier a montar el campamento desde el cual iban a conquistar la cima, Hurke y otro escalador, un ingles llamado Thompson, bajaban por una arista de nieve entre seis mil cuatrocientos y seis mil setecientos metros cuando resbalaron y se cayeron. Thompson murio. Hurke, aunque malherido, consiguio usar el piolet para frenar la caida, pero en contrapartida sufrio graves cortes en las manos. Jack bajo a rescatarle haciendo rapel y estuvo a punto de matarse en dos ocasiones; en una, de la pared de granito salto un clavo; en otra, le alcanzaron unas piedras que se habian desprendido.
No habia que darle mas vueltas. De no ser por Jack sahib, el todavia estaria en la vertiente de aquella montana.
La radio de Hurke emitio un sonido. Era Jameson. En el interior del casco del sirdar sono como la voz de su propia conciencia. O quiza del mismisimo Siva. Hunke se detuvo para descansar.
– Hurke, ?que tal va todo?
– Bien, gracias, Jameson sahib. Pero este sitio es malo. No me sorprenderia ver palabras escritas en esta pared. Aqui hay un destino.
– Si es asi, entonces estoy seguro de que debes estar ganando muchos puntos para tu karma -le dijo Jameson-. Como el sadhu que vimos, ?te acuerdas?
– Si, me acuerdo.
El sirdar no estaba muy seguro de creer en el karma y en la reencarnacion. Habia visto a demasiadas personas matarse en las montanas para aceptar la idea de que un karma sin completar iba a encadenarle a la rueda del nacimiento, la muerte y la reencarnacion. Su fe en la amistad le parecia infinitamente mas solida.
– Solo queria prevenirte de una cosa, para cuando vuelvas -dijo Jameson-. He dejado una red en la boca de la grieta, por si acaso a algun yeti se le ocurre caer en ella. No te gustaria que te siguiera una de estas bestias, ?verdad?
Hurke volvio a concentrarse en el banco de nieve flotante y en su encuentro con los dos yetis.
– Desde luego no, sahib.
– Bueno, avisame cuando vayas a volver. No tardaremos mucho en quitarla para dejarte pasar. Como mucho media hora.
– Si, sahib. Gracias.
– Esto es todo. Hasta luego.
Hurke sonrio y siguio andando. Le gustaba la manera en que le habia hablado Jameson. El agreji daba por supuesto que el sirdar volveria.
– Saathi, pheri bhetaulaa -dijo para sus adentros (Amigo, espero que volvamos a vernos).
– Oh, mierda.
Jack advirtio que estaba deslizandose demasiado de prisa. Se sentia como un atleta de deportes de invierno, de los que llevan prendas de goma ajustadas y que bajan en trineo. Chillo de miedo cuando la pendiente giro y vio que se acercaba a la grieta a una velocidad de vertigo.
En el ultimo segundo, cuando estaba seguro de que iba a salir disparado por el borde del precipicio, Jack junto los pies y clavo las puntas de los crampones en el hielo. Era tanta su desesperacion por detenerse que la fuerza que ejercio sobre los crampones fue igual de intensa que la de la aceleracion; como consecuencia, uno de ellos se desprendio de una bota y desaparecio dolorosamente por debajo de su cuerpo, hasta dejarlo atras. Jack, sin pensar en la tortura de los calambres que sentia en la parte posterior de las piernas, volvio a clavar con fuerza en el hielo el unico crampon que le quedaba.
Con demasiada fuerza…
Su pie se quedo parado en seco, pero su cuerpo siguio deslizandose y se dio cuenta de que la aceleracion lo catapultaba hacia adelante como cuando un motorista sale disparado por encima del manillar de una moto despues de un brusco frenazo. Tuvo una breve vision de infarto de las profundidades de la grieta antes de abalanzarse a la velocidad del rayo hacia el rellano y, consciente de que estaba a punto de caer en la roca, intento frenar su caida con los antebrazos.
La seguridad jamas habia sido tan dura.
Jack, cuyos pulmones se habian quedado sin aire, y con el dolor de las costillas multiplicado por diez, oyo un grunido terrible en la oscuridad, seguido de un silbido que sono cada vez mas fuerte a medida que se deslizaba a un abismo de inconsciencia mas oscuro y profundo aun que el lugar donde se hallaba.
VEINTIDOS
?… seria demasiado temerario imaginar que todos los animales de sangre caliente proceden de un unico filamento vivo al que la Gran Causa Primera doto de animalidad…?
Erasmus Darwin
Uno de los axiomas preferidos de Mac era que hacer predicciones en el Himalaya se convertia en una ciencia imprevisible, sobre todo cuando lo que uno queria pronosticar era el tiempo. Cuando Jameson y los sherpas llegaron, despues del resto del equipo, al campamento I, situado en lo alto del rinon del Machhapuchhare, la tormenta amenazadora que les habia obligado a salir del corredor de hielo habia amainado con una rapidez propia del capricho de una diosa de la montana. Jameson se arrastro a gatas hasta el interior de la tienda mas grande y encontro a Swift, que estaba preparando un caldo de ternera en el fogon.
– ?Quieres un poco? Le he echado jerez.
– ?Jerez! Santo cielo, por fin he vuelto a la civilizacion. Me muero de ganas.
Cody, que llevaba un visor nocturno Petzl y parecia un minero, ya estaba metido en su saco de dormir leyendo Los siete pilares de la sabiduria.
– Me parece extrano que te hayas traido ese libro aqui arriba, estas lecturas no son apropiadas para un lugar como este -apunto Jameson.
– Ninguno de los libros que me he traido tiene nada que ver con montanas, nieve o simios -explico el zoologo especializado en primates-. Sobre todo, el tema de los simios lo descarto. Leer sobre el desierto me ayuda a recuperar el calor corporal.
– Si -convino Jameson-. Este alojamiento no tiene la categoria de la concha, ?verdad?
– Boyd esta haciendo de nosotros personas debiles -gruno Mac que, con la radio en la mano, intentaba establecer la comunicacion con el sirdar para estar al tanto de su avance por la grieta.
– ?Donde esta Jutta? -pregunto Jameson, aunque su pregunta no iba dirigida a nadie en concreto.
– En una de las tiendas -respondio Swift-. Durmiendo. -Le dio a Jameson una taza humeante llena hasta arriba de caldo-. En cuanto me termine la sopa, yo tambien voy a acostarme.
Jameson asintio con entusiasmo.
– ?Es delicioso!
– ?Queda mas? -pregunto Mac.
Swift abrio otra lata, vacio su contenido en un cazo y le anadio un poco de jerez. Volvio a poner el cazo en el fuego, sin dejar de remover, meditabunda. Todos habian oido la conversacion de Jameson con el sirdar. Swift admiraba su teson. Jameson, como todos, estaba preocupado por Jack, de eso estaba segura. Pero esto no le impedia dejar de lado el principal objetivo de la expedicion. Su empeno y su obstinacion eran lo unico que les podria reportar exito.
– ?Crees que funcionara? -le pregunto ella-. Me refiero a la trampa que has colocado.
– Nunca se puede decir con certeza -contesto-. Lo mejor que se puede hacer es intentar olvidarse de ella. - Jameson se encogio de hombros-. Vamos a esperar a ver que pasa, ?de acuerdo?
Cuando Swift se hubo terminado el caldo y comido una barra entera de chocolate sin el mas minimo sentimiento de culpa (algo que no hubiera podido hacer en California), se fue a la tienda donde dormia Jutta y se
