Al llegar al otro lado, no hizo ningun caso de las disculpas de Nyima ni de los insistentes elogios de Tsering por haber ideado aquella trampa.
– Si, desde luego -dijo Tsering-. Menuda sorpresa se va a llevar el yeti.
Jameson saco un objeto largo y cilindrico de la mochila y empezo a atarlo a una de las cuerdas que sostenian la red.
– ?Que es esto, sahib?
– ?Esto? -Jameson esbozo otra de sus sonrisas de maniaco-. Esto quiza se convierta en mi despertador.
Paralizado aun por la ketamina, Jack seguia tendido en el suelo escuchando el parloteo de los yetis, esperando, desvalido, que Numero Uno le arrancase las entranas con sus dientes y sus dedos. El yeti, que masticaba el panel de control con aire de investigador, no parecia tener ninguna prisa y Jack decidio que su principal esperanza de escapar con vida residia en el sabor de aquella caja de plastico. Si Numero Uno pensaba que el resto del cuerpo de Jack era igual de insipido, tal vez anularia el banquete.
Numero Uno dejo de masticar y rompio la caja en dos, como si fuera una barra de pan. El apetito dio paso a la curiosidad y el yeti empezo a recoger los chips y los cables del interior de la caja.
Lo que veia, a Jack apenas le consolaba. Se sentia como un oso de peluche al que en cualquier momento un nino, llevado por la curiosidad, podia rajar el vientre para averiguar de donde salian los grunidos.
El macho de espalda blanca, al que Jack llamaba el Jefe, se abalanzo sobre el provocando que Numero Uno le lanzara un grunido de advertencia. Sin hacer caso, el Jefe se sento y empezo a tirar de la bota de Jack. Esta vez Numero Uno arrojo la caja de control, se levanto y se sento junto al Jefe, del que solo le separaba un arbol pequeno, con fingida indiferencia. Pero era muy evidente, por la reaccion que suscito en el resto del grupo, que iba a ocurrir algo, algo violento, pues todos los yetis se quedaron callados.
De repente, el Jefe sacudio el arbol que lo separaba de Numero Uno, arranco una rama que le parecio que podia tener utilidad y se levanto blandiendola como si fuera una porra. Para Numero Uno aquel acto provocativo fue suficiente. Rugio enfurecido, se puso en pie y Jack vio que no solo le sacaba, como minimo, un palmo al Jefe, sino que tambien iba armado con su piolet.
Fue una suerte para el Jefe que Numero Uno le golpease con la azuela en forma de pala en lugar de hacerlo con el regaton, que era muchisimo mas afilado y letal. Descargo el golpe en el hombro de su adversario e inmediatamente este empezo a retroceder hacia donde estaba Jack chillando histericamente.
Durante unos breves segundos, Jack, aterrorizado, penso que iba a morir aplastado por el pie enorme del yeti derrotado. Pero lo que sucedio fue solo que la criatura se orino en su cabeza, como si el miedo le hubiera provocado una perdida de control sobre su aparato urinario. El fortisimo hedor por poco lo ahoga.
Tenia los ojos, las orejas y la boca llenos del pipi del yeti e involuntariamente lo trago (la ketamina no afectaba a los reflejos normales de la faringe y de la laringe), mientras el Jefe huia cuesta abajo escapando.
Numero Uno volvio la cabeza y miro al resto del grupo con el pelo de la cabeza erizado a la vez que ladraba de excitacion y blandia todavia el piolet de Jack, como si les incitara a que se presentara ante el otro posible agresor, desafiante, que osara dudar de su poder. Unos segundos mas tarde, se abalanzo sobre el grupo, cogio a una hembra joven por los pelos del cuello y la obligo a arrodillarse ante el; despues, enfadado y grunendo como un cerdo empezo a copular con ella como si, al mismo tiempo, quisiera demostrar su dominio sobre el resto de su haren.
Pasaron unos minutos; Numero Uno se sento otra vez, mirando fijamente y con desprecio el resto del grupo, y empezo a comer hojas de un rododendro.
Jack se percato de que Numero Uno se habia olvidado de el. Apestaba a orina del Jefe y le dolian los ojos por los acidos que contenia; rogo que llegara el momento en que pudiera moverse y pugno por recordar cuanto tiempo habia estado bajo el efecto de la droga el leopardo de las nieves despues que Miles Jameson le disparara el dardo. Calculo que habia transcurrido una hora. Sin embargo, tambien tenia el recuerdo desazonador del comentario de Jameson sobre la duracion del periodo de recuperacion, que podia ser de hasta cinco horas, lo cual no era nada infrecuente. Jack decidio que debia de llevar tumbado no mucho mas de media hora; tal vez desde la primera embestida habian transcurrido cincuenta minutos. Sintio que los parpados le temblaban. ?Era esto una senal de que estaba cansado y necesitaba dormir? ?O que estaba recuperando el tono muscular? Intento parpadear y lo consiguio. Se estaba recuperando. Al darse cuenta, le dio un vuelco el corazon. Con la recuperacion volvio a sentir dolor en las costillas. Y tambien volvio el gran macho de la espalda blanca.
Haciendo un chasquido con los labios, hambriento, Numero Uno se sento junto a la cabeza de Jack y lo husmeo, sin que, en apariencia, la pestilencia de la orina le molestara. Despues metio las manos dentro del traje y con su dedo indice de la medida de un baston enrollo el conducto de agua caliente que habia debajo de la ropa interior termica. Fascinado por este collar elastico y por como rebotaba contra el pecho de Jack cada vez que lo soltaba, el yeti estuvo tres o cuatro preciosos minutos totalmente entretenido. Cada segundo que pasaba, Jack iba recuperando la sensibilidad del cuerpo. Queria dominarse hasta el ultimo momento, obtener el maximo impacto, pues si el yeti pensaba que estaba muerto, entonces podria sacar provecho de ello. Ver resucitar el cuerpo sin vida del enemigo derrotado podria dejar lo bastante pasmado a Numero Uno como para que a Jack le diera tiempo a escapar. No era un gran plan, pero no tenia otro. Jack apreto las nalgas, movio los dedos de los pies y se preparo para volver del mundo de los muertos.
Numero Uno se inclino sobre el cuello de Jack ensenando los dientes.
Tendria que actuar ahora.
Jack se levanto gritando a pleno pulmon.
– ?Cabron!
Numero Uno reculo, vacio el vientre expulsando un chorro de diarrea, que cayo al suelo, y huyo despavorido entre la maleza.
Al tiempo que emitia grunidos, ladridos y chillidos tan agudos que perforaban el timpano, el resto del grupo lo siguio, abriendose paso violentamente entre la espesura, echando abajo los arboles pequenos que hallaban en su camino, aplastando arbustos, alejandose desesperados de aquello que habia asustado a un yeti del poder y de la categoria de Numero Uno.
Jack, con paso vacilante y mareado, no sabia si a consecuencia de la droga o de la orina del yeti que habia tragado, subio como pudo la cuesta y cruzo el bosque en direccion a la caverna de hielo. Al llegar arriba, sin resuello, las arcadas eran tan fuertes que el dolor del costado era tan intenso que por poco le deja tendido en el suelo helado, inconsciente. Se obligo a si mismo a seguir adelante y avanzo a gatas. No habia tiempo que perder. Era extrano, pero sentia calor, aunque no comprendia como el traje climatizado podia seguir funcionando y lo achaco a la ketamina. Tal vez, se dijo, uno de los efectos secundarios de la anestesia de ketamina sea la produccion de calor. No tenia ni idea de hasta cuando se mantendria en aquel estado, pero puesto que la temperatura exterior habia descendido ya por debajo de los cero grados, y seguia descendiendo, era absolutamente primordial no permanecer ni un momento quieto. En el interior de la caverna, por lo menos, no hacia viento.
Jack llego a la entrada en forma de ocho, y, puesto que se sentia con mas fuerzas, se levanto y dio unos cuantos pasos; al mismo tiempo dio un puntapie a algo del tamano de una roca pero que sonaba como si estuviera hueco. Era su casco. Por lo menos podria conservar un poco de calor corporal, aunque la calefaccion del traje ya no funcionara. Se puso el casco, lo conecto a la unidad de soporte vital que ya no le servia para nada y que llevaba todavia a la espalda, y echo a andar muy despacio entre los bloques de hielo que cubrian el suelo de la caverna. Ya no tenia conducto de agua, pero la luz de carburo, milagrosamente, aun funcionaba, aunque no la halogena, y eso le hizo preguntarse como se las habria apanado para encontrar el camino de vuelta por el rellano sin luz. La bombilla amarilla de carburo le ilumino la dificultad con la que se enfrentaba: bajar la cuesta helada que conducia a la cornisa y que se metia, serpenteante, en las tinieblas de la grieta como si fuera un tobogan en espiral. Con solo un hombro bueno, seria imposible bajar de espaldas a la pared; y sin el piolet para frenarse si resbalaba, el descenso podia acabar en las profundidades insondables del abismo.
Jack se sento y se preparo para afrontar lo que pudiera ocurrir. Respiro todo lo hondo que le permitia el dolor de las costillas y se deslizo por la pendiente helada.
El sirdar andaba con mucho cuidado por la cornisa que habia en el interior de la grieta, sin apartarse de la pared. Intento concentrarse en la ruta que se desplegaba ante el, pero, aislado dentro del traje climatizado y solo en medio de la oscuridad, le acudia una y otra vez a la mente el recuerdo de Jack y como el norteamericano le
