«Conocete a ti mismo, no pretendas conocer a Dios; el objeto de estudio propio del hombre es el hombre.»

Desde que leyo a los dieciseis anos de edad, siendo todavia una colegiala, los versos de Alexander Pope, estos se convirtieron en el lema de Swift y en su filosofia de la vida. Tenia la impresion de que el tema del origen del hombre le habia interesado siempre y su temprano y precoz interes por el sexo y la reproduccion humana se vio pronto sustituido por un afan mucho mas fundamental: descubrir el legado genetico del hombre.

A pesar de ello, se produjo un momento de revelacion en el que tomo conciencia de que iba a consagrar su vida al «objeto de estudio propio del hombre». Seguramente no fue ninguna casualidad el hecho de que dicho momento ocurriera al contemplar una escena reveladora y cargada de simbolos. Se trataba de la escena de 2001: una odisea del espacio, la pelicula de Kubrick, en la que, con exquisita precaucion, el simio toca el monolito y queda fascinado, aquella losa le despierta el recuerdo de algo que estaba como dormido en el: su habilidad para fabricar armas letales. Como si aquel ser hubiera excitado tambien la imaginacion de la joven Swift con su leve roce, ese fue el momento en que, acompanado del toque tumultuoso de trompetas nietzscheanas, Swift comprendio cual iba a ser el camino que iba a seguir en la vida.

Ahora, transcurridos unos anos despues de iniciar su propia odisea intelectual, el enigma del «gran salto hacia adelante» del hombre, el legado genetico que iba a hacer del Homo sapiens un ser tan especial, era un misterio no menos diamantino que el monolito negro y amenazador de Kubrick. Y, en lo fundamental, el misterio seguia siendo eso: un misterio.

El periodo en que los neandertales y el Homo sapiens se escindieron ocurrio hace solo doscientos mil anos, una treintava parte del tiempo que se necesito para que los simios y los seres humanos se separaran, con una diferencia de porcentaje de sus respectivos genomas que se reducia a menos de la mitad. Y, sin embargo, los neandertales habian sucumbido, mientras que el Homo sapiens habia triunfado y se habia impuesto.

?Por que?

No habia ninguna pista que pudiera ayudar a aclarar este misterio insondable.

La explicacion prevaleciente sobre la bifurcacion del hombre de Neandertal y del Homo sapiens, es decir, que el hombre moderno habia desarrollado esa superioridad evolutiva que es el lenguaje (la paleoantropologia habia abandonado la hipotesis de que su superioridad se debiera a la habilidad del simio asesino para fabricar armas que tanto habia atraido a Stanley Kubrick), conducia a un misterio, si cabe, mas grande.

?Cual fue el desarrollo anatomico que los neandertales no fueron capaces de desplegar y que habia hecho posible que el hombre moderno inventara el lenguaje articulado al dotarlo de la facultad de emplear sonidos articulados para expresarse?

El camino de vuelta a su casa por la avenida Euclid era todo cuesta arriba.

Como muchas casas de Northside, la zona septentrional de Berkeley, un barrio tranquilo y con mucha vegetacion cuyo vecindario esta compuesto por personas que ejercen profesiones liberales y profesores universitarios, la de Swift era un chalet de madera que parecia esculpido de los frondosos arboles del lugar. Le habia costado mucho dinero pero gracias a la venta, a muy buen precio, de los valiosos bronces de su abuela en unas casas de subastas de Londres y Manhattan se la habia podido comprar.

Al entrar en su estudio, una habitacion llena de plantas y bien ventilada en la que tenia su bonito piano de cola, Swift descolgo el telefono y se tumbo en el sofa con el deseo de fumarse un pitillo y relajarse. Fumaba solo en contadas ocasiones y, de hecho, utilizaba el tabaco con fines medicinales, pues lo unico que buscaba en el eran sus efectos sedantes. Dio solamente dos caladas al Marlboro y lo apago con sus dedos, tan cargados de sortijas de oro que parecian saxofones con sus pistones. Estaba todavia pensando en que iba a hacer antes de que oscureciera cuando se quedo adormilada…

Se desperto con un sobresalto y echo una ojeada al reloj.

Eran las cinco.

Habia atardecido ya y se le habian pasado las horas durmiendo.

El telefonillo sono varias veces como una avispa enfurecida. ?Quien podia ser? ?Seria algun alumno? ?Un colega, tal vez? ?Algun vecino que venia a quejarse del piano, que ella tocaba hasta altas horas de la noche?

– Mierda.

Swift bajo sus largas piernas del sofa, cruzo la habitacion de suelo de parquet de fresno bien pulido y pulso el boton del telefonillo.

– ?Quien es? -susurro de mal humor.

– Jack -respondio la voz.

– Jack -repitio ella como un eco-. ?Jack que mas?

– Por Dios, Swift. ?A cuantos Jacks conoces? Soy Jack Furness, quien voy a ser.

– ?Jack?

Swift lanzo un grito de alegria y le dio al boton para abrir la puerta del jardin. Despues de mirarse al gran espejo de marco dorado del vestibulo y comprobar que estaba presentable, bajo los escalones de dos en dos y se fue volando a abrir la puerta.

Jack ni se movio, se quedo casi en posicion de firmes en el umbral sosteniendo, debajo de su musculoso brazo, una jaula de madera bastante grande. Vestia un polo azul marino, un abrigo de tweed marron de sport y en su cara habia una sonrisa tan amplia y radiante como su reloj de pulsera de deportista. Estaba mas delgado que la ultima vez que se habian visto e incluso tenia ojeras. Se adivinaba facilmente, al mirar su rostro curtido por la intemperie, que en su reciente expedicion al Himalaya habia sufrido considerables penalidades. Pero ella no sabia casi nada de la desgracia que le habia sobrevenido, fuera de la breve noticia que habia oido en «Online» de la CNN y de las cuatro lineas que le habia dedicado la semana anterior el San Francisco Chronicle a la ascension, emprendida por dos hombres, de una de las cumbres de mayor altitud del Himalaya; la expedicion, se decia, habia terminado tragicamente al perecer Didier Lauren sepultado bajo un alud.

Swift se echo a los brazos de Jack y lo abrazo fuerte antes de apartarse de el y dedicarle una mirada llena de reproche.

– ?Y si hubiera salido, Jack? -le regano-. ?Por que no llamaste antes?

– Te llame, pero tienes el telefono descolgado.

– Lo que quiero decir es que por que no me llamaste desde el Nepal. ?O por que no me escribiste? ?Al menos podias haber utilizado el correo electronico!

Jack se encogio de hombros.

– No queria hablar con nadie. Me imagino que te habras enterado de lo que ocurrio.

– Fue la noticia mas impactante del Chronicle -repuso-. Pero no decia gran cosa mas de lo que habian dicho ya por la radio. Se limitaron a informar de que Didier murio al producirse un alud y que tu habias sobrevivido.

Swift volvio a abrazarlo; despues tiro de el y lo hizo entrar en el vestibulo.

– Didier no fue el unico -comento Jack-. Tambien murieron cinco sherpas.

– Dios mio, que terrible debio de ser para ti.

– Si, eso es lo que fue: terrible.

– Me alegra que estes bien, Jack -dijo al cerrar la puerta.

Swift hizo pasar a su amigo al salon, lo sento, dandole un carinoso empujon, en un sofa amplio y mullido, y le ofrecio una copa de Macallan, que era lo que mas le gustaba.

– ?Cuando llegaste?

– Ayer.

– ?Ayer? ?Y tanto has tardado en venir a verme?

– En realidad llegue anoche. Y llegue molido.

Jack apuro la copa y se quedo mirando a Swift. Estaba todavia mas guapa de lo que el la recordaba. Tenia las piernas bronceadas y extraordinariamente bien torneadas, y las cruzo al sentarse en una butaquita mas bien incomoda enfrente de el.

– ?Esperas a alguien esta noche? -le pregunto Jack-. Quiero decir si hay alguien en tu vida.

– No, nadie.

– Estupendo. ?Puedo servirme otra copa?

– Por supuesto.

Jack se levanto y se acerco a la bandeja de las bebidas. Se lleno la copa de whisky de malta y volvio a sentarse en el sofa, adoptando esta vez una posicion distinta con la intencion de poder contemplar las piernas de ella sin que nada le impidiera disfrutar de aquella esplendida vista.

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