Movi la cabeza, incredulo.

– ?Muerto?

– Asesinado, para ser mas precisos. Asi es como lo llamamos dadas las circunstancias.

– Mierda -dije, cerrando otra vez los ojos.

– Es mi espectaculo, Gunther. Y si que espero que me ayudes con el telon y las luces. -Me dio en el pecho con el dedo-. Asi que empieza a darme alguna jodida respuesta, ?vale?

– Cabron de mierda. No creeras que yo he tenido algo que ver con eso, ?verdad? Joder, yo era su unico amigo. Cuando tu y todos tus guapos amigos aqui en el Alex os las arreglasteis para que lo enviaran a un puesto perdido en el Spreewald, yo fui el unico que no le fallo. Era el unico que valoraba que, pese a su torpe falta de entusiasmo por los nazis, era un buen policia.

Menee la cabeza con amargura y jure de nuevo.

– ?Cuando lo viste por ultima vez?

– Anoche, hacia las ocho. Lo deje en el aparcamiento de detras del Metropol, en la Nol lendorfplatz.

– ?Estaba trabajando?

– Si.

– ?Haciendo que?

– Siguiendo a alguien. No, vigilando a alguien.

– ?Alguien del teatro o que vivia en los pisos?

Asenti con la cabeza.

– ?Cual de las dos cosas?

– No te lo puedo decir. Por lo menos, no antes de que hablar con mi cliente.

– Ese del que tampoco me puedes hablar. ?Quien te crees que eres, un sacerdote? Es un asesinato, Gunther. ?No quieres coger al hombre que mato a tu socio?

– ?Tu que crees?

– Creo que tendrias que considerar la posibilidad de que tu cliente tenga algo que ver. Y ademas, supon que te dice: «Herr Gunther, le prohibo que hable de este desgraciado asunto con la policia». ?Adonde nos lleva eso? -Nego con la cabeza-. No hay trato, Gunther. Me lo cuentas a mi o se lo cuentas al juez. - Se levanto y fue hacia la puerta-. Tu decides. Tomate el tiempo que necesites. Yo no tengo prisa.

Cerro la puerta al salir, dejandome con mi sentimiento de culpa por haberle deseado algun mal a Bruno y a su inofensiva pipa.

Alrededor de una hora mas tarde, la puerta se abrio y un oficial de alto rango de las SS entro en la habitacion.

– Me preguntaba cuando aparecerias -dije.

Arthur Nebe suspiro y meneo la cabeza.

– Siento lo de Stahlecker -dijo-. Era un buen hombre. Naturalmente, querras verlo. -Me hizo un gesto para que lo siguiera-. Y luego, me temo que tendras que ver a Heydrich.

Mas alla de un despacho exterior y una sala de autopsias donde un patologo estaba trabajando en el cuerpo desnudo de una adolescente, habia una sala larga y fria con hileras de mesas que se extendian frente a mi. En unas cuantas habia cuerpos humanos, algunos desnudos, algunos cubiertos con una sabana y algunos, como Bruno, todavia vestidos, mas parecidos a una maleta perdida que a algo humano.

Me acerque y mire larga y detenidamente a mi socio muerto. Parecia como si se hubiera tirado una botella entera de vino tinto por encima de la pechera de la camisa y tenia la boca tan abierta como si lo hubieran apunalado sentado en la silla del dentista. Hay un monton de formas de acabar con una amistad, pero ninguna resulta mas permanente que esta.

– No sabia que llevara dentadura postiza -dije distraidamente, al ver brillar algo metalico en la boca de Bruno-. ?Apunalado?

– Una vez, en el corazon. Calculan que por debajo de las costillas y hacia arriba a traves de la boca del estomago.

Levante cada una de las manos y las inspeccione atentamente.

– No hay otros cortes… -dije-. ?Donde lo encontraron?

– En el aparcamiento del Teatro Metropol -dijo Nebe.

Le abri la chaqueta, observando la pistolera vacia, y luego le desabotone la camisa, todavia pegajosa por la sangre, para inspeccionar la herida. Era dificil de decir sin que lo limpiaran, pero la entrada parecia dividida, como si hubieran retorcido el cuchillo en el interior.

– El que lo hizo sabia como matar a alguien con un cuchillo -dije-. Parece una herida de bayoneta. -Suspire y menee la cabeza-. Ya he visto bastante. No hay necesidad de que su mujer pase por esto. Yo hare la identificacion oficial. ?Se lo han dicho ya?

Nebe se encogio de hombros.

– No lo se -dijo, e inicio el regreso a traves de la sala de autopsias-. Pero seguro que no tardaran en decirselo.

El patologo, un tipo joven con un gran bigote, habia dejado de trabajar en el cuerpo de la chica para fumarse un cigarrillo. La sangre del guante que le cubria la mano habia manchado el papel del cigarrillo y tenia tambien un poco en el labio inferior. Nebe se detuvo y contemplo la escena con profundo desagrado.

– ?Que? -dijo furioso-. ?Otra?

El patologo expulso el humo perezosamente y puso mala cara.

– Solo estoy empezando, pero segun todas las apariencias, si -dijo-. Lleva todos los accesorios habituales.

– Ya lo veo. -Era evidente que a Nebe no le gustaba mucho el joven patologo-. Espero que su informe sea bastante mas detallado que el ultimo… y mas preciso. -Dio media vuelta bruscamente y echo a andar a paso rapido anadiendo por encima del hombro-: Y asegurese de que lo tenga lo antes posible.

En el coche de Nebe, de camino a la Wil helmstrasse, le pregunte de que iba todo aquello.

– En la sala de autopsias, quiero decir.

– Amigo mio -dijo-, me parece que eso es lo que estas a punto de averiguar.

El cuartel general del SD, el Servicio de Seguridad de Heydrich, en el numero 102 de laWilhelmstrasse, parecia bastante inocuo desde el exterior. Incluso elegante. A cada extremo de una columnata jonica habia una torre cuadrada de dos pisos y una arcada que llevaba al patio. Una pantalla de arboles dificultaba la vista de lo que habia mas alla y solo la presencia de dos centinelas delataba que era un edificio oficial.

El coche cruzo la entrada, continuo a lo largo de una cuidada extension de cesped, del tamano de un campo de tenis y delimitada por arbustos, y se detuvo frente a un bello edificio de tres pisos con ventanas en forma de arco, grandes como elefantes. Unos guardias de asalto se precipitaron a abrir las puertas del coche y bajamos.

El interior no era del todo lo que yo habia esperado del cuartel general de la Si po. Esperamos en un vestibulo, cuya caracteristica central era una recargada escalinata dorada, adornada con unas cariatides bien formadas y unas enormes aranas. Mire a Nebe, dejando que mis cejas lo informaran de que estaba favorablemente impresionado.

– No esta mal, ?eh? -dijo, y cogiendome por el brazo me llevo hasta las puertas de cristal que se abrian sobre un magnifico jardin escenico.

Mas alla, hacia el oeste, podia verse la moderna silueta de la Euro pa Haus, de Gropius, mientras que hacia el norte se distinguia claramente el ala sur del cuartel general de la Ges tapo en la Prinz Al brecht Strasse. Tenia buenas razones para reconocerlo, ya que una vez habia estado detenido alli durante un tiempo por ordenes de Heydrich.

Por otro lado, resultaba bastante mas peliagudo apreciar la diferencia entre el SD, o Sipo, como a veces se llamaba al Servicio de Seguridad, y la Ges tapo, incluso para la gente que trabajaba para las dos organizaciones. A mi entender, era igual que con la Boc kwurst y la Fran kfurter: tienen nombres especiales, pero su apariencia y su sabor son exactamente iguales.

Lo que era facil de ver era que con este edificio, el Prinz Albrecht Palais, Heydrich se habia forjado una buena posicion. Quiza mejor incluso que la de su supuesto jefe, Himmler, que ahora ocupaba el edificio adyacente al

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