– ?Quien se cree que soy, Hermann Goering? Mierda, no se que clase de uniforme era.

– Veamos, ?era verde, negro, marron o que? Venga, chica, piensa; es importante.

Dio una calada con rabia y sacudio la cabeza con impaciencia.

– Un uniforme viejo, del tipo que llevaban antes.

– ?Quieres decir como un veterano de la guerra?

– Si, algo asi, solo que mas… prusiano, supongo. Ya sabe, el bigote engominado, las botas de caballeria. Ah, si, me olvidaba. Llevaba espuelas.

– ?Espuelas?

– Si, como si fuera a montar a caballo.

– ?Recuerdas algo mas?

– Llevaba una bota de vino colgada con un cordon del hombro, de forma que parecia como si llevara una corneta a la cadera. Pero dijo que estaba llena de schnapps.

Asenti, satisfecho, y me recoste en el sofa, preguntandome como habria sido acostarme con ella. Por primera vez observe la decoloracion amarillenta que tenia en las manos, y que no era nicotina ni ictericia ni natural, sino la senal de que habia trabajado en una fabrica de municiones. En una ocasion habia identificado un cuerpo sacado del Landwehr por ese detalle. Otra cosa que habia aprendido de Hans Illmann.

– Oiga, escuche -dijo Helene-, si alguna vez agarran a ese cabron, asegurese de que reciba la hospitalidad habitual de la Ges tapo, ?lo hara? Empulgueras, porras de goma y todo eso.

– Senorita, puede contar con ello -dije, levantandome-. Y gracias por la ayuda.

Helene se puso en pie, con los brazos cruzados, y se encogio de hombros:

– Si, mire, yo tambien fui adolescente una vez, ?sabe lo que quiero decir?

Mire a Evona y sonrei.

– Se lo que quiere decir.

Senale con la cabeza hacia las habitaciones del pasillo.

– Cuando Don Juan haya acabado con sus investigaciones, digale que he ido a interrogar al jefe de camareros de Peltzers. Y despues puede que vaya tambien a hablar con el gerente del Jardin de Invierno para ver que puedo sacarle. Luego lo mas probable es que vuelva al Alex a limpiar mi pistola. ?Quien sabe?, tal vez incluso me de tiempo de hacer un poco de trabajo policial de pasada.

9. Viernes, 16 de septiembre

– ?De donde eres, Gottfried?

El hombre sonrio orgullosamente.

– De Eger, en los Sudetes. Dentro de pocas semanas podremos llamarlo Alemania.

– Imprudencia es como yo lo llamo -dije-. Dentro de pocas semanas, tu Sudetendeutsche Partei nos habra metido en la guerra. La ley marcial ya ha sido declarada en la mayoria de los distritos del SDP.

– Los hombres deben morir por lo que creen.

Se recosto en la silla y arrastro una espuela por el suelo de la sala de interrogatorios. Me levante, aflojandome el cuello de la camisa, y me aparte del rayo de sol que entraba por la ventana. Era un dia de calor. Demasiado calor para llevar chaqueta, y mucho mas el uniforme de un viejo oficial de la caballeria prusiana. Gottfried Bautz, arrestado a primera hora de aquella misma manana, no parecia sentir el calor, aunque su engominado bigote estaba empezando a mostrar signos de querer pasar a posicion de descanso.

– ?Que hay de las mujeres? -pregunte-. ?Tambien tienen que morir?

Entrecerro los ojos.

– Me parece que sera mejor que me diga por que me han traido aqui, ?no cree, HerrKommissar?

– ?Has estado alguna vez en un salon de masaje de la Ric hard Wagner Strasse?

– No, me parece que no.

– No eres un hombre facil de olvidar, Gottfried. Dudo que hubieras logrado ser mas facil de recordar si hubieras subido las escaleras montado en un semental blanco. Por cierto, ?por que llevas uniforme?

– Servi a Alemania y estoy orgulloso de ello. ?Por que no tendria que llevar uniforme?

Empece a decir algo sobre que la guerra habia acabado, pero no parecia tener mucho sentido en aquel caso, sobre todo con otra guerra en camino y con Gottfried tan sonado como estaba.

– Bien -dije-. ?Estuviste o no en el salon de masaje de la Ric hard Wagner Strasse?

– Quiza. Uno no siempre se acuerda de la direccion exacta de sitios como ese. No tengo por costumbre…

– Ahorrame las referencias personales. Una de las chicas del salon dice que trataste de matarla.

– Eso es ridiculo.

– Se muestra categorica, me temo.

– ?Esa chica ha presentado una denuncia contra mi?

– Si, lo ha hecho.

Gottfried Bautz se rio entre dientes, seguro de si mismo.

– Vamos, HerrKommissar, ambos sabemos que eso no es cierto. En primer lugar, no ha habido una rueda de reconocimiento. Y en segundo lugar, incluso de ser asi, no hay una puta en toda Alemania que se atreva a denunciar aunque solo sea haber perdido un caniche. No hay denuncia, no hay testigos y no consigo entender por que estamos teniendo esta conversacion.

– Ella dice que la ataste como si fuera un cerdo, la golpeaste en la boca y luego trataste de estrangularla.

– Ella dice, ella dice… Pero ?que mierda es esta? Es mi palabra contra la suya.

– Te olvidas del testigo, ?no, Gottfried? La chica que entro mientras te estabas cargando a la otra. Como te he dicho, no eres un hombre facil de olvidar.

– Estoy dispuesto a dejar que el tribunal decida quien dice la verdad -afirmo-. Yo, un hombre que ha luchado por su pais, o un par de estupidas putillas. ?Ellas estan dispuestas a hacer lo mismo? -Ahora estaba gritando y empezaba a brotarle el sudor de la frente, como si fuera el glaseado de un pastel-. Esta usted picoteando en el vomito y lo sabe.

Me sente de nuevo y le apunte con el dedo al centro de la cara.

– No te pases de listo, Gottfried. No aqui. En el Alex se rompe mas piel por esa razon que Max Schmelling, y no siempre vuelves a casa al final de la pelea. -Cruce las manos detras de la cabeza, me recoste y mire con indiferencia al techo-. Te doy mi palabra, Gottfried. Esa putilla no es tan estupida como para no hacer exactamente lo que yo le diga que haga. Si le mando que le haga un frances al juez en medio de un juicio publico, lo hara. ?Entiendes?

– Pues que le jodan -gruno-. Quiero decir, si va a hacerme una jaula a medida, entonces no veo para que necesita que le de la llave. ?Por que cojones tendria que responder a sus preguntas?

– Como prefieras. Yo no tengo ninguna prisa. Yo voy a volver a casa, darme un buen bano y dormir toda la noche. Luego volvere y vere que tal has pasado la noche. Bien, ?que puedo decirte? A este sitio no lo llaman el «Suplicio Gris» por nada.

– Esta bien, esta bien -gimio-. Adelante, haga sus preguntas de mierda.

– Hemos registrado tu habitacion.

– ?Les ha gustado?

– No tanto como a las cucarachas con las que la compartes. Encontramos una cuerda. Mi inspector cree que es de la clase especial para estrangular que se compra en Ka-De-We. Por otro lado, podria ser del tipo usado para atar a alguien.

– O podria ser del tipo que empleo para mi trabajo. Estoy empleado en la empresa de mudanzas Rochling.

– Si, ya lo se. Pero ?por que llevarse un trozo de cuerda a casa? ?Por que no dejarla en la camioneta?

– Iba a colgarme.

– ?Que te hizo cambiar de idea?

– Lo pense un poco y entonces las cosas no parecieron estar tan mal. Eso fue antes de conocerle a

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