la chica y le llamamos a usted.
– Una llamada anonima, dices. ?A que hora fue eso?
– Hacia las doce. Estaba a punto de acabar mi turno.
– Querre hablar con el hombre que recibio la llamada. Sera mejor que compruebes que no acabe su turno y se marche, por lo menos hasta que haya redactado su informe. ?Como has entrado aqui?
– El jefe de estacion nocturno, senor. Guarda las llaves en su despacho cuando cierran la consigna. -Deubel senalo a un hombre gordo, de aspecto grasiento, que estaba de pie a unos metros de distancia, mordiendose la piel de la palma de la mano-. Es aquel de alli.
– Parece que no le estamos impidiendo irse a cenar. Dile que quiero los nombres y direcciones de todos los que trabajan en esta seccion y de la hora en que empiezan a trabajar por la manana. Sea cual sea su horario de trabajo, quiero verlos a todos aqui a la hora normal de abrir, con todos sus informes y papeles.
Me concedi un momento, para armarme de valor para afrontar lo que venia a continuacion.
– Vamos -dije-, llevame a donde esta.
En la consigna de equipajes, Hans Illmann, sentado en un bulto grande con la etiqueta de «Fragil», fumaba uno de sus pitillos liados a mano y observaba como el fotografo de la policia preparaba el flan y el tripode con la camara.
– Ah, el
Deubel hizo una mueca.
– Prefiero no hacerlo, si no le importa, senor. Normalmente lo haria, pero tengo una hija de esa edad…
Asenti.
– Sera mejor que vayas y despiertes a Becker y Korsch y hagas que vengan aqui. No veo razon alguna de que seamos los unicos en tener que dejar la fiesta.
Deubel dio media vuelta para marcharse.
– Ah, inspector -dijo Illmann-, ?podria pedir a uno de nuestros amigos de uniforme que consiga algo de cafe? Trabajo bastante mejor cuando estoy despierto. Ademas, necesitare a alguien que tome notas. ?Cree que su sargento puede escribir de forma legible?
– Supongo que si, senor.
– Inspector, la unica suposicion que es posible hacer sin peligro respecto a los niveles de educacion que prevalecen en la Or po es la que afirma que un hombre sabra rellenar un boleto de apuestas. Averiguelo, si no le importa. Preferiria hacerlo yo mismo a tener que descifrar mas tarde los garabatos cirilicos de una forma de vida mas primitiva.
– Si, senor.
Deubel sonrio friamente y se marcho a cumplir las ordenes.
– No pense que fuera tan sensible -comento Illmann, mirando como se iba-. Imagina un detective que no quiere ver el cuerpo. Es como si un bodeguero rehusara probar el borgona que esta a punto de comprar. Inimaginable. ?De donde diablos sacas a esos soplapollas?
– Facil. Hacen una redada y reclutan a todos los que llevan pantalones de cuero. Es lo que los nazis llaman seleccion natural.
En el suelo, al fondo de la sala, descansaba el baul que contenia el cuerpo, cubierto con una sabana. Acercamos un par de bultos grandes y nos sentamos.
Illmann retiro la sabana y el olor a cubil de animal que se alzo para saludarme me hizo estremecer y volver la cara automaticamente hacia el aire mas respirable que habia a mi espalda.
– Si, no hay duda -murmuro-, ha hecho mucho calor este verano.
Era un baul de gran tamano, hecho con cuero azul de buena calidad, con cerrojos y tachuelas de bronce, del tipo que se ven cuando los cargan en esos transatlanticos de lujo que navegan de Hamburgo a NuevaYork. Para su solitaria ocupante, una chica desnuda de unos dieciseis anos, solo habia una clase de viaje, la clase mas definitiva, en la que poder embarcarse. Envuelta en parte en lo que parecia un trozo de tela de cortina marron, yacia boca arriba con las piernas dobladas hacia la izquierda y un seno desnudo arqueandose hacia arriba como si hubiera algo debajo de ella. La cabeza describia un angulo imposible en relacion con el resto del cuerpo, la boca abierta y casi sonriente, los ojos medio cerrados y, salvo por la sangre incrustada en los orificios de la nariz y la cuerda que le rodeaba los tobillos, casi podria haberse pensado que la chica estaba empezando a despertarse de un largo sueno.
El sargento Deubel, un tipo fornido con menos cuello que un tarro de confitura y un pecho que parecia un saco de arena, llego con un cuaderno y un lapiz y se sento un poco separado de Illmann y de mi, chupando un caramelo, con las piernas cruzadas con aire casi desenfadado, visiblemente indiferente a lo que teniamos delante.
Illmann le echo una mirada, calibrandolo, y luego hizo un gesto asintiendo, antes de empezar a describir lo que veia.
– Adolescente, mujer -dijo con solemnidad-, de unos dieciseis anos, desnuda y yacente dentro de un baul de gran tamano y manufactura de calidad. El cuerpo esta parcialmente cubierto con un tejido de cretona marron y los pies estan atados con un trozo de cuerda.
Hablaba lentamente, con pausas entre las frases para que el sargento tuviera tiempo de escribir lo que decia.
– Una vez retirada la tela del cuerpo, se revela que la cabeza esta casi totalmente seccionada del torso. El cuerpo muestra senales de una avanzada descomposicion, coherente con su permanencia en el baul durante por lo menos cuatro o cinco semanas. Las manos no muestran senales de heridas causadas al defenderse; las estoy envolviendo para un posterior examen de los dedos en el laboratorio, aunque dado que esta claro que se mordia las unas, supongo que sera una perdida de tiempo.
Cogio dos bolsas de papel grueso de su maletin y le ayude a sujetarlas cubriendo las manos de la muerta.
– Eh, ?que es esto? ?Me enganan los ojos o es una blusa manchada de sangre lo que tengo delante?
– Parece su uniforme de la BdM -dije observando como cogia primero la blusa y luego una falda de color azul marino.
– Que amable por parte de nuestro amigo el enviarnos su ropa sucia. Y justo cuando empezaba a pensar que se estaba volviendo un poco demasiado previsible. Primero la llamada anonima al Alex y ahora esto. Recuerdame que mire la agenda por si acaso fuera mi cumpleanos.
Algo mas atrajo mi mirada y me incline para sacar del baul el pequeno trozo de cartulina rectangular.
– El carne de identidad de Irma Hanke -dije.
– Bueno, eso me ahorra el trabajo, supongo. -Illmann volvio la cabeza hacia el sargento-. El baul tambien contenia la ropa de la muerta y su carne de identidad -dicto.
En el interior del carne habia una mancha borrosa de sangre.
– ?Crees que podria ser la huella de un dedo? -le pregunte.
Me cogio el carne de la mano y miro atentamente la mancha.
– Si, podria serlo. Pero no veo que importancia tiene. Una verdadera huella dactilar seria otra cosa. Seria la respuesta a muchas de nuestras plegarias.
Movi la cabeza negando.
– No es una respuesta. Es una pregunta. ?Por que se tomaria un psicopata la molestia de mirar la identidad de su victima? Quiero decir que la sangre indica que probablemente ya estaba muerta, suponiendo que sea de ella. Entonces, ?por que se siente nuestro hombre obligado a averiguar su nombre?
– Quiza para poder decirlo en su llamada anonima al Alex.
– Si, pero entonces, ?por que esperar varias semanas antes de hacer la llamada? ?No te parece extrano?
– En eso tienes razon, Bernie. -Metio el carne de identidad en una bolsa y lo coloco con cuidado dentro del maletin antes de volver a mirar el baul-. ?Y que tenemos aqui? -Levanto un saco pequeno, pero de aspecto pesado, y miro dentro-. ?Y que me dices de esto, no es extrano? -Lo sujeto abierto para que yo lo mirara. Eran los tubos de dentifrico vacios que Irma Hanke habia estado recogiendo para el Programa de Ahorro del Reich-.
