Nuestro asesino parece haber pensado en todo.
– Es casi como si ese cabron nos desafiara a atraparlo. Nos lo da todo. Piensa en lo orgulloso que se sentira si ni asi podemos echarle el guante.
Illmann dicto algunas notas mas al sargento y luego declaro que habia acabado con la investigacion preliminar en la escena del crimen, y que ahora le tocaba al fotografo. Quitandonos los guantes, nos alejamos del baul y vimos que el jefe de estacion se habia ocupado del cafe. Estaba cargado y caliente, y yo lo necesitaba para eliminar el sabor a muerte que tenia pegado a la lengua. Illmann lio un par de cigarrillos y me alargo uno. El suntuoso tabaco sabia como nectar a la parrilla.
– ?Donde deja esto a ese checo loco que tienes? -dijo-. Ese que cree que es oficial de caballeria.
– Al parecer, si que fue oficial de caballeria -dije-. Quedo un poco traumatizado en el frente oriental y nunca se recupero del todo. De cualquier modo, no es ningun subnormal y, francamente, a menos que consiga pruebas solidas no creo que pueda acusarlo de nada. Y no estoy dispuesto a enviar a nadie a la carcel con una confesion marca Alexanderplatz. Y no es que el diga nada, que conste. Lo han interrogado todo el fin de semana y sigue manteniendo su inocencia. Vere si alguien de la consigna puede identificarlo como el tipo que dejo el baul, pero si no, tendre que soltarlo.
– Imagino que eso disgustara a tu sensible inspector -dijo Illmann riendo entre dientes-, ese que tiene una hija. Por lo que me dijo antes, estaba casi seguro de que era solo cuestion de tiempo que pudierais acusarlo.
– Puedes darlo por seguro. Considera que la condena del checo por relaciones sexuales con una menor es la mejor razon para que yo le dejara llevarselo a una celda tranquila y bailar claque encima de el.
– Son tan agotadores esos metodos policiales… ?De donde diablos sacaran tanta energia?
– Es para lo unico que tienen energia. Como Deubel me ha recordado, hace rato que tendria que estar durmiendo. Algunos de esos polis piensan que trabajan con el horario de los bancos. -Le hice una sena para que se acercase-. ?Te has fijado alguna vez en que en Berlin la mayoria de delitos se cometen durante el dia?
– Me parece que te olvidas de la llamada a tu puerta de madrugada que te ofrece ese amistoso vecino tuyo de la Ges tapo.
– Nunca encontraras a nadie con un rango superior al de
Me volvi para mirar a Deubel, que hacia todo lo que podia para parecer estar hecho polvo, listo para ingresar en el hospital.
– Cuando el fotografo haya terminado el retrato, dile que quiero un par de fotos del baul con la tapa cerrada. Y ademas quiero que las copias esten listas para cuando aparezca el personal de la consigna. Servira para refrescarles la memoria. Aqui el profesor se va a llevar el baul al Alex en cuanto esten listas las fotos.
– ?Y que hay de la familia de la chica, senor? Es Irma Hanke, ?verdad?
– Tendran que hacer la identificacion oficial, claro, pero no antes de que el profesor haya acabado con ella. Quiza pueda incluso adecentarla un poco para cuando la vea la madre.
– No soy un empleado de pompas funebres, Bernie -dijo Illmann friamente.
– Venga, hombre. Te he visto coser un saco de carne picada antes de ahora.
– De acuerdo -suspiro Illmann-. Vere que puedo hacer. Pero necesitare casi todo el dia; es posible que hasta manana.
– Tomate el tiempo que quieras, pero quiero darles la noticia esta noche, asi que mira a ver si puedes pegarle la cabeza a los hombros para entonces, ?eh?
Deubel bostezo ruidosamente.
– Esta bien, inspector. Has pasado la prueba. El papel de hombre cansado que necesita una cama es tuyo. Dios sabe que has trabajado muy duro para conseguirlo. En cuanto aparezcan Becker y Korsch puedes irte a casa. Pero quiero que montes una rueda de reconocimiento para el final de la manana, a ver si los hombres que trabajan aqui en la consigna reconocen a nuestro amigo de los Sudetes.
– Si, senor -dijo, mas despierto ahora que su marcha a casa era inminente.
– ?Como se llama aquel sargento de guardia, el que recibio la llamada anonima?
– Gollner.
– ?No sera el viejo Gollner el Tanque?
– Si, senor. Lo encontrara en la casa cuartel de la policia, senor. Parece que dijo que nos esperaria alli porque los de la Kri po ya le habian hecho perder el tiempo otras veces y no queria tener que esperar sentado toda la noche hasta que aparecieramos.
– El mismo Tanque de siempre -dije, sonriendo-. De acuerdo, sera mejor que no lo haga esperar, ?eh?
– ?Que tengo que decirles a Korsch y Becker cuando lleguen? -pregunto Deubel.
– Dile a Korsch que revise toda la porqueria que hay por aqui, que vea si no nos han dejado algun otro amable regalito.
Illmann carraspeo.
– Seria una buena idea que uno de ellos estuviera presente para observar la autopsia -dijo.
– Becker puede hacerlo. Parece gustarle estar cerca de un cuerpo de mujer. Por no hablar de sus excelentes aptitudes en lo que se refiere a las muertes violentas. Eso si, profesor, asegurate de no dejarlo solo con el cadaver; tanto podria pegarle un tiro como tirarsela, segun como se sienta en ese momento.
La Kle ine Alexander Strasse iba de norte a este hacia la Horst Wes sel Platz y en ella estaba la casa cuartel de los policias destinados al cercano Alex. Era un edificio grande, con pequenos apartamentos para los hombres casados y para los oficiales y habitaciones individuales para los demas.
Pese a que ya no estaba casado, el
Un macetero en la ventana con plantas bien cuidadas era la unica concesion a lo hogareno que habia en el piso; las paredes estaban desnudas de todo salvo un par de fotografias en las cuales se veia a Gollner recibiendo una condecoracion. Me invito con un gesto a sentarme en el unico sillon que habia y el se sento en la cama, pulcramente hecha.
– Oi que habia vuelto -dijo en voz baja. Se inclino y saco un cajon de debajo de la cama-. ?Cerveza?
– Gracias.
Cabeceo pensativo mientras hacia saltar los tapones de las botellas con los pulgares.
– Y ahora como
– ?No nos pasa a todos? De una u otra manera.
– A mi no, y a menos que haya cambiado, a usted tampoco. -Se tomo un trago de cerveza, meditabundo.
El Tanque era de Emsland, en el este de Frisia, donde, dicen, la inteligencia es mas rara que el pelo en un pez. Aunque quiza no fuera capaz de deletrear «Wittgenstein», y mucho menos de explicar su filosofia, el Tanque era un buen policia, de la vieja escuela de polis de uniforme, firmes pero justos, que hacia cumplir las leyes con un buen guantazo en la oreja si se trataba de un joven alborotador y menos inclinado a arrestar a alguien y arrastrarlo a una celda que a contarle un cuento para dormir, eficaz y administrativamente sencillo, con su puno del tamano de una enciclopedia. Del Tanque se decia que era el poli mas duro de la Or po y, viendolo ahora sentado ante mi, en mangas de camisa, con el enorme cinturon crujiendo bajo el peso de su aun mayor barriga, no me costaba nada creerlo. La verdad era que el tiempo habia quedado detenido en sus rasgos faciales, con la prominente mandidula, detenido alrededor de un millon de anos antes de Cristo. El Tanque no podia haber tenido un aspecto menos civilizado aunque hubiese ido vestido con la piel de un tigre de dientes de sable.
Saque los cigarrillos y le ofreci uno. Lo rechazo con un gesto y cogio su pipa.
– Si quieres saberlo -dije-, yo creo que Hitler nos tiene a todos en el bolsillo de atras de los pantalones. Y tiene intencion de deslizarse montana abajo sentado sobre su culo.
El Tanque succiono la cazoleta de la pipa y empezo a llenarla de tabaco. Cuando acabo sonrio y alzo la botella.
– Entonces brindemos por que haya rocas debajo de la jodida nieve.
Eructo con fuerza y encendio la pipa. Las nubes de acre humo, que flotaban hacia mi como la niebla del
