Baltico, me recordaron a Bruno. Incluso olia a la misma apestosa mezcla que el fumaba.
– Conocias a Bruno Stahlecker, ?verdad, Tanque?
Asintio, todavia aspirando la pipa. Entre dientes mascullo:
– Si que lo conocia. Me entere de lo que habia pasado. Bruno era un buen hombre. -Se saco la pipa de su boca de cuero viejo y contemplo la evolucion del humo-. Lo conocia muy bien, ademas. Estuvimos en infanteria juntos y vimos bastante movimiento, ademas. Claro que el no era mas que un crio entonces, pero nunca parecio preocuparle mucho, la guerra quiero decir. Era un valiente.
– El funeral fue el jueves pasado.
– Hubiera ido si hubiera tenido tiempo. -Reflexiono un momento-. Pero era alla abajo en Zehlendorf, demasiado lejos. -Acabo la cerveza y abrio otras dos botellas-. Al menos acabaron con el mierda que lo mato, segun me han dicho, asi que esta bien.
– Si, eso parece -dije-. Hablame de la llamada telefonica de anoche. ?A que hora fue?
– Justo antes de medianoche, senor. El tipo pregunto por el sargento de guardia. «Esta hablando con el», le digo. «Escuche con atencion -dice el-: a la chica desaparecida, Irma Hanke, la encontraran en un baul grande, de cuero azul, en la consigna de equipajes de la Zoo Bah nhof. «?Quien es usted?», pregunto yo, pero ya habia colgado.
– ?Puedes describir su voz?
– Diria que era una voz educada, senor. Y acostumbrada a dar ordenes y que las obedezcan. Como un oficial. -Sacudio la cabezota-. Pero no sabria decirle la edad.
– ?Algun acento?
– Un deje de Baviera.
– ?Estas seguro de eso?
– Mi mujer era de Nuremberg, senor. Estoy seguro.
– ?Y como describirias el tono de voz? ?Nervioso? ?Preocupado?…
– No sonaba como un chalado, si eso es lo que quiere decir, senor. Mas frio que la meada de un esquimal congelado. Como le he dicho, justo como un oficial.
– ?Y pidio hablar con el sargento de guardia?
– Esas fueron las palabras exactas.
– ?Algun ruido de fondo? ?Trafico? ?Musica?… Ese tipo de cosas.
– Nada en absoluto.
– ?Y que hiciste entonces? Despues de la llamada.
– Llame a la telefonista de la Ofi cina Central de Telefonos de la Fran zosische Strasse. Localizo el numero en una cabina frente a la Bah nhof Kreuz Oeste. Envie un coche patrulla para que no dejaran acercarse a nadie hasta que un equipo del 5D llegara y comprobara si habia huellas dactilares.
– Bien hecho. ?Y luego llamaste a Deubel?
– Si, senor.
Asenti y empece mi segunda botella de cerveza.
– Supongo que en la Or po se sabe de que va todo esto.
– Von der Schulenberg reunio a todos los
– Gracias, Tanque.
– De todos modos, senor, no parece que ese chalado de los Sudetes que tienen detenido haya podido hacerlo, ?verdad? Si no le importa que se lo diga.
– No, excepto que tuviera un telefono en la celda. De cualquier modo, veremos si a la gente de la consigna de la Zoo Bah nhof les gusta su aspecto. Nunca se sabe, podria tener un socio fuera.
El Tanque asintio.
– Eso tambien es verdad -dijo-. Todo es posible en Alemania mientras Hitler cague en la Can cilleria del Reich.
Unas horas mas tarde estaba de nuevo en la Zoo Bah nhof, donde Korsch ya habia repartido fotografias del baul entre el personal de la consigna reunido alli. Miraban y miraban, sacudian la cabeza y se rascaban la pinchosa barbilla, pero ninguno de ellos recordaba que nadie hubiera dejado el baul de cuero azul.
El mas alto, que llevaba el guardapolvo de color caqui mas largo y que parecia ser el encargado, saco un cuaderno de debajo del mostrador metalico y me lo trajo.
– Presumo que anotan los nombres y direcciones de los que dejan el equipaje aqui -le dije sin demasiado entusiasmo.
Por regla general, los asesinos que dejan a sus victimas en la consigna de una estacion de ferrocarril no suelen dar su verdadero nombre y direccion.
El hombre del guardapolvo caqui, que tenia unos dientes tan estropeados que parecian los ennegrecidos aisladores de ceramica de los cables del tranvia, me miro con una tranquila seguridad y dio unos golpecitos con una una en la tapa dura de su libro de registro.
– El que dejo ese jodido baul estara aqui.
Abrio el libro, se humedecio un pulgar que un perro habria rechazado y empezo a pasar las grasientas paginas.
– En el baul de su fotografia hay una etiqueta -dijo-, y en esa etiqueta hay un numero, el mismo que esta escrito con tiza en un lado del articulo. Y ese numero estara en este libro, junto con una fecha, un nombre y una direccion.
Paso varias paginas mas y luego fue siguiendo la lista de nombres con el indice.
– Aqui esta -dijo-. El baul fue depositado aqui el viernes 19 de agosto.
– Cuatro dias despues de que la chica desapareciera -dijo Korsch en voz baja.
El hombre siguio a su dedo a lo largo de una linea hasta la pagina de al lado.
– Dice que el baul pertenece a un tal
Korsch solto una carcajada.
– Gracias -le dije al hombre-. Ha sido muy amable.
– No le veo la gracia -gruno el mientras se alejaba.
– Parece que alguien tiene sentido del humor -le dije a Korsch sonriendo.
– ?Va a mencionar esto en el informe, senor? -pregunto con una sonrisa burlona.
– Es pertinente, ?no?
– Solo que al general no va a gustarle.
– Se pondra fuera de si, diria yo. Pero vera, nuestro asesino no es el unico que disfruta con un buen chiste.
De vuelta en el Alex recibi una llamada del jefe de lo que, en apariencia, era la seccion de Illmann, VD1, Medicina Forense. Hable con un tal SS
El doctor me informo de que un equipo de huellas habia recogido una serie de ellas de la cabina de telefonos de Kreuz Oeste, desde la cual parecia que el asesino habia llamado al Alex y que ahora eran asunto del VC1, la seccion de Archivos. En cuanto al baul y su contenido, habia hablado con el
Le di las gracias por la llamada y le dije que mis investigaciones exigian la maxima prioridad y que cualquier otra cosa debia pasar a segundo lugar.
Al cabo de quince minutos de esta conversacion recibi otra llamada, esta vez de la Ges tapo.
– Habla el
