Solte un grunido. Habia menos probabilidades de que Francia presentara una verdadera oposicion a Hitler que de que declarara la ley seca. Litvinoff habia escogido sus palabras con cuidado. Nadie queria la guerra. Es decir, nadie excepto Hitler, Hitler el Sifilitico.
Mis pensamientos volvieron a la reunion que habia tenido el martes anterior con
– Le he traido los libros que me dejo -explique-. El del profesor Berg es especialmente interesante.
– Me alegro de que lo piense -dijo-. ?Que me dice de Baudelaire?
– Tambien, aunque me parecio mucho mas aplicable a la actual Alemania; especialmente los poemas titulados «Spleen».
– Puede que ya este preparado para Nietzsche -dijo, recostandose en la silla.
Era un despacho luminoso y agradablemente amueblado, con vistas al Zoo, al otro lado de la calle. Se podia oir a los monos gritando a lo lejos.
Siguio sonriendo. Era mas atractiva de lo que yo recordaba. Cogi la solitaria fotografia que habia en su escritorio y mire atentamente a un hombre apuesto y dos ninos.
– ?Su familia?
– Si.
– Debe de ser muy feliz. -Volvi a dejar la foto en su sitio-. De Nietzsche -dije cambiando de tema- no se nada. Vera, no es que lea mucho; parece como si fuera incapaz de encontrar el tiempo. Pero si que lei esas paginas de
– Exacto.
Me sente y la mire desde el otro lado de la mesa.
– Pero ?esa clase de cosas es posible?
– Oh, si, por supuesto.
Le alargue la pagina de
– ?Incluso con algo como esto?
Me miro, ecuanime, y luego abrio su pitillera. Cogi un cigarrillo y luego encendi el suyo y el mio.
– ?Me lo pregunta oficialmente? -dijo.
– No, claro que no.
– Entonces le dire que seria posible. Es mas, le diria que
– ?Puede hacer alguna conjetura? Del efecto, quiero decir.
Fruncio los hermosos labios.
– Es dificil de evaluar -dijo despues de un momento-. Sin duda, para las personalidades mas debiles, este tipo de cosas, absorbidas con regularidad, pueden corromper.
– ?Corromper lo suficiente como para convertir a un hombre en asesino?
– No -dijo-, no lo creo. No convertirian a un hombre normal en asesino. Pero con un hombre ya dispuesto a matar… creo que seria muy posible que esta clase de historias y de dibujos tuvieran un profundo efecto en el. Y como usted sabe por haber leido a Berg, el propio Kurten era de la opinion de que con toda seguridad los reportajes de los crimenes mas lascivos le habian afectado.
Cruzo las piernas, y el roce sibilante de sus medias atrajo mis pensamientos hasta su parte superior, hasta sus ligas y finalmente hasta el paraiso de encaje que imaginaba que existia alli. Se me encogio el estomago al pensar en deslizar mi mano hacia arriba, al pensar en ella, completamente desnuda, ante mi, pero sin dejar de hablarme de forma inteligente. ?Donde empieza exactamente la corrupcion?
– Entiendo -dije-. ?Y cual seria su opinion profesional del hombre que ha publicado esta historia? Me refiero a Julius Streicher.
– Un odio como ese es casi sin ninguna duda el resultado de una gran inestabilidad mental. -Hizo una corta pausa-. ?Puedo decirle algo en confianza?
– Por supuesto.
– ?Sabe que Matthias Goering, el presidente de este Instituto, es primo del primer ministro?
– Si.
– Streicher ha escrito muchas tonterias ponzonosas sobre la medicina, y en especial la psicoterapia, como conspiracion judia. Durante un tiempo el futuro de la salud mental en este pais corrio peligro por su culpa. Por consiguiente, el doctor Goering tiene buenas razones para desear apartar a Streicher de su camino y ya ha preparado una evaluacion psicologica de el siguiendo ordenes del primer ministro. Estoy segura de que puedo garantizarle la cooperacion de este Instituto en cualquier investigacion relativa a Streicher.
Asenti lentamente.
– ?Esta usted investigando a Streicher?
– ?En confianza?
– Por supuesto.
– Sinceramente, no lo se. Digamos que, en este mismo momento, siento curiosidad por el.
– ?Quiere que le pida ayuda al doctor Goering?
Negue con un ademan.
– En esta fase no. Pero gracias por la oferta. Tenga la seguridad de que no la olvidare. -Me levante y fui hacia la puerta-. Apuesto a que tiene una magnifica opinion del primer ministro, siendo como es el protector del Instituto. ?Estoy en lo cierto?
– Nos ha beneficiado mucho, es cierto. Sin su ayuda dudo que existiera el Instituto. Naturalmente, tenemos muy buena opinion de el por ello.
– Por favor, no crea que la culpo; no lo hago. Pero ?no se le ha ocurrido nunca que su benefico protector es tan susceptible de ir y cagarse en el jardin de otros como Streicher lo ha hecho en el suyo? ?Lo ha pensado alguna vez? Se me ocurre que estamos viviendo en un barrio muy sucio y que todos vamos a encontrarnos con los zapatos llenos de mierda hasta que alguien tenga el buen sentido de meter a todos los perros vagabundos en la perrera publica. -Me despedi de ella tocandome el ala del sombrero-. Piense en ello.
Korsch se retorcia el bigote distraidamente mientras continuaba leyendo el periodico. Supongo que se lo habia dejado crecer en un esfuerzo por parecerse mas a alguien con personalidad, del mismo modo que muchas personas se dejan barba; no porque no les guste afeitarse -una barba exige tantos cuidados como una cara bien rasurada-, sino porque creen que hara que se parezcan a alguien a quien hay que tomar en serio. Pero en el caso de Korsch el bigote, apenas un trazo de lapiz para cejas, solo servia para poner de relieve lo huidizo de su semblante. Hacia que pareciera un chulo, un efecto que, no obstante, se contradecia con su caracter, un caracter que, en el plazo de dos semanas, yo habia descubierto voluntarioso y fiable.
Al detectar mi atencion, se vio obligado a informarme de que el ministro de Asuntos Exteriores polaco, Josef Beck, habia exigido una solucion al problema de la minoria polaca de la region de Olsa, en Checoslovaquia.
– Igual que una banda de gangsters, ?no es verdad, senor? -dijo-. Todos quieren su parte del pastel.
– Korsch -dije-, te has equivocado de profesion. Tendrias que haber sido locutor de los noticiarios de la radio.
– Lo siento, senor -dijo doblando el periodico-. ?Ha estado alguna vez en Nuremberg?
– Una vez. Justo despues de la guerra, pero no puedo decir que me gusten mucho los bavaros. ?Y tu?
– Es la primera vez. Pero se lo que quiere decir sobre los bavaros. Su extrano conservadurismo. Son un monton de tonterias, ?no? -Miro por la ventana durante un minuto, contemplando el panorama del campo aleman. Volviendo a mirarme, continuo-: ?Cree de verdad que Streicher podria tener algo que ver con esos asesinatos, senor?
– En este caso no es que nos sobren pistas, ?verdad? Tampoco parece que el
