Llovia mucho. Potsdam es verde por algo.
Por fin, el sexto dia se abrio la puerta mas tiempo del necesario para vaciar el cubo y recibir la comida.
Desde el pasillo, Abrigo de Cuero, sonriente, me indico que saliera.
– Eres libre -dijo.
– ?Que ha pasado con el D-11?
Se encogio de hombros.
– ?Asi, por las buenas? -dije.
– Esas ordenes me han dado.
Me frote la cara pensativamente. No sabia por que me picaba tanto, si por la necesidad perentoria de un afeitado o por lo sospechoso que me parecia el repentino giro de los acontecimientos. Habia oido historias de gente que habia muerto a tiros «cuando intentaba huir». ?Seria ese mi destino? ?Una bala en la nuca mientras avanzaba por el pasillo?
Al percibir mis dudas, Abrigo de Cuero sonrio mas ampliamente, como si hubiese adivinado el motivo que me hacia vacilar. Sin embargo, no dijo nada para tranquilizarme. Parecia disfrutar de mi desazon, como si me hubiese visto comer una guindilla y solo esperase que me diera hipo. Encendio un cigarrillo y me quede mirandole las unas un momento.
– ?Y mis cosas?
– Abajo te las dan.
– Eso es lo que me preocupa. -Cogi la chaqueta y me la puse.
– ?Vaya! Has herido mis sentimientos -dijo.
– Ya te saldran otros nuevos, cuando vuelvas a tu guarida.
Indico el pasillo con un brusco movimiento de cabeza.
– Andando, Gunther, antes de que nos arrepintamos.
Eche a andar delante de el y me alegre de no haber comido nada esa manana… de lo contrario, se me habria subido a la garganta el corazon y algo mas. Me picaba la cabeza como si tuviera una cucaracha de la celda metida entre el pelo. En cualquier momento notaria el frio canon de una Luger contra el craneo y oiria la detonacion de un disparo, que se acortaria drasticamente cuando el proyectil de 9.5 gramos y punta concava se abriese paso por mi cerebro. Me acorde un instante de un civil belga, sospechoso de haber dirigido un ataque a nuestros soldados, a quien un oficial aleman habia matado de un tiro en 1914: la bala le dejo la cabeza como un balon de futbol reventado.
Me temblaban las piernas, pero me obligue a seguir por el pasillo sin detenerme a mirar atras, a ver si Abrigo de Cuero llevaba una pistola en la mano. Al llegar a las escaleras, el pasillo continuaba y me pare en espera de instrucciones.
– Abajo -dijo la voz que me seguia.
Gire y pise los escalones con fuerza, golpeando las piedras con mis suelas de cuero con la misma fuerza que me golpeaba el corazon las paredes del pecho. Subia un frescor agradable por el hueco, una fuerte corriente de aire frio que ascendia del piso inferior como la brisa marina. Cuando llegue por fin, vi abierta la puerta que daba al patio central, donde estaban aparcados varios coches y furgonetas de policia.
Me alegre de ver que Abrigo de Cuero se me adelantaba y abria la marcha hacia el pequeno despacho en el que me devolvieron el abrigo, el sombrero, la corbata, los tirantes y el contenido de mis bolsillos. Me puse un cigarrillo en la boca y lo encendi, antes de seguirlo por otro largo pasillo hasta una habitacion del tamano de un matadero. Las paredes eran de ladrillos blancos y vi en una de ellas un gran crucifijo de madera; por un momento crei que estabamos en una capilla o algo asi. Al dar la vuelta a una esquina, me pare en seco, porque alli, como una extrana pareja de mesa y silla, habia un hacha que cae nuevecita y reluciente. Era de roble oscurecido y acero mate, de unos dos metros y medio de altura, solo un poco mas que un verdugo con la chistera de costumbre. Me entro un frio tal que llegue a temblar y tuve que recordarme que no era probable que Abrigo de Cuero se atreviese a ejecutarme por su cuenta y riesgo. A la hora de ejecutar muertes judiciales, los nazis no se quedaban cortos de personal.
– Apuesto a que traeis aqui a las juventudes hitlerianas en vez de contarles un cuento a la hora de dormir.
– Se nos ocurrio que te alegrarias de verla. -Abrigo de Cuero solto una risita seca y breve y acaricio carinosamente el marco de madera de la guillotina-. Solo por si alguna vez caes en la tentacion de volver por aqui.
– Me abrumais con vuestra hospitalidad. Supongo que, cuando dicen que la gente pierde la cabeza por el nazismo, se refieren a esto, pero no estaria de mas recordar el destino que tuvieron casi todos los revolucionarios franceses, que tan orgullosos estaban de su guillotina: Danton, Desmoulins, Robespierre, Saint-Just, Couthon… Todos se subieron a ella a dar una vuelta.
Paso el pulgar por la hoja y dijo:
– A mi que me importa lo que le paso a un punado de franchutes.
– Quiza deberia importarte.
Tire a la terrible maquina el cigarrillo medio fumado y segui a Abrigo de Cuero por otra puerta y otro pasillo. Esta vez, me lleve la alegria de ver que daba a la calle.
– Por mera curiosidad, ?por que me soltais? Al fin y al cabo no he firmado el D-11. ?Fue por no tener que escribir «campo de concentracion» o por otro motivo? ?Por la ley, por la justicia, por los procedimientos policiales de rigor? Ya se que suena raro, pero he preferido preguntar.
– Yo en tu lugar, amigo, me consideraria afortunado solo por salir de aqui.
– ?Ah, si, me considero afortunado! Pero no tanto como por que no estes en mi lugar. Si lo estuvieras, seria deprimente de verdad.
Me despedi tocandome el sombrero y sali de alli. Un momento despues, oi cerrarse la puerta de golpe. Sono mejor que una Luger pero, aun asi, me sobresalto. Llovia, pero me parecio bien, porque por encima de la lluvia solo habia cielo. Me quite el sombrero y levante la cara al aire. La sensacion de la lluvia en la piel era mejor que verla; me frote las gotas por la barbilla y el pelo, igual que cuando me lavaba con la lluvia en las trincheras. Lluvia: una cosa limpia y libre que caia del cielo y no mataba. Sin embargo, todavia estaba disfrutando del momento de la liberacion, cuando me tiraron de la manga y me volvi: era una mujer que se habia parado detras de mi. Llevaba un vestido largo y oscuro con un cinturon alto, un impermeable pardo y un sombrerito del tamano de una concha.
– Por favor, senor -dijo en voz baja-, ?estaba usted prisionero ahi dentro?
Volvi a frotarme la barbilla.
– ?Tanto se nota?
– ?No se habra cruzado por casualidad con otro hombre llamado Dettmann, Ludwig Dettmann? Soy su mujer.
Negue con un movimiento de cabeza.
– Lo siento, Frau Dettmann, no, no he visto a nadie, pero, ?por que cree que esta ahi?
La mujer sacudio la cabeza con pesadumbre.
– No, ya no lo creo, pero cuando lo detuvieron, lo trajeron aqui. Eso al menos lo se seguro. -Se encogio de hombros-. Pero despues, ?quien sabe? Nadie se acuerda de decir nada a la familia. Puede estar en cualquier parte, no lo se. He ido varias veces a esa comisaria a pedir informacion sobre mi Ludwig, pero no quieren decirme que le ha pasado. Incluso me han amenazado con detenerme a mi, si vuelvo.
– Podria ser una forma de averiguarlo -dije con poca sinceridad.
– Usted no lo entiende. Tengo tres hijos, ?y que va a ser de ellos ahora, eh? ?Que sera de ellos si me detienen tambien a mi? -Sacudio la cabeza-. Nadie lo entiende. Nadie quiere entenderlo.
Asenti. La mujer tenia razon, naturalmente. Yo no lo entendia, como tampoco el motivo de que Helldorf hubiera ordenado que me pusieran en libertad.
Segui andando hasta el Lustgarten. Frente al castillo, un puente cruzaba el Havel y desembocaba en la isla de la estacion de Teltower Tor, donde cogi un tren a Berlin.
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