imagen completa. Eso es lo que quiero que hagan. Que aprendan a pintarme el cuadro como Georges Seurat.»

Asi que alli estabamos Heinrich Grund y yo, reptando como perros por la hierba del parque de Friedrichschain. La policia de Berlin intentando pintar el cuadro.

Si hubiera parpadeado en aquel instante, no la habria visto. Aquella mancha de color era tan pequena como las de los lienzos impresionistas, y no menos vistosa. A primera vista la confundi con una flor de aciano, porque era azul claro, como los ojos de la chica muerta. Era una pastilla que se habia caido sobre unas briznas de hierba. La recogi para verla de cerca y comprobe que estaba tan inmaculada como un diamante, lo que significaba que no podia llevar mucho tiempo alli. Habia llovido un rato, justo despues de comer, asi que tenia que haber caido ahi en un momento posterior. A un hombre que hubiese regresado corriendo a la carretera, desde las fuentes donde hubiera arrojado un cadaver, bien podria habersele caido la pastilla al intentar extraerla de la caja a tientas, en su estado de nerviosismo. Solo tenia que averiguar que clase de pildora era.

– ?Que tienes ahi, jefe?

– Una pastilla -dije, depositandosela en la palma de la mano.

– ?Que clase de pastilla?

– No soy farmaceutico.

– ?Quieres que lo averigue en el hospital?

– No. Le pedire a Hans Illmann que lo haga.

Illmann era profesor de medicina forense en el Instituto de Ciencias Policiales de Charlottenburg y patologo jefe en Alex, Tambien era miembro destacado del Partido Socialdemocrata, el SPD. Por eso y por otros presuntos defectos de caracter, Goebbels lo habia denunciado frecuentemente en las paginas del Der Allgriff, el diario nazi berlines. Illmann no era judio, pero para los nazis pertenecia a la siguiente categoria mas abominable: la de los intelectuales liberales.

– ?Illmann?

– El profesor Illmann. ?Tienes alguna objecion?

Grund miro la luna como si intentase imbuirse de paciencia. La luz blanca proyectaba una sombra acerada sobre su pelo rubio claro, y sus ojos azules se volvieron casi electricos. Parecia una especie de hombre maquina. Algo duro, metalico y cruel. Giro la cabeza y me miro fijamente como si yo fuese un pobre adversario en el ring, una especie de subhombre incompetente, inepto para competir con el.

– Tu eres el jefe -dijo mientras me devolvia la pastilla.

?Por cuanto tiempo?, me pregunte.

Volvimos a la jefatura de Alex, que, con sus cupulas y portones con arcos, era tan grande como una estacion de ferrocarril y no menos bulliciosa en el vestibulo de doble altura, detras de la fachada de ladrillo de cuatro plantas. Alli se concentraba toda la vida humana. Y bastante gentuza, dicho sea de paso. Habia un borracho con un ojo morado, aguardando en precario equilibrio que lo encerrasen para pasar la noche; un taxista que presentaba una denuncia contra un pasajero que se habia ido sin pagar; un joven con pinta de androgino, vestido con unos pantalones cortos blancos muy cenidos, sentado en silencio en un rincon, retocandose el maquillaje en un espejo de mano; un hombre con gafas, con un maletin en las manos y una marca amoratada en la boca.

En el mastodontico mostrador de recepcion revisamos un expediente que contenia una lista de desaparecidos. El sargento recepcionista, que supuestamente debia ayudarnos, lucia un enorme bigote de puntas enroscadas y una barba incipiente tan oscura que le conferia un aspecto de mosca domestica. Este efecto se intensifico porque los ojos se les salieron de las orbitas al ver a dos altas prostitutas de sadomaso a las que un poli habia echado el guante en la calle. Vestian botas altas de cuero negro hasta el muslo y abrigos de cuero rojo intencionadamente desabrochados, mostrando a quien quisiera mirar que no llevaban nada debajo. Una llevaba una fusta que se resistia a abandonar, pese a la insistencia del agente que las detuvo, un hombre con un parche en el ojo llamado Bruno Stahlecker, a quien yo conocia. Era evidente que las chicas llevaban una o dos copas encima, y probablemente alguna otra cosa, y, mientras revisaba los informes de desapariciones, una parte de mi escuchaba lo que decian Stahlecker y las chicas. Era dificil no prestar atencion.

– Me gustan los hombres uniformados -dijo la mas alta de las amazonas con botas de cuero. Restallo la fusta contra la bota y se toqueteo el vello en la base de su vientre, provocativamente-. ?Cual de los guris de Berlin quiere ser mi esclavo esta noche?

Las chicas eran amas de sadomaso que ejercian su profesion al aire libre en la ciudad. Sobre todo trabajaban al oeste de Wittenberg Platz, cerca de los Jardines Zoologicos, pero Stahlecker habia atrapado a este par de putas en la Friedrichstrasse, despues de que un hombre denunciase que le habian golpeado y robado dos mujeres vestidas de cuero.

– Comportese, Brigit -dijo Stahlecker-. O les tiro a la cara el manual de deontologia profesional medica-. Se volvio al hombre del cardenal en la cara-. ?Son estas las dos mujeres que le robaron?

– Si -contesto el hombre-. Una me pego en la cara con un latigo y me dijo que le diera dinero o me volveria a pegar.

Las chicas se declararon inocentes a voz en grito. Nunca ha tenido la inocencia un aspecto tan venereo y corrupto.

Por fin encontre lo que buscaba.

– Anita Schwartz -dije, mostrando a Heinrich Grund el informe de desaparecidos-. Quince anos. Behrenstrasse 8, piso 3. Informe presentado por su padre, Otto. Desaparecio ayer… Uno sesenta y cuatro de estatura, pelo rubio, ojos azules, aparato ortopedico en la pierna izquierda, lleva baston. Es la chica que buscamos.

Pero Grund casi no me escuchaba. Pense que estaba contemplando el espectaculo de nudismo gratuito. Asi que lo deje alli y me dirigi a uno de los otros archivadores, donde encontre un informe mas detallado. En el expediente habia un asterisco y, junto a el, una letra W.

– Parece que el subdirector de policia se esta interesando por nuestro caso -comente. Dentro del expediente habia una fotografia. Bastante antigua, pense. Pero no cabia ninguna duda: era la chica del parque-. A lo mejor el subdirector conoce al padre de la chica.

– Conozco a ese hombre -murmuro Grund,

– ?A quien? ?A Schwartz?

– No. A aquel hombre. -Inclinado sobre la mesa de recepcion, senalo con la nariz al hombre con la marca de latigo en la cara-. Es un alphonse. -Un alphonse era un proxeneta en el argot del hampa berlinesa. Una de las multiples palabras de argot que designan a los proxenetas, como chulo, macro, cazo, barbo, cadenero, bacan, caften, gavion… -. Dirige una de esas falsas clinicas de Kudamm. Creo que su tinglado consiste en hacerse pasar por medico y «prescribirle» a su «paciente» una chica menor de edad. -Grund llamo a Stahlecker-. ?Eh, Bruno! ?Como se llama ese ciudadano? El de las gafas y la sonrisa especial.

– ?Aquel? Es el doctor Geise.

– Doctor Geise.?Caramba! Su verdadero nombre es Koch, Hans- Theodor Koch y es tan medico como yo. Es un alphonse. Un curandero que suministra ninitas a los viejos pervertidos.

El hombre se levanto.

– ?Eso es mentira! -exclamo indignado.

– Abrele el maletin -dijo Grund-. Y veras que no me equivoco.

Stahlecker miro al hombre que sostenia el maletin firmemente contra el pecho como si tuviese algo que ocultar.

– Senor, ?es eso cierto? Dejeme examinar su maletin.

A reganadientes, el hombre permitio que Stahlecker cogiese el maletin y lo abriese. Al cabo de unos segundos aparecio una pila de revistas pornograficas sobre el cartapacio del sargento recepcionista. La revista se llamaba Figaro y en la primera pagina de cada ejemplar habia una fotografia de siete ninos y ninas desnudos, de unos diez u once anos, sentados en las ramas de un arbol muerto, como una manada de cachorros de leon blanco.

– j Viejo pervertido! -le espeto una de las chicas de las botas.

– Esto cambia un poco las cosas, senor -dijo Stahlecker a Koch.

– Es una revista de nudismo -declaro Koch-. Dedicada a la causa de la reforma de la vida libre. No demuestra nada de lo que ha alegado este hombre vil.

– Demuestra una cosa -dijo la chica de las botas y el latigo-. Demuestra que le gusta mirar fotografias

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