puercas de ninos y ninas.
Los dejamos a todos en plena discusion.
– ?Que te dije? -dijo Grund mientras volviamos al coche-. Esta ciudad es una puta y tu querida Republica es su chulo. ?Cuando te vas a enterar, Bernie?
En Behrenstrasse aparque el coche delante de unas galerias acristaladas que conducian a Unter den Linden. Las galerias se llamaban popularmente el Paso de Atras porque era un lugar muy frecuentado por los chaperos berlineses, facilmente identificables por los pantalones cortos de color blanco, la camisa de marinero y la visera que muchos llevaban para aparentar menos anos ante los clientes de mediana edad que, para hacer su seleccion, recorrian de cabo a rabo las galerias, fingiendo mirar los escaparates de las tiendas de antiguedades.
Hacia muy buena noche. Segun mis calculos, ochenta o noventa de los chicos mas seductores de la ciudad pululaban bajo el famoso letrero de Reemtsma, uno de los pocos que no habian roto las SA nazis. Las tropas de asalto supuestamente fumaban una marca de Trommler llamada Storm. Sin embargo, a pesar de ser nazis y por tanto muy fieles a las marcas, hacian algunas excepciones con otras marcas de tabaco, entre las cuales Reemtsma era quiza la mas conocida. Si aparecian las SA, los chaperos ponian pies en polvorosa para no recibir una paliza, o tal vez algo peor. Las SA aborrecian a los maricas casi tanto como a los comunistas y judios.
Encontramos el apartamento en un edificio romanico, de apariencia elegante, en cuyo bajo habia un cafe. Toque la campana de laton pulido y esperamos. Al cabo de un minuto oimos la voz de un hombre sobre nuestras cabezas y retrocedimos unos pasos por la acera para verlo mejor.
– ?Si?
– ?Herr Schwartz?
– Si.
– Policia, senor. ?Podemos subir?
– Si. Esperen ahi. Ahora mismo bajo y les abro.
Mientras esperabamos, Heinrich Grund despotricaba de todos los chaperos que habiamos visto.
– Dichosos mariquitas rusos -dijo.
Inmediatamente despues de la Revolucion bolchevique, gran parte de la prostitucion berlinesa la ejercian hombres y mujeres rusos. Pero ya no era asi, de modo que hice caso omiso de sus comentarios. No es que a mi me gustasen los maricas, pero no me desagradaban tanto como a el.
Otto Schwartz bajo al portal y nos abrio. Cuando le mostramos la chapa de identificacion del Kripo y nos presentamos, asintio como si esperase nuestra visita. Era un tipo corpulento, de barriga prominente, como si hubiera vertido en ella grandes cantidades de dinero. Tenia el pelo rubio, muy corto por los lados y ondulado en la parte superior. Bajo la nariz canallesca, casi escindida en dos por una gruesa cicatriz, habia un bigote de cepillo de dientes, casi invisible. Inicialmente me recordo mucho a Ernst Rohm, el lider de las SA, impresion que se reforzo al ver el uniforme ilegal que vestia. Los uniformes nazis estaban prohibidos desde junio de 1930; en el mes de abril, el presidente del Reich, Hindenburg, habia disuelto las SA y las SS en una campana encaminada a reducir el terrorismo nazi en Berlin. Yo no reconocia bien las insignias del cuello y los hombros de aquellos uniformes, pero Grund si. Los dos entablaron una conversacion de cortesia mientras subiamos las escaleras. Asi descubri no solo que Schwartz era Oberfuhrer en las SA, sino que era el rango equivalente al general de brigada. Una parte muy pequena de mi queria terciar en este dialogo introductorio. Queria decir que me extranaba encontrar a un Oberfuhrer en casa, cuando habia tantos comunistas por linchar y tantas ventanas judias por romper. Pero dado que debia comunicarle a Schwartz que su hija habia muerto, me conforme con hacer una modesta observacion sobre el uniforme que lucia, perteneciente a una organizacion prohibida. La mitad de los policias de Berlin habrian mirado hacia otro lado. No en vano la mitad de los polis de Berlin eran nazis. Y aunque a muchos de mis colegas les complacia estar tejiendo veladamente una dictadura, no era mi caso.
– Supongo que sabra que desde el 14 de abril de este ano es ilegal vestir ese uniforme, ?verdad, senor? - dije.
– Poco importa eso ahora. Van a revocar la prohibicion de los uniformes.
– Hasta entonces es ilegal, senor. No obstante, dadas las circunstancias, lo pasare por alto.
Schwartz se sonrojo ligeramente y apreto los punos, uno tras otro, con un ruido como de soga que se tensa. Supongo que en aquel momento deseo que hubiese una alrededor de mi cuello. Se mordio el labio. Lo tenia mas accesible que mi cara. Abrio la puerta del apartamento.
– Pasen, por favor, caballeros -dijo con frialdad.
El apartamento era un santuario dedicado a Adolf Hitler. Habia un retrato suyo con un marco oval en el vestibulo y otro retrato diferente con un marco cuadrado en la sala de estar. Habia un ejemplar de
Frau Schwartz, rubia yde ojos azules, pechugona, dulce a su manera, no parecia menos nazi que el soldado de tropas de asalto que tenia por esposo. Cuando cogio del brazo a su marido, pense que ambos iban a gritar «?Alemania, despierta!» y «?Muerte a los judios!» antes de despedazar los muebles y entonar la cancion de «Horst Wessel». A veces estas pequenas fantasias hacian el trabajo un poco mas soportable. Los doscientos cincuenta marcos mensuales no eran un gran incentivo, la verdad. Frau Schwartz lucia una falda de peto plisada con bordado tradicional, una blusa cenida, un delantal y una expresion que era una mezcla de miedo y hostilidad.
Schwartz apoyo la mano sobre la que su mujer habia ensartado en el pernil de cerdo que tenia por brazo, y luego ella apoyo su otra mano sobre la del esposo. Por sus rostros adustos y decididos me recordaron a una pareja que se casa.
Al fin parecia que estaban preparados para oir lo que les ibamos a contar. Quisiera decir que en aquel instante admire su valentia y senti lastima por ellos. Sin embargo, lo cierto es que no fue asi. La vision del uniforme ilegal de Schwartz y el numero de batallon en la insignia del cuello me infundian total indiferencia hacia sus sentimientos. En el supuesto de que los tuvieran. Un buen amigo mio, Emil Kuhfeld, sargento primero de la Schupo, la policia de proteccion, murio de un disparo al frente del destacamento antidisturbios que intentaba dispersar a un gran grupo de comunistas en Frankfurter Allee. Un comisario nazi de la comisaria 85, que habia investigado el caso, atribuyo la autoria del crimen a un comunista, pero en Alex casi todo el mundo sabia que habia eliminado las pruebas de un testigo que habia visto como un hombre de las SA disparaba a Kuhfeld con un fusil. Al dia siguiente del asesinato de Kuhfeld, aquel hombre de las SA, un tal Walter Grabsch, aparecio muerto en su apartamento de Kadinerstrasse, despues de un oportuno suicidio. El funeral de Kuhfeld fue el mas memorable de los celebrados en honor de un policia de Berlin. Yo fui uno de los companeros que portaron el feretro. Por ello sabia que el numero de batallon que aparecia en la insignia azul del cuello de Schwartz era el mismo al que pertenecia Walter Grabsch.
Solte a bocajarro toda la cruda realidad a Herr y Frau Schwartz, sin molestarme siquiera en suavizar un poco las palabras.
– Parece que hemos encontrado el cadaver de su hija Anita. Creemos que la asesinaron. Evidentemente, tengo que pedirles que vengan a la comisaria a identificarla. ?Les parece bien manana por la manana, a las diez, en la jefatura de policia de Alexanderplatz?
Otto Schwartz asintio en silencio.
Habia comunicado anteriormente otras malas noticias, por supuesto. La semana anterior tuve que decirle a una madre, en Moabit, que su hijo de diecisiete anos, alumno del instituto local, habia sido asesinado por comunistas que lo confundieron con un camisa parda. «?Esta seguro de que es el, comisario?», me pregunto varias veces durante el lacrimoso rato que pase con ella. «?Seguro que no ha habido ningun error? ?No es posible que sea otra personal?»
En cambio, Herr y Frau Schwartz lo encajaron bastante bien.
Eche un vistazo por el apartamento. Habia un dechado de labor en un marco encima de la puerta. Decia «Voluntad de sacrificio» bordado en rojo, con un signo de exclamacion. Lo habia visto antes y sabia que era una cita de
