tenia una decoracion de florecillas en el marco de hierro esmaltado. Sobre la cama habia varios abanicos chinos en un marco. Habia una jaula oriental grande y vacia sobre una mesa alta. En una mesa mas baja habia un tablero de ajedrez con las fichas dispuestas en una partida inacabada. Eche un vistazo a las fichas. Tanto si jugaba con las blancas como con las negras, era una chica inteligente. Habia libros y ositos de peluche en una comoda. Abri uno de los cajones.
– ?Le importa? -pregunte.
– Adelante. Cumpla con su trabajo.
– Bueno, no pretendo husmear la ropa interior. -Esperaba sonsacarle algo a el. Al fin y al cabo, no nego que ocultase algo. Le di la vuelta a unos calcetines y mire debajo.
– ?Que busca exactamente?
– Algun diario. Algun libro de referencia. Cartas. Algun dinero del que usted no tuviera constancia. Una fotografia de alguien que usted no reconozca. No se que busco exactamente, pero si lo veo lo sabre. -Cerre el cajon-.?O hay algo que quiera contarme ahora que no esta aqui el coronel Montalban?
El baron cogio un osito de peluche y se lo acerco a la nariz, como un sabueso que intentase captar algun aroma.
– Es curioso -dijo-. El olor que dejan los ninos en sus juguetes. Los evoca tanto… Es algo muy proustiano, verdaderamente.
Asenti. Me sonaba mucho Proust. Algun dia tendria que buscar alguna disculpa para no leerlo.
– Se lo que piensa Montalban -dijo el baron-. Presupone que Fabienne ha muerto. -Von Bader nego con la cabeza-. Pero yo no lo creo.
– ?Que le hace pensar que no, baron?
– Sera una corazonada, supongo. Una intuicion. Si hubiera muerto; estoy bastante seguro de que habriamos tenido noticias. Alguien la habria encontrado. De eso estoy seguro.- Volvio a hacer un gesto negativo con la cabeza-. Dado que usted fue un famoso detective de la policia de homicidios en Berlin, supongo que Montalban le habra pedido que colabore en este caso partiendo de la premisa de que mi hija ha muerto. Pues bien, yo le pido que parta de la premisa contraria. Que suponga que quiza alguien, alguien aleman, si, supongo, la tiene escondida. O la retiene contra su voluntad.
– ?Por que habria querido alguien hacer algo asi? -pregunte mientras abria otro cajon-. ?Tiene enemigos, Herr Baron?
– Soy banquero, Herr Hausner. Y bastante importante, da la casualidad. Quiza le sorprenda, pero los banqueros nos creamos enemigos, si. El dinero o la obtencion de dinero siempre crea enemigos. Por un lado esta eso. Y por otro, hay que tener en cuenta lo que hice durante la guerra. Trabaje para el Abwehr, el Servicio Aleman de Inteligencia Militar. Un grupo de banqueros germanoargentinos y yo contribuimos a financiar la campana belica desde este lado del Atlantico. Financiamos a numerosos agentes alemanes en Estados Unidos. Sin exito, lamento decir. Varios de nuestros agentes mas destacados fueron capturados por el FBI y ejecutados. Alguien los traiciono, pero no se con seguridad quien fue.
– ?Es posible que alguien le culpe de esa traicion?
– No creo. Yo no tenia ninguna implicacion operativa, solo era inversor. -. Von Bader ahora me miraba a los ojos-· -. No se hasta que punto todo esto es relevante para la desaparicion de mi hija, Herr Hausner, pero eramos cinco. Los banqueros que financiamos a los nazis en Argentina. Ludwig Freude, Richard Staudt, Heinrich Dorge, Richard Von Leute y yo. Menciono todo esto porque a finales del ano pasado el doctor Dorge aparecio muerto en una calle de Buenos Aires. Lo asesinaron. Heinrich fue asesor del doctor Hjalmar Schacht. Supongo que sabe a quien me refiero.
– Si -dije. Schacht habia sido ministro de Economia y luego presidente del Reichsbank. En 1946 fue juzgado por crimenes de guerra en Nuremberg y salio absuelto.
– Le cuento todo esto para que sepa dos cosas en concreto. Una es que es perfectamente posible que mi vida anterior me este pasando factura de un modo incomprensible. No he recibido ninguna amenaza. Nada en absoluto. La otra es que soy muy rico, Herr Hausner. Y quiero que me tome en serio cuando le digo que, si encuentra a mi hija viva, y consigue traerla a casa sana y salva, le recompensare con dos millones de pesos, pagaderos en la moneda y en el pais que elija. Son unos cincuenta mil dolares, Herr Hausner.
– Es mucho dinero, Herr Baron.
– La vida de mi hija vale por lo menos eso para mi. Vale mas. Mucho mas. De eso me encargo yo. Usted debe encargarse de conseguir esos dos millones de pesos.
Asenti pensativo. Supongo que di la impresion de estar sopesando las cosas. Ese es mi gran problema: funciono con monedas. Empiezo a pensar cuando me ofrecen dinero. Empiezo a pensar mucho cuando me ofrecen mucho dinero.
– ?Tiene hijos, Herr Hausner?
– No, senor.
– Si los tuviera, sabria que el dinero no vale nada en comparacion con la vida de un ser querido.
– Me siento obligado a tomarle la palabra, senor.
– No esta obligado a tomarme la palabra. Mis abogados redactaran una carta de acuerdo donde se estipulara la recompensa.
No me referia a eso, pero no le contradije. En cambio, eche un ultimo vistazo a la habitacion.
– ?Que paso con el pajaro de la jaula?
– ?El pajaro?
– El de la jaula. -Senale la jaula del tamano de una pagoda en la mesa alta.
Von Bader miro la jaula como si no la hubiera visto nunca.
– Ah, ya. Murio.
– ?La nina se disgusto por ello?
– Si, claro que si, pero no creo que su desaparicion tenga nada que ver con un pajaro.
– Le sorprenderia lo que puede disgustar a una chica de catorce anos.
– Mire, Herr Hausner -dijo con un gesto de contrariedad-, yo tengo una hija de catorce anos. Usted no. Por lo tanto, y con el debido respeto, creo que puedo decir honestamente que se mas que usted sobre las chicas de catorce anos.
– ?Lo enterro en el jardin?
– No lo se, la verdad.
– A lo mejor lo sabe su esposa.
– Mas vale que no le pregunte por ello. Ya bastante tiene. Mi esposa se siente culpable por la muerte del pajaro. Y ya esta buscando motivos para culparse por la desaparicion de la nina. Cualquier insinuacion de que estos dos sucesos guardan relacion entre si solo contribuira a aumentar el sentimiento de culpabilidad que tiene por la desaparicion de Fabienne. Supongo que comprendera.
Puede que fuera cierto. O puede que no. No obstante, por respeto a los dos millones.de pesos, estaba dispuesto a olvidarme del pajaro. A veces hay que dejar que vuele el pajaro para tener el dinero en mano. En eso consiste la politica.
Volvimos al salon, donde la baronesa volvio a llorar. He estudiado atentamente el llanto de las mujeres. Es algo propio de mi oficio, como la porra y las esposas. En el frente oriental en 1941 vi a algunas mujeres que habrian ganado la medalla de oro de llanto olimpico. Sherlock Holmes examinaba la ceniza del cigarro y escribio una monografia sobre el tema. Yo era experto en llantos. Sabia que cuando una mujer llora no conviene acercarla mucho al hombro. Puede costamos una camisa limpia. Sin embargo, las lagrimas son sagradas, y es muy arriesgado quebrantar su inviolabilidad. Asi que la dejamos en paz.
Al salir de la casa de los Von Bader convenci al coronel de que fuesemos al cementerio de Recoleta. Al fin y al cabo, estabamos muy cerca, y queria ver el sitio que visito Fabienne cuando desaparecio.
Al igual que los vieneses, los portenos ricos se toman la muerte muy en serio. Lo suficiente para gastar dinero a espuertas en tumbas y mausoleos prohibitivos. Sin embargo, de todos los cementerios que habia visitado en mi vida, Recoleta era el unico donde no habia tumbas. Atravesamos una entrada de estilo griego y accedimos a una pequena ciudad de marmol. Muchos mausoleos tenian un diseno clasico y parecian casi habitables. Al recorrer las calles de piedra paralelas uno tenia la sensacion de estar visitando una ciudad romana antigua, deshabitada por alguna catastrofe natural. Al contemplar el cielo azul brillante, casi esperaba ver el crater humeante de un volcan. Era dificil imaginar a una chica de catorce anos visitando aquel lugar inhospito. Las pocas personas vivas que
